Todas las naciones buscan la mayor autonomía estratégica posible para promover su desarrollo económico, preservar sus tradiciones y garantizar el bienestar de su población. La historia muestra que las grandes potencias suelen negociar entre ellas zonas de influencia que limitan la libertad de acción de los países involucrados y dificultan el aprovechamiento de sus capacidades. El periodo de la Guerra Fría se recuerda por la presión que obligó a muchos Estados a priorizar las necesidades estratégicas de Moscú o Washington en lugar de las propias.
El siglo XIX estuvo marcado por el surgimiento del capitalismo industrial, impulsado por la Revolución Industrial en Gran Bretaña. A inicios del siglo XX, las potencias lucharon por la hegemonía, lo que llevó a la Primera Guerra Mundial. Aunque promovieron ideas liberales para facilitar sus exportaciones, las élites imperiales usaron su poder geopolítico para proteger intereses nacionales: la geopolítica primaba sobre la geo-economía. El desarrollo industrial generó un proletariado que adoptó corrientes marxistas y socialistas, con fuerte implantación en Rusia. Las rivalidades entre potencias desembocaron en la Segunda Guerra Mundial y en la posterior Guerra Fría, cuando la confrontación se presentó con apariencia ideológica.
Los países situados en las fronteras de ambos bloques recibieron apoyo de EE. UU. para mostrar los beneficios del capitalismo frente al socialismo. El Plan Marshall impulsó estados de bienestar en Europa occidental y Alemania Occidental se presentó como ejemplo frente a la RDA. Situaciones similares se dieron con Japón y Corea del Sur frente a la China de Mao. Mientras tanto, los enfrentamientos armados se desarrollaron en periferias como África, América Latina, Vietnam y otras partes de Asia. Tras la caída de la URSS, la hegemonía estadounidense vivió una década en la que emergió un poder global desconectado de los Estados, con la globalización financiera transformando el capitalismo industrial en un capitalismo financiero menos atado a las naciones.
La geopolítica no desapareció, sino que quedó parcialmente oculta por la ola financiera hasta que reapareció con fuerza. Estados Unidos perdió posiciones industriales incluso si mantuvo ventajas militares; China emergió como potencia desafiante y Rusia retomó un papel activo. Así el mundo se volvió multinodal, con múltiples centros de poder que compiten y cooperan simultáneamente.
En 2025, la administración de EE. UU. bajo Trump presentó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que redefine prioridades. Se expresó como un “realismo flexible” que cuestiona el orden posbélico liderado por EE. UU. y la red de alianzas multilaterales que lo sostiene. A continuación, un análisis detallado de sus implicaciones regionales.
Para América Latina, la estrategia retoma la lógica del “Corolario Trump” a la doctrina Monroe: pretende limitar la influencia de potencias extrahemisféricas —principalmente China y Rusia, con dudas sobre otras europeas— y dificultarles el control de infraestructuras críticas, instalaciones militares y activos estratégicos. La restricción a la autonomía estratégica regional se compensaría, según la propuesta, con ayudas, incentivos económicos y presión diplomática para que los gobiernos rechacen asociaciones con esos países.
La estrategia sugiere que EE. UU. podría reducir prioridades en Europa y Medio Oriente para concentrar más recursos políticos, económicos y militares en América Latina. El documento pone énfasis en intereses nacionales como la gestión migratoria, la lucha contra el narcotráfico y el crimen transnacional, más que en un desarrollo equilibrado de la región. Propone controlar migraciones, combatir cárteles, expulsar la influencia china y rusa en puertos, tecnologías, telecomunicaciones, energía y minería, y reforzar alianzas regionales mediante acuerdos comerciales, militares y tecnológicos, además de reubicar recursos militares hacia el continente.
Los impactos previsibles afectan sobre todo a México, Centroamérica y el Caribe, dada la estrecha relación de EE. UU. con sus vecinos independientemente de sus gobiernos. El nearshoring con México podría aumentar según la colaboración en control migratorio y de narcotráfico. Se espera mayor presencia militar estadounidense en el Caribe, el Golfo, la frontera sur de EE. UU. y en corredores marítimos de Centro y Sudamérica.
Europa es presentada como en declive civilizatorio y se indica que debe reorientarse. El documento sugiere que EE. UU. no financiará más el Estado de bienestar europeo —una política surgida de la rivalidad con la URSS— y muestra simpatía por tesis soberanistas. Advierte sobre posibles cambios demográficos en miembros de la OTAN y aboga por frenar la percepción y la realidad de una OTAN en expansión, posición alineada con argumentos rusos. También critica a organismos transnacionales por supuestamente socavar la libertad política y la soberanía.
En Asia, China se define como un competidor principalmente económico. La estrategia busca reequilibrar la relación comercial, priorizando reciprocidad y equidad para restaurar la independencia económica de EE. UU. Mantiene el llamado a preservar el statu quo en Taiwán y pide a Japón y Corea del Sur que contribuyan más a su defensa. A India le solicita mayor participación en la seguridad del Indo-Pacífico. Notablemente, Corea del Norte no es mencionada.
Medio Oriente y África reciben menos atención que en políticas anteriores. El petróleo parece menos prioritario debido a la autonomía energética estadounidense. La contención de Irán tranquiliza a las monarquías del Golfo; la situación palestina en Gaza se considera susceptible de negociaciones a largo plazo con la aceptación implícita de Moscú y Pekín. Sobre Israel se subraya la necesidad de mantener su seguridad estratégica. En África se promueven inversiones para aprovechar recursos naturales y potencial económico.
En síntesis, lo más notable del documento son sus implicaciones tácitas: EE. UU. busca establecer una estabilidad estratégica con Rusia y deja de considerarla una amenaza directa, lo que apunta a facilitar el fin del conflicto en Ucrania. Respecto al control de armamentos, no se anticipa el inicio de una nueva carrera armamentística costosa y desestabilizadora con Rusia tras la expiración próxima del tratado New START.
En relación con China, el enfoque no es tanto militar como industrial y tecnológico: la competencia se centra en quién liderará en áreas como inteligencia artificial, computación cuántica, biotecnología y ciberseguridad, ámbitos estrechamente vinculados a la capacidad militar en el Indo-Pacífico.
La estrategia sugiere una época de zonas de influencia: el hemisferio occidental como área de predominio estadounidense y una mayor presión competitiva en Asia respaldada por India, Japón y Corea del Sur. Queda la duda de si las potencias intermedias aceptarán ese papel subordinado. Es probable que varias resistan para conservar margen de negociación, mientras que otras se alineen y pierdan oportunidades de autonomía política y económica. Países con dependencias duales, como Argentina respecto de Washington y Pekín, enfrentarán particular vulnerabilidad.
*El autor es consultor de riesgo político


