Se conocieron por primera vez en los pasillos de un juzgado, citados al mismo horario para un trámite que cambiaría sus vidas. Cada familia esperaba en silencio y, por coincidencia, fueron atendidos por las mismas personas y debían ingresar a hablar con la misma jueza. Allí se encontraron dos parejas y una familia de acogida que traía a una bebé de un año envuelta en una manta y con un chupete rosa. Hasta ese momento eran desconocidos; a partir de ese encuentro nada volvió a ser igual.
Al verse, ambos grupos sintieron una certeza inmediata: creyeron que estaban frente a las personas indicadas para la niña. Estaban Eve y Maxi, y estaban Adriana y Miguel con sus hijas. La bebé, Ángeles, había pasado sus primeras semanas de vida en un entorno de protección. Todos intuyeron que aquel sería el comienzo de algo muy importante para la niña.
Adriana lleva trece años participando en programas de acogimiento familiar; ha recibido en su casa a 25 niños. Eve y Maxi habían esperado quince años para adoptar. Ángeles los unió: hoy, años después, Eve y Adriana mantienen una relación cercana y generosa, porque la niña pidió, con el tiempo, que Adriana fuera también “su segunda mamá”.
La historia plantea muchas preguntas: ¿cómo es ser familia de acogida? ¿cómo se transita del abrigo a la familia definitiva? Las protagonistas cuentan su experiencia y las respuestas llegan desde la vivencia cotidiana y la convivencia afectuosa.
Adriana destaca el rol fundamental de la familia de acogida: ofrecer cariño y rutinas cotidianas que ayudan a sanar. Para ella, acciones simples —oler un bizcocho al volver de la escuela, recibir un beso antes de dormir— construyen seguridad y reparación emocional en niños que no tuvieron esas cosas desde el inicio.
La gente suele preguntarles cómo hacen para “devolver” a un niño, como si significara una pérdida egoísta. Adriana responde que la tarea no implica apropiarse: las familias de acogida acompañan con amor hasta que se resuelva la situación legal del niño. Ese acompañamiento es un primer eslabón esencial para el resto de la vida del menor.
En su casa la decisión fue familiar y consensuada: Adriana habló con su marido y sus hijas y los cuatro aceptaron ser familia de acogida. Sus hijas, en ese momento de 9 y 13 años, comprendieron que los niños que pasarían por allí no serían sus hermanos permanentes sino niños a los que brindar un hogar temporal de cariño.
Adriana cuenta que, con el tiempo, decidieron profesionalizar su compromiso y crearon la Fundación Ainelén Amor Familiar para acompañar a otras familias y fortalecer la práctica del acogimiento.
Eve y Maxi habían conversado desde el noviazgo sobre la adopción; después de muchos años de espera y de un proceso largo, llegaron al día del llamado inesperado del juzgado. Relatan cómo ese momento fue de una emoción abrumadora: cuando conocieron a Ángeles en el pasillo, la conexión fue inmediata y profundamente sentida.
El encuentro en el juzgado fue breve pero decisivo: la jueza les indicó la necesidad de un período de vinculación. Eve y Maxi viajaron a La Plata durante 18 días para conocerse, mientras en su casa preparaban todo para recibirla. Adriana y su familia abrieron la casa, compartieron comidas, tareas y cuidados, y permitieron que los futuros padres asumieran su rol con acompañamiento y libertad.
La vinculación fue un proceso natural. Los adoptantes recibieron información esencial —carpeta de salud, hábitos, reacciones ante enfermedades y rutinas— que les permitió conectarse con seguridad. Durante ese tiempo hubo convivencia armónica: se organizaban las tareas del hogar, el cuidado y la atención a la bebé.
Eve destaca que nunca sintió celos; agradece el papel de Adriana, que le brindó seguridad y fue su primer referente cuando surgían dudas o problemas. Así se construyó una relación basada en confianza, generosidad y reconocimiento del rol de cada uno.
Ángeles, ya con edad para hablar y reflexionar, decidió que quería a Adri como “segunda mamá”. Lo expresó con naturalidad y sus familias lo aceptaron con cariño. Ese reconocimiento infantil consolidó una red familiar que hoy incluye a las dos madres, al padre, hermanas, padrinos y otros parientes.
Las familias mantienen un vínculo estrecho: comparten vacaciones, actividades y apoyo mutuo. Han superado dificultades importantes —por ejemplo, un ACV de Maxi— y se sostienen en las crisis. La relación entre las dos casas no es ocasional, es una familia ampliada que convive afectivamente.
En la práctica, no todos los casos de acogimiento terminan con una relación posterior entre familias; Adriana reconoce que, lamentablemente, en muchos casos el vínculo se corta cuando el niño es asignado a una familia adoptiva. Por eso su fundación trabaja en la capacitación y en la importancia de sostener los lazos pensando siempre en el bienestar del niño.
La Fundación ofrece talleres para familias interesadas en adoptar o en convertirse en familias de acogida, y acompaña en los procesos legales y emocionales. Adriana recalca que lo que se necesita para acoger no es dinero ni una habitación exclusiva, sino compromiso, amor y someterse a una evaluación. También menciona requisitos como no tener antecedentes penales y, para su organización, que la familia tenga hijos.
Sobre la crianza de Ángeles, Eve la describe como una niña feliz y curiosa, que ha crecido con seguridad y con respuestas sinceras sobre su historia. Desde pequeña mostró interés por saber sobre su origen; las conversaciones siempre fueron honestas y adaptadas a su edad, dándole tiempo para procesar la información.
Cuando surgieron dudas sobre quién la había llevado en la panza o cómo llegó a la casa, sus padres le dieron explicaciones claras: no estuvo en la panza de Eve, sino que llegó tras un llamado del juzgado y desde entonces fue amada y cuidada. Esa transparencia ayudó a que Ángeles integre su historia con tranquilidad.
La niña también recuerda y valora la etapa de acogimiento: ve fotos y videos de los primeros momentos, pregunta y recibe respuestas de ambas familias. Mantiene una relación afectiva con Adriana, a quien llama “mamá Adri”, con el consentimiento de Eve y en el marco de un acuerdo familiar respetuoso.
Desde la convivencia cotidiana han surgido escenas de confianza: Ángeles se quedó con Adriana cuando Eve no pudo viajar tras una fractura, y vivió el cuidado pleno en la casa de acogida. No hubo conflictos entre las dos madres; por el contrario, la experiencia las fortaleció y unió.
Ángeles participa en natación y en una orquesta donde toca el cello; disfruta cocinar y tiene amigos y hermanas con quienes se lleva bien. Sus gustos son de una niña común: le encanta la lasaña, a veces el ramen, y admira tanto a Eve como a Adri en su vida diaria.
Las protagonistas subrayan la huella que dejan las familias de acogida: aunque a veces el resultado sea invisible, ese cariño temprano perdura y ayuda a construir la resiliencia del niño. Por eso insisten en que la sociedad reconozca y valore esa labor.
Adriana cierra apelando a la necesidad constante de familias de acogida: siempre hacen falta hogares dispuestos a acompañar. Su Fundación sigue trabajando para formar redes, sostener vínculos y poner el foco en los derechos y necesidades del niño.
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