A veces de situaciones difíciles surgen cosas positivas. Pablo Braun sonríe hoy, rodeado de libros en Eterna Cadencia, la librería que abrió hace 20 años. Sin embargo, su inicio estuvo marcado por un momento personal duro: una separación que lo desorientó. Aun así, su expresión ahora es de satisfacción.
La razón de la celebración es clara: Eterna Cadencia cumple 20 años este 20 de diciembre. “La veo como un espacio ya instalado, una referencia en el mundo de los libros”, señala Braun. Pero cuando empezó, su trayectoria era muy distinta.
La librería, instalada en una casa antigua de Palermo, se convirtió con el tiempo en un punto de encuentro: por su cafetería, por las presentaciones y charlas que alojó, por la editorial Eterna Cadencia —dirigida por Leonora Djament y responsable, entre otros, del primer libro de Gabriela Cabezón Cámara— y por la participación en la organización del festival FILBA en colaboración con Filba. En ese sentido, la librería ya está consolidada.
Volvamos al origen. En 2004, Pablo Braun, entonces cerca de los 30 años, provenía de una familia dueña de la cadena de supermercados La Anónima. Algunos parientes ocuparon puestos relevantes en gobiernos posteriores. Braun estudió Administración de Empresas y tenía un lugar previsto en la dirección del negocio familiar, pero no se identificaba con ese destino: “me aburrí soberanamente”. En su lugar, creó junto a su mujer la Fundación Temas, con trabajo social en la Villa 21.
En ese contexto personal llegó la separación. Se rompieron la pareja, la convivencia con su hija y la continuidad laboral. “Me quedé en casa, cerré la puerta y me pregunté: ‘¿Y ahora qué hago?’”, cuenta. Empezó a leer de manera intensa, a veces durante muchas horas al día, y pasó mucho tiempo yendo siempre a la misma librería.
-Ya te habrían reconocido.
-Llegaba y compraba muchos libros. Un día pregunté por George Simenon y me trajeron varios ejemplares; poco a poco empecé a llevarme colecciones enteras. Me absorbía la lectura y a la vez me intrigaba el espacio físico de la librería.
-¿Y de ahí a abrir una librería?
-Me di cuenta de que, cuando entraba, miraba las luces y la disposición de los estantes tanto como los libros. Un día, mientras me bañaba, pensé: “¿Y si abro una librería?”. No quería volver al mundo que había estudiado.
Porque el mundo que había estudiado no le gustaba…
-Lo que se esperaba de vos era que fueras un heredero.
-Podría decirse.
-Tu cambio fue grande; si te hubieras quedado, habrías manejado negocios muy grandes.
-La Anónima tiene cerca de once mil empleados; aquí, sumando blog, editorial, librerías y distribuidores en tres países, somos unas trescientas personas.
Buscó una casa y un librero. El 20 de diciembre de 2004 comenzaron las obras. Su idea inicial fue tener espacios especializados, como habitaciones temáticas con libreros expertos, pero comprendió que no habría mercado suficiente para eso. Quiso que fuera un lugar tranquilo, no en una avenida, donde la gente pudiera recorrer, conversar y sentarse. Finalmente quedó como una librería convencional con bar.
-¿Y cómo fue el encuentro con la realidad, una vez en funcionamiento?
-Recuerdo abrir la tienda y esperar mucha gente después de un año de obras, pero el primer día entraron solo dos personas y solo una compró, un libro de Paul Auster. Tuve que aprender a vender, a identificar buenos libreros, a gestionar cobros. No conocía a algunos autores importantes, pero como lector fui aprendiendo. Con el tiempo la librería empezó a funcionar; creo que su atractivo también ayuda.
-El barrio contribuye.
-Sí, pero muchos clientes viajan para venir, no son necesariamente del barrio. Abrir en diciembre no ayudó: la gente compra regalos en las grandes cadenas, así que las ventas iniciales fueron bajas. Fueron meses difíciles, aunque algunos amigos vinieron de manera excepcional a comprar.
-¿Qué diferencia a una buena librería de una mala?
-Una librería debe tener bestsellers, pero yo siempre busqué dedicar más espacio a los longsellers: libros que se venden de manera constante porque tienen calidad.
-¿Qué le da carácter a una librería?
