En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el psicólogo y psicoanalista Gabriel Rolón abordó una pregunta incómoda y frecuente: ¿qué ocurre cuando el amor no es suficiente para sostener una relación?
Rolón analizó los límites de los vínculos afectivos, la idealización del amor y las dificultades prácticas y emocionales de mantener una pareja cuando el sentimiento por sí solo no alcanza. Su enfoque combina una lectura clínica y sensible de las expectativas, la historia personal y las marcas del pasado.
En este quinto capítulo se invita a revisar creencias instaladas sobre el amor, a reconocer sus matices y a pensar el trabajo emocional que exige construir relaciones saludables. El episodio completo puede escucharse en Spotify y YouTube.
-¿Qué sucede cuando amar no alcanza? Cuando uno está en un vínculo, siente amor por esa persona, pero ese sentimiento no es suficiente para sostener la relación.
—Rolón responde que, en términos prácticos, el amor por sí solo no alcanza. Señala que solemos idealizar la emoción amorosa y exigirle que solucione situaciones que requieren decisiones, límites y cambios. Amar a alguien que agrede o traiciona no implica que esa relación deba mantenerse.
Describe un caso clínico donde una paciente llegó golpeada y dijo que no se iba porque lo amaba. Para el analista, esa respuesta mostró la confusión entre sentir amor y aceptar conductas que dañan. El mensaje es claro: el amor no garantiza ni justifica todo.
Cuando el amor es sano, entre dos personas que se respetan y construyen juntas, resulta profundamente valioso: aporta compañía, reduce miedos y ayuda a enfrentar la vida. Pero no elimina el deseo ni las faltas; el amor no completa todas las necesidades.
Sostener un vínculo es un trabajo: requiere acuerdos y desplazarse más allá del enamoramiento inicial, que distorsiona la percepción. El enamoramiento genera ilusión —una visión deformada del otro— y con el tiempo ese velo cae y aparecen rasgos que antes se idealizaban y luego molestan.
El desafío es convivir con lo que no nos gusta del otro: aceptar algunas cosas, conversar otras y negociar cambios. A veces se puede cambiar, hasta cierto punto; otras, la diferencia resulta insalvable. Esa negociación es compleja y dolorosa.
Rolón recuerda reflexiones filosóficas sobre el deseo y el aburrimiento: amar implica lidiar con la falta y con la posible pérdida de intensidad cuando lo obtenido deja de ser nuevo. Gran parte del trabajo amoroso consiste en tolerar sin colapsar aquello en lo que no hay acuerdos totales.
Parte de ese trabajo implica buscar en otros ámbitos lo que la pareja no puede ofrecer: amistades, actividades personales o familiares. No se refiere necesariamente a abrir la relación, sino a disponer de espacios externos que alivien expectativas excesivas. Mantener una relación exige inteligencia emocional que no siempre está presente.
-¿En qué medida la cantidad de roles que exigimos al otro dificulta la relación y responde al ideal del amor romántico?
—Rolón explica que pedirle a la pareja que sea simultáneamente el mejor amigo, el mejor amante, el consejero y el sostén todo el tiempo es irreal. Nadie puede ocupar permanentemente todos esos roles; hay días en que se falla en alguno. La expectativa de perfección constante es dañina.
Relata el caso de una mujer que, tras 25 años de matrimonio, sentía desperdiciado ese tiempo cuando finalizó la relación, aunque en momentos cruciales el marido había sido su sostén. Advierte sobre la injusticia de juzgar un vínculo por su último episodio sin valorar su historia y los aportes acumulados.
Cita un ejemplo de cine donde una madre perdona a su marido por un error porque valora tantas otras cosas buenas que él hizo; esa mirada contextualizada permite balancear episodios malos frente a una trayectoria mayormente positiva. No se impone perdonar; es una elección que depende de cada situación.
—¿Tener apertura y no exigir tanto al otro facilita el perdón y la amabilidad hacia los errores propios y ajenos?
