Los parches para el acné, hoy populares como tratamiento y accesorio estético, tienen un origen histórico en la Europa del siglo XVII en el que su uso llevaba significados sociales y morales más complejos que los que suelen percibirse.
En la época moderna europea, miembros de la alta sociedad —hombres y mujeres— empleaban parches de papel, seda, terciopelo o cuero, frecuentemente negros para contrastar con la piel pálida asociada al refinamiento. Además de embellecer, servían para ocultar marcas y, en ocasiones, para tratar afecciones como la viruela o la sífilis.
Estos parches cumplían una doble función: disimular imperfecciones y aportar beneficios terapéuticos. Algunos estaban impregnados con preparados medicinales destinados a favorecer la cicatrización y el cuidado de heridas.
Su uso provocó reacciones críticas: moralistas y predicadores llegaron a compararlos con marcas bíblicas y a relacionarlos con calamidades, y durante el siglo XVIII el estigma se acentuó al vincularlos con la promiscuidad y la falsedad.
La producción visual de la época reflejó esas controversias. Obras como la serie de William Hogarth mostraron cómo los parches se asociaban a juicios morales negativos y a la marginalidad dentro del entorno urbano.
Fuentes contemporáneas, como diarios y testimonios, documentan la popularidad de los parches entre personas influyentes. Samuel Pepys, por ejemplo, registró encuentros con figuras cortesanas que usaban parches negros y técnicas específicas de aplicación, así como la proliferación de pequeñas cajas ornamentadas para guardarlos.
Durante la Restauración inglesa, el intercambio de modas con Francia intensificó la tendencia: los llamados “mouches” fueron percibidos como una práctica afrancesada vinculada a ambientes urbanos y sofisticados, y objeto de sátira por parte de algunos escritores.
La percepción pública de los parches estuvo marcada por cuestiones de género y clase: las críticas solían dirigirse más a las mujeres, acusadas de superficialidad, mientras que las élites desarrollaban rituales de uso que reforzaban su dimensión simbólica.
En el siglo XXI persisten dinámicas similares en otros formatos: los parches para el acné visibles en redes sociales siguen generando juicios y comentarios, lo que evidencia la continuidad de estigmas y la vigilancia sobre la imagen personal.
Los parches modernos abarcan diseños desde lo casi invisible hasta motivos coloridos, combinando la funcionalidad médica con opciones estéticas para la expresión personal.
El desarrollo y la aceptación de estos parches ilustran cómo objetos cotidianos pueden funcionar como indicadores de cambios sociales, de salud y de moda, y es probable que sigan siendo símbolos relevantes en la interacción entre imagen, bienestar y cultura digital.


