15 de enero de 2026
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Ateísmo y agnosticismo: límites del conocimiento

A menudo se confunden ateísmo y agnosticismo como si fuesen lo mismo, como si negar a Dios y dudar de su existencia fueran idénticos. Sin embargo esa distinción, aunque sutil, es importante. No solo afecta a las creencias religiosas, sino a cómo se afrontan las preguntas sobre la trascendencia y el sentido de la existencia. Vivimos en tiempos de rápidos cambios, donde sostener una fe resulta cada vez más difícil, mientras que adherirse a creencias superficiales o promesas vacías es relativamente fácil. En ese contexto, discutir sobre la fe o su ausencia deja de ser solo un ejercicio teórico y adquiere relevancia práctica.

El ateísmo, en términos generales, es una negación de la existencia de Dios. Los ateos pueden matizar su postura: los ateos firmes afirman con seguridad que no existe ningún dios; los ateos débiles o negativos simplemente no creen por falta de evidencia suficiente. La diferencia radica en la certeza afirmativa frente a la ausencia de creencia.

De forma clara: un ateo firme diría “sé que Dios no existe”, mientras que un ateo débil diría “no tengo pruebas para creer en Dios”. Aquí aparece el agnosticismo, que suele confundirse con el ateísmo débil. El agnóstico no afirma ni niega: suspende el juicio y sostiene que el conocimiento de lo divino está fuera del alcance humano. Como resumió Thomas Henry Huxley al acuñar el término en 1869: “No debe afirmarse saber o creer en algo para lo cual no existen razones científicas”. El agnosticismo, por tanto, es una postura de humildad intelectual ante los límites del conocimiento.

En una sociedad cada vez más secular e individualista, esta diferenciación cobra relevancia práctica: no solo trata de religión, sino de cómo cada persona enfrenta la realidad, los valores y la trascendencia.

Existen otras posturas relacionadas. El teísmo (como en el cristianismo) sostiene que Dios es un ser personal, creador y activo en el mundo; el deísmo reconoce a Dios como creador pero distante e indiferente a la vida humana; y el panteísmo, presente en tradiciones orientales, identifica a lo divino con la realidad misma, considerando que todo es, en cierto modo, divino.

Hoy también es frecuente definirse como “espiritual, pero no religioso”: personas que creen en algo superior pero rechazan la mediación institucional. Esa postura puede originarse en críticas al poder de las instituciones religiosas, desacuerdos doctrinales o el deseo de una relación directa con lo sagrado sin intermediarios.

El agnosticismo tiene raíces antiguas. En la Grecia clásica, pensadores como Protágoras y otros escépticos afirmaban la falibilidad del conocimiento humano. Filósofos como Demócrito explicaron el mundo por causas materiales y trataron a los dioses como conceptos humanos más que realidades demostrables. En la tradición cristiana, autores como San Agustín defendieron que la razón, acompañada por la fe, puede conducir al conocimiento de Dios. Siglos después, Immanuel Kant sostuvo que la razón humana no puede confirmar ni negar lo absoluto, dejando espacio para la duda.

En el siglo XIX, pensadores como Ludwig Feuerbach interpretaron a Dios como una proyección de cualidades humanas y defendieron el ateísmo como recuperación de lo humano. Karl Marx, por su parte, consideró la religión como “el opio del pueblo”, un consuelo frente a las injusticias materiales.

El agnosticismo metafísico extiende la duda más allá de la divinidad y cuestiona cualquier certeza última sobre la existencia, la conciencia y el sentido de la vida. Tanto el agnosticismo religioso como el metafísico valoran el pensamiento racional y reconocen la finitud del conocimiento humano, suspendiendo el juicio ante la falta de evidencia. En las últimas décadas, la difusión masiva de información y la globalización de ideas han intensificado este debate: conviven tradiciones ancestrales, teorías conspirativas, pseudociencias y nuevos movimientos espirituales. Entre muchos jóvenes surge una actitud de “honestidad intelectual”: se identifican como agnósticos pero participan en prácticas rituales o meditativas buscando dimensión espiritual sin dogmas.

Esto plantea desafíos sociales: ¿cómo dialogar sobre valores, ética y políticas públicas cuando las nociones de trascendencia son tan diversas? Las posiciones religiosas o no religiosas influyen en la concepción de lo que cada sociedad considera real o valioso, de modo que la discusión trasciende lo teológico y alcanza lo político, cultural y filosófico.

En síntesis, la línea que separa ateísmo, agnosticismo y distintas formas de espiritualidad es estrecha pero significativa. El ateo sostiene la inexistencia de lo divino; el agnóstico suspende el juicio en espera de evidencia; el creyente acepta la fe. A lo largo de la historia, estas posturas han generado una rica tradición de interrogantes y reflexiones sobre los límites del saber.

En un mundo que cambia rápidamente, donde las certezas se diluyen y proliferan creencias equívocas, examinar la diferencia entre ateísmo y agnosticismo no es solo una curiosidad intelectual: es una invitación a preguntarnos en qué creemos, por qué y con qué grado de certeza. Dudar puede ser una forma de rigor intelectual, al igual que creer puede ser una expresión de confianza; ambas actitudes requieren reflexión crítica.

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