15 de enero de 2026
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The Wave, la joya natural poco conocida de Estados Unidos

En el corazón del desierto de Arizona, cerca de la frontera con Utah, se halla una formación geológica que atrae a miles de visitantes cada año.

Es La Ola —The Wave—, un fenómeno natural singular cuya apariencia evoca paisajes de ciencia ficción.

Un paisaje esculpido hace millones de años

Su rasgo más distintivo es la superficie ondulada: curvas y bandas de color que emergen en el altiplano del Colorado.

Según IFLScience, estas formaciones se originaron hace unos 190 millones de años, cuando corrientes intermitentes de agua y la acción persistente del viento moldearon las areniscas Navajo durante el período Jurásico.

Las capas, alineadas de forma notable, conforman dos canales principales: uno de 19 metros de ancho por 36 de largo, y otro de 2 metros de ancho por 16 de largo. En conjunto crean una figura en “U” que recuerda a un oleaje petrificado.

Las estrías y los escalones en las paredes registran la evolución del relieve y la orientación de los vientos a lo largo del tiempo.

El visitante percibe allí un registro geológico en cada pliegue y tonalidad; el silencio, solo interrumpido por la brisa del desierto, refuerza la sensación de un lugar intacto y enigmático.

Cómo se accede

La singularidad de La Ola no reside solo en su belleza, sino también en su fragilidad. La formación está dentro de una zona protegida, gestionada por la Oficina de Administración de Tierras de Estados Unidos (BLM).

Este organismo aplica medidas estrictas para preservar el sitio y evitar que la erosión sea causada por el impacto humano.

Por ello el acceso es limitado: se estableció un sistema de permisos para regular la cantidad de visitantes. Solo un número reducido de personas puede admirar el lugar cada día, seleccionadas mediante un sorteo presencial y otro online que genera gran demanda entre turistas y fotógrafos.

Obtener un permiso se ha vuelto tan codiciado como la propia visita. Los requisitos para participar en el sorteo y la necesidad de estar físicamente preparado para la travesía hacen que quienes finalmente alcanzan el sitio vivan una experiencia exclusiva.

La gestión prioriza la protección de la roca y su entorno, por lo que no es raro que muchos interesados esperen años antes de poder contemplar uno de los paisajes más destacados de Norteamérica.

El desafío del desierto

Llegar a La Ola supone un desafío desde el inicio. La ruta atraviesa terrenos áridos y tramos sin señalización clara, y exige preparación física. Los visitantes deben estar listos para enfrentar temperaturas extremas, largas caminatas y la ausencia de agua potable o refugios en el camino.

La dureza del recorrido forma parte del atractivo para los más aventureros. Antes de partir, la BLM facilita indicaciones precisas y advierte sobre los riesgos inherentes al entorno desértico, recordando la falta de cobertura telefónica y de servicios de rescate cercanos.

Quienes consiguen el permiso y completan la travesía aseguran que la vista final recompensa el esfuerzo: desde la primera visión de la superficie ondulada, la magnificencia del destino eclipsa la dificultad del acceso.

Fotógrafos y amantes de la naturaleza destacan que la luz del amanecer y del atardecer intensifica los tonos rojizos y anaranjados de las areniscas, realzando el efecto hipnótico de sus formas. Cada año, miles de personas de todo el mundo esperan su oportunidad para contemplar, aunque sea una vez, la silueta sinuosa de La Ola, un tesoro natural conservado con celo para las generaciones futuras.

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