—Rolón incorpora la idea del amor propio: tener una autoestima estable evita oscilar entre creerse omnipotente o despreciable. Los trastornos narcisistas, por ejemplo, muestran esa confusión entre éxitos absolutos y fracasos totales. Una autoestima equilibrada permite tolerar fallos, pedir disculpas y no exigir perfección del otro.
Advierte sobre los extremos: demasiado amor propio conduce al control y a la poca tolerancia hacia el otro; muy poco, a la dependencia y la incapacidad de poner límites. El buen ajuste en el amor propio y en el amor al otro evita celos extremos y desinterés total.
El amor es una energía que fluctúa: hay días en que uno no quiere ver a la pareja y otros en que desea su compañía. La fortaleza psicológica permite atravesar esas oscilaciones sin derrumbarse.
—Cuando una pareja termina, a menudo la persona se siente insuficiente. ¿Cómo trabajar ese sentimiento sin atar el valor propio a la elección ajena?
—Rolón reconoce que todos necesitamos reconocimiento, pero no se debería fundar el propio valor exclusivamente en la mirada del otro. Perder a quien nos consideraba único es doloroso porque nos expulsa del lugar especial que esa persona nos otorgaba. El duelo por la pérdida del vínculo implica aceptar ese dolor y recorrer un proceso para rehacer el valor personal fuera de esa mirada.
Recomienda aceptar que habrá vida y oportunidades después del vínculo perdido, pero que el duelo es necesario: una batalla dolorosa entre la pérdida y la aceptación. Amar supone asumir que en algún momento puede haber sufrimiento; eso no equivale a patologizar, sino a comprender la condición humana del amor.
—¿Nos enamoramos de un mismo rasgo repetido desde jóvenes?
—Sí. Amar se aprende y en la infancia se incorporan rasgos afectivos —miradas, inflexiones, modos de trato— que luego buscamos inconscientemente en otras personas. A veces esos rasgos son positivos; otras, pueden ser patológicos, como reproducir la indiferencia recibida en la infancia y caer en amores que dañan.
El trabajo terapéutico entra cuando esos patrones se repiten: investigar qué rasgos se buscan, de dónde provienen y cómo quitarle fuerza a los que resultan dañinos. No se trata de indagar el pasado por curiosidad, sino porque lo que se repite en el presente refleja esos rastros.
—Decías que el amor no se encuentra sino que se construye. ¿Qué implica eso frente a la idea de “no encontré a la persona”?
—Rolón sostiene que decir “no lo encontré” a veces es una forma de eludir la responsabilidad sobre la propia vida. Construir un vínculo exige capacidad, trabajo y asumir limitaciones personales. Negarse a intentarlo o atribuir a la suerte lo que es falta de decisión evita hacerse cargo de la propia dificultad para vincularse.
El amor es un territorio complejo donde se mezclan deseos, faltas, miedos e historias personales; por eso requiere esfuerzo y conciencia.
—¿Qué parejas funcionan mejor según tu experiencia clínica?
—Las parejas que mejor funcionan son las que trabajan juntas y reconocen que el amor sucede pero requiere cuidado. No se trata de buscar un listado de requisitos, sino de tener amor propio estable, seguridad moderada y disposición a la autocrítica y al cambio. Cuando ambos participan activamente en la construcción, la relación se sostiene mejor.
Advierte que la pasión y el deseo son importantes pero no suficientes; deben combinarse con respeto, capacidad de perdón, equilibrio emocional y reciprocidad. Un vínculo sano es pareja en el sentido de igualdad en el compromiso: ambos hacen esfuerzos, asumen errores, piden disculpas y perdonan.
En síntesis, Rolón plantea que el amor es valioso y posible, pero no es mágico ni basta por sí mismo: requiere trabajo, límites, autoestima equilibrada y la capacidad de tolerar dolor y frustración como parte del vínculo humano.


