Miles de estudiantes universitarios en Serbia iniciaron el domingo una acción coordinada en todo el país para recabar firmas que respalden la convocatoria de elecciones parlamentarias anticipadas, en un gesto de presión directa al Gobierno del presidente Aleksandar Vučić. Aunque no se trata de una petición formal, los organizadores la presentan como una demostración de apoyo ciudadano y un indicador del deseo de cambio político.
A pesar del frío, los jóvenes montaron cerca de 500 puntos de recolección en ciudades, pueblos y aldeas, donde invitaron a transeúntes a firmar por el adelanto electoral. Según los estudiantes, la jornada perseguía tanto aumentar la presión sobre el Ejecutivo como comprobar el alcance del descontento fuera de los grandes centros urbanos.
El movimiento estudiantil se ha convertido en el rostro más visible de una ola de protestas que sacude al país desde finales de 2024. Las movilizaciones comenzaron tras el derrumbe de una marquesina de hormigón en la estación de trenes de Novi Sad, que dejó 16 muertos y se interpretó rápidamente como un símbolo del deterioro en las condiciones de seguridad y de la corrupción en la obra pública.
La tragedia de Novi Sad supuso un punto de inflexión: amplios sectores responsabilizaron al sistema político por presuntas irregularidades en las obras y por la falta de controles efectivos. Hasta ahora no ha habido condenas relacionadas con el colapso, lo que ha reforzado la percepción de impunidad y la narrativa de los manifestantes.
Vučić, que ha gobernado Serbia durante más de una década —primero como primer ministro y luego como presidente—, ha rechazado convocar elecciones inmediatas, aunque ha insinuado que un adelanto podría celebrarse en algún momento del próximo año. Si no hay cambios, las elecciones parlamentarias y presidenciales están previstas para 2027.
Durante la jornada de firmas, los estudiantes insistieron en que la iniciativa también persigue reconstruir el vínculo con la ciudadanía. “Tenemos puestos que sirven para conectar con la gente”, dijo Igor Dojnov, uno de los jóvenes en un punto de Belgrado, en declaraciones difundidas por medios locales.
Las protestas lideradas por universitarios representan el desafío más importante al poder de Vučić en sus 13 años al frente del país. En enero el primer ministro presentó su dimisión, un gesto interpretado por muchos analistas como una concesión limitada ante la presión popular; luego el presidente endureció su respuesta, lo que generó críticas de organizaciones internacionales y defensores de derechos humanos.
Aunque las manifestaciones masivas han perdido intensidad en los últimos meses, el malestar social persiste. Encuestas y análisis de expertos locales señalan un descontento extendido con la dirección política del país, marcado por la concentración del poder, el control de los medios y la debilidad de los mecanismos de rendición de cuentas.
Entre quienes acudieron a firmar estaba Milca Canković Kadijević, residente de Belgrado, que explicó su apoyo a los estudiantes con una petición básica: “Tengo el deseo de vivir dignamente, yo, mis hijos y mis nietos”. Su testimonio refleja una demanda que trasciende a la generación universitaria y conecta con inquietudes económicas y sociales más amplias.
En el plano internacional, Vučić intenta mantener un equilibrio: formalmente sigue comprometido con la aspiración de acercar a Serbia a la Unión Europea, pero mantiene también vínculos políticos y económicos con Rusia y China. Sus críticos le acusan de erosionar libertades democráticas y tolerar la expansión de la corrupción y del crimen organizado, señalamientos que el presidente niega.
El jefe del Estado ha acusado a los manifestantes de intentar promover una “revolución de colores” supuestamente alentada desde Occidente, un término usado para describir protestas que en otros países llevaron al derrocamiento de gobiernos. Esa acusación no ha detenido una movilización que, aunque más discreta que en sus inicios, continúa minando la legitimidad del poder en Serbia.


