15 de enero de 2026
Buenos Aires, 22 C

Diciembre en septiembre

Sentada en el inodoro, intentó no pensar, pero permaneció allí más tiempo del necesario hasta que decidió mirar la prueba por temor a que las líneas se borraran. Sus ojos se fijaron en las dos rayas nítidas que confirmaron la noticia. Se cubrió el rostro con las manos y lo que comenzó como un llanto bajo se transformó en un temblor corporal intenso.

─ Pablo, tenemos que hablar.

─ ¿Qué pasa, Nina?

─ Estoy embarazada.

Nina había ensayado muchas veces cómo decirlo, pero no halló manera; no había grados: estaba embarazada y se lo dijo con crudeza.

Los ojos de Pablo se abrieron, sorprendido.

─ ¿Estás segura?

─ Sí, estoy segura.

─ ¿Fuiste al médico?

─ No, pero hace dos meses que no tengo el periodo y me hice la maldita prueba.

Pablo reaccionó abrazándola. Nina se sintió segura en sus brazos tras días de angustia, insomnio y pensamientos agitados. Le pidió que no contaran a nadie hasta decidir qué hacer. Tras un silencio largo, él habló:

─ Nina, yo te quiero y también quiero esto; será nuestro.

Ella, desde otro lugar emocional, lo llamó tierno pero expresó sus miedos: ¿cómo criarían a un hijo cuando ni siquiera habían terminado la secundaria? Temía la reacción de su padre.

Pablo la sostuvo y prometió defenderla. Ella insistió:

─ Si no lo tenemos, nadie tiene por qué enterarse.

─ ¿Vos querés no tenerlo?

Nina respondió con voz ronca que no sabía qué quería, que no se imaginaba con la panza ni con un hijo.

Él guardó silencio un largo rato, rascándole la cabeza con suavidad mientras ordenaba sus ideas, como solía hacer con problemas difíciles. Recordaron cómo habían llegado a estar juntos: Pablo la había perseguido hasta que ella, finalmente, se dejó besar; él la había desvestido por primera vez y de eso no se arrepentía, pero no esperaba esta situación. No podía imaginar ir a la escuela embarazada ni dejar lo que ya había avanzado. Pablo suspiró y dijo:

─ Nina, sé que vos llevás esto en el cuerpo y que sufrís más, pero si querés seguir adelante, no te voy a dejar sola. Nos manejaremos. Hablaremos con los mayores y soportaremos sus reproches; si nos mantenemos firmes, tendrán que aceptarlo y les dará alegría ser abuelos.

─ ¿Entendés que mi hermanito tiene cinco años? Este podría ser su hermano. ¿Cómo se va a poner contenta mi mamá si recién nos está criando a nosotros? Además, ¿dónde vamos a vivir?

─ No sé. Yo quiero trabajar. Ya cumplo dieciocho; puedo ser cadete o convertir el auto de mi viejo en transporte. Si el problema es la plata, hay opciones.

Reunieron a los cuatro en la casa de Nina y les contaron. La madre de Nina se echó a llorar. El padre reaccionó contra Pablo con insultos e intentó agredirlo hasta que Nina se interpuso:

─ ¡Papá! Esto no es culpa de Pablo. Somos los dos. ¿Estás loco?

Los padres de Pablo mostraron una actitud más reprimida, con miradas severas y rostros compungidos.

Pablo abrazó a Nina y les comunicó con firmeza:

─ Ya decidimos. Queremos tener al bebé.

Rita, la madre de Pablo, tomó la palabra intentando razonar:

─ No saben lo que dicen. Un hijo es una responsabilidad de por vida. Ustedes son muy jóvenes. ¿Nos piden que lo criemos nosotros? ¿Les parece justo?

─ No, les pedimos ayuda. El niño es nuestro.

─ Son muy jóvenes todavía. Tendrán toda la vida para ser padres… más adelante.

─ Mamá, Nina tiene cinco meses. Ya no hay vuelta atrás.

El padre de Nina volvió a exaltarse, llamándolos inconscientes y preguntando cómo pudieron hacerles eso. Su mujer lo contuvo. Tras llorar, invitó a todos a tomar un café y el ambiente se fue calmando; comenzaron a calcular la fecha probable de parto. Nina comentó que, según el médico, nacería en diciembre. Los mayores discutieron soluciones: dónde vivir, cómo cuidar al bebé, si Pablo debía trabajar, si la familia podría ayudarlos, e incluso hablaron de sexo y nombres. En esa larga tarde pasaron del aborto al elegir un nombre para el niño que casi desde el principio supieron que sería varón. Nina mostró su panza, apenas perceptible bajo su buzo grande. Mientras los padres seguían discutiendo, Nina y Pablo se fueron quedando atrás, aliviados por haber compartido el secreto que guardaron durante casi tres meses.

Leopoldo bosteza, estira el cuello y deja caer la cabeza hacia atrás mientras aprieta los puños. Se acomoda en el colchón con los ojos cerrados, sin querer despertarse aún. Vuelve a succionar el chupete. Nina lo acaricia embelesada, sin sombras.

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