-Para mí, las mesas y lo que se exhibe definen el carácter. Aquí predominan las novelas porque es lo que más me interesa. Las estanterías suelen parecerse entre sí porque los editores envían ejemplares parecidos, especialmente en consignación. Cuando se compran más libros en firme, la librería puede elegir y diferenciarse.
-¿Por qué disminuyó la consignación?
-Porque se acortaron las tiradas. Eso alivia la carga de los editores. Desde mi experiencia como editor, creo que en la cadena del libro los libreros no son los más perjudicados, aunque el sector es complejo: se vende poco y muchas librerías nacen por afinidad romántica. Hay más librerías y editoriales de las que quizás sería estrictamente viable económicamente. El negocio es pequeño y frágil; los editores asumen mucha inversión y los autores, en general, no hacen grandes ganancias.
-¿De verdad no se gana dinero?
-La mayoría sobrevive modestamente; alguna librería funciona mejor, pero muchas son proyectos por pasión. No es habitual que un editor, por publicar un libro, pueda costear lujos importantes. Ni vendiendo, ni escribiendo, ni distribuyendo libros se hace un negocio grande: el mercado es reducido.
-¿Entonces exhibís más lo que te gusta a vos?
-Sí, mostramos libros cercanos a mi gusto literario, más orientados hacia lo literario que hacia el fenómeno de masas. Los bestsellers ya están muy visibles en otros espacios; aquí se busca ofrecer alternativas y propiciar preguntas y conversaciones. Si no exhibís sagas muy comerciales, quien solo busca eso puede no volver, pero quien aprecia ediciones clásicas o recomendaciones recurrentes suele regresar.
-¿Todavía se compra mucho por lo que se ve en la librería?
-Sucede con frecuencia. Hay lectores que vienen con una idea clara y otros que se dejan recomendar. Que un librero ponga un libro en la mesa es una forma de decir: “esto me parece bueno y quiero ofrecerlo”. También hay compras que surgen de conversaciones personales, cuando alguien pide consejo para un regalo o una situación particular, y ahí se generan diálogos valiosos.
-O sea que disfrutás poder hablar de libros.
-Sí. A veces te enfrentas a preguntas para las que no tenés respuesta, pero para eso están los compañeros o recurrir a herramientas como Google. Es una tarea que me apasiona; de todo lo que hago, ser librero es lo que más me gusta.
-¿Cambió el perfil del lector en estos 20 años?
-Sí y no. La tecnología alteró mucho nuestros hábitos en las últimas dos décadas: antes no había redes sociales ni proliferación de dispositivos, y el aburrimiento a menudo llevaba a leer. Hoy la ocupación del tiempo está dominada por plataformas como Netflix o redes sociales, y hay que hacer un esfuerzo consciente para leer. Los primeros minutos de una lectura suelen ser incómodos hasta que uno toma ritmo; muchas veces es más fácil recurrir a contenido inmediato en pantalla.
-¿Y cómo será dentro de veinte años?
-Me lo pregunto con frecuencia. Si Eterna Cadencia llega a los cuarenta años, y si yo llego a verlo, me preocupa cómo afectará el avance tecnológico a la atención y al hábito de leer. La dispersión parece destinada a aumentar y eso plantea desafíos importantes.
-En resumen, lo que pasó en 2004 tuvo un buen desenlace.
-Esa angustia sobre el futuro se resolvió de manera muy positiva al abrir Eterna Cadencia. Estoy muy agradecido por haber tomado esa decisión, incluso sin planearlo; lo que me ocurrió aquí fue extraordinario.
-Imagino que también te acercaste a personas de ámbitos muy distintos. Venís de colegios privados…
-Exacto, fue entrar a otro mundo. Vengo de una situación acomodada, y la literatura no es un ámbito con mucha herencia de ese tipo; aun así, todos somos personas y aprendí mucho. Me siento a veces fuera de lugar en ambos entornos.
-A ver…
-Estoy entre dos mundos: en el ámbito conservador se me ve como progresista y en el ámbito literario algunos me consideran más conservador.
-He participado en mesas donde se criticaron ciertas posturas y personas…
-Esas críticas a menudo provienen de amigos del colegio. Mis amigos conservadores a veces descalifican el feminismo o a mis conocidos del mundo literario. He vivido siempre en esa intersección, lo cual tiene ventajas y desventajas: puede resultar incómodo con frecuencia.


