Las bóvedas de semillas son fundamentales para preservar la capacidad de producir alimentos en situaciones de crisis —guerras, desastres naturales o los efectos del cambio climático. En el Ártico, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard guarda aproximadamente 1.378.238 muestras que representan la diversidad agrícola mundial, según Popular Science.
El uso exitoso de estas colecciones para recuperar cultivos tras la guerra en Siria ilustra cómo los bancos genéticos pueden facilitar la reconstrucción de sistemas alimentarios y reforzar la seguridad alimentaria a largo plazo.
¿Qué son las bóvedas de semillas y por qué existen?
Los bancos de semillas, o genebancos, son repositorios donde se conserva material genético vegetal —principalmente semillas— con el fin de mantener la diversidad genética de los cultivos a través del tiempo.
Su historia moderna se remonta a la década de 1940 en Leningrado, cuando nueve científicos sacrificaron sus vidas durante el asedio para proteger una valiosa colección de semillas, inspirados en la labor del botánico Nikolai Vavilov. Vavilov realizó 115 expediciones en 64 países y reunió cerca de 380.000 muestras, aportes que sentaron las bases de los genebancos actuales. Hoy existen cientos de estos repositorios en todo el mundo; “casi todos los países cuentan con su propio banco nacional de semillas”, señala Stefan Schmitz, director ejecutivo de Crop Trust.
Diversidad genética como escudo contra el hambre
Mantener una amplia diversidad genética es clave para evitar crisis alimentarias. Un caso histórico es la hambruna irlandesa, ligada en parte a la dependencia de una única variedad de papa que fue arrasada por una enfermedad.
Para reducir ese tipo de riesgos, instituciones como el International Center for Agricultural Research in the Dry Areas (ICARDA), con sede en Marruecos y Líbano, conservan colecciones que incluyen parientes silvestres y variedades locales ancestrales. Muchas de estas semillas han evolucionado durante miles de años y contienen rasgos útiles para tolerar condiciones extremas como calor, salinidad o sequía.
Según Athanasios Tsivelikas, responsable del genebanco de ICARDA en Marruecos, proteger esta diversidad es clave para la “resiliencia climática y la adaptación a entornos extremos”, temas cada vez más relevantes ante el calentamiento global.
Red de seguridad global: el respaldo de Svalbard
Aun con avances técnicos, los genebancos pueden verse comprometidos por cortes de energía, conflictos o desastres naturales. Por ello, en 2008 se inauguró la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en el permafrost noruego cerca del Polo Norte.
El frío natural del entorno ayuda a mantener la viabilidad de las semillas incluso ante fallos eléctricos completos. Svalbard alberga actualmente 1.378.238 muestras y tiene capacidad para recibir muchas más. Schmitz describe la instalación como “nada más que una enorme instalación de respaldo”: si una de las más de 800 colecciones del mundo desapareciera por tormentas, incendios, terremotos o conflictos, Svalbard conserva un duplicado seguro.
Casos en Siria y Sudán con semillas para la reconstrucción
El valor práctico de estas reservas quedó patente durante la guerra en Siria. Desde 2011, el genebanco de ICARDA en Siria envió duplicados de sus semillas a Svalbard bajo el sistema de “caja negra”, que permite custodiar material sin ceder su uso.
En 2014, el banco sirio debió evacuarse debido al conflicto, un suceso que Schmitz calificó como “el mayor desastre conocido para un genebanco”. Los duplicados almacenados en Noruega permitieron recuperar la colección cuando se establecieron nuevas instalaciones en Marruecos y Líbano. ICARDA fue el primer genebanco en usar este mecanismo de rescate; hoy, iniciativas similares se aplican en Sudán, donde responsables agrícolas en medio del conflicto depositan duplicados en la bóveda internacional para asegurar la futura recuperación agrícola.
Más allá de almacenar: investigación, acceso y cooperación
Además de su función de custodia, los bancos de semillas son recursos valiosos para la investigación agrícola, la mejora genética y la ayuda a comunidades afectadas. Investigadores y mejoradores pueden solicitar muestras de los genebancos para desarrollar cultivos más nutritivos o resistentes a condiciones adversas.
Según Schmitz, estos repositorios actúan como redes de seguridad agrícola, proporcionando semillas adaptadas que pueden ser críticas tras desastres o desplazamientos. El sistema de “caja negra” fomenta la colaboración y el resguardo mutuo entre instituciones, reduciendo el riesgo de pérdidas irreparables de material genético.
De este modo, los bancos de semillas no solo impulsan la innovación científica en agricultura, sino que también son determinantes para que las comunidades rurales y los sistemas alimentarios puedan recuperarse después de crisis.


