15 de enero de 2026
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Ajuste del reloj molecular explicaría enigma de 30 millones de años

En 540 millones de años de historia, la vida en la Tierra ha sufrido transformaciones profundas. La explosión cámbrica —el periodo en que apareció de forma relativamente rápida una gran variedad de organismos con estructuras corporales complejas— sigue siendo un foco de interés y debate científico.

En los registros fósiles aparecen, de manera aparentemente súbita, formas que incluyen ancestros de equinodermos y artrópodos con rasgos semejantes a crustáceos, lo que plantea interrogantes sobre cómo y cuándo surgió la biodiversidad moderna.

El paleontólogo Graham Budd y el matemático Richard Mann presentan una investigación que revisa el uso del reloj molecular, la herramienta que se emplea para datar hitos evolutivos. Publicado en Systematic Biology, su estudio sostiene que la velocidad de los cambios genéticos no es necesariamente constante a lo largo del tiempo.

Los autores proponen que la tasa de mutación puede variar según el contexto biológico y temporal, lo que influye en la interpretación de cuándo se originaron distintos grupos de organismos.

Durante décadas, especialistas en zoología y anatomía discutieron sobre una brecha de unos 30 millones de años entre las fechas más antiguas del registro fósil y las estimaciones basadas en datos genéticos.

Según Max Telford, profesor del University College London, la visión tradicional sugería que las primeras formas de vida compleja habrían surgido alrededor de hace 570 millones de años, mientras que los fósiles más antiguos conocidos datan de hace unos 540 millones de años.

El reloj molecular bajo revisión

El trabajo de Budd y Mann, reproducido y comentado por medios como National Geographic, señala que la discrepancia no se explica necesariamente por la carencia de fósiles, sino por la calibración del reloj molecular. El enfoque clásico asumía que las mutaciones se acumulaban a una tasa constante, como las manecillas de un reloj uniforme.

En cambio, los investigadores sugieren que en los primeros millones de años tras la aparición de un nuevo linaje la evolución pudo acelerarse notablemente.

Este ajuste permite reconciliar la aparición aparentemente repentina de formas complejas en los estratos fósiles: la maquinaria genética podría haber experimentado cambios mucho más rápidos de lo que se había supuesto.

Así, la diversificación de ramas principales del árbol de la vida —por ejemplo moluscos o vertebrados— podría haberse producido en intervalos relativamente cortos, reduciendo la necesidad de postular la existencia de numerosas especies que no dejaron rastro fósil.

La hipótesis de Budd y Mann sincroniza de forma más estrecha los datos genéticos con las evidencias geológicas: la variabilidad en la velocidad de mutación explicaría los periodos de abundancia súbita de formas complejas registrados en los fósiles.

Implicancias para la paleontología y la biología evolutiva

Validar este modelo abriría nuevas perspectivas para resolver otros enigmas evolutivos. Según National Geographic, si la teoría se confirma, debates históricos sobre el origen de las plantas con flores o la evolución de los primates podrían obtener fechas más precisas.

El ajuste del reloj molecular también ofrecería una explicación para las discrepancias entre edades genéticas estimadas y la antigüedad de los fósiles de ciertos grupos, al atribuirlas a episodios de aceleración evolutiva.

Systematic Biology apunta que la clave está en identificar cuándo y por qué ocurren esos picos de velocidad evolutiva, y en desarrollar modelos estadísticos robustos para detectarlos.

El debate sigue abierto: investigadores de distintas disciplinas examinan los resultados y evalúan la validez de los modelos propuestos. No obstante, la propuesta de Budd y Mann constituye un avance importante para entender cómo se diversificó la vida y cómo deben ajustarse las metodologías para estudiar el pasado biológico.

Un misterio de 30 millones de años

Hasta ahora, la diferencia de 30 millones de años entre estimaciones genéticas y los fósiles más antiguos se interpretaba como indicio de organismos blandos o muy pequeños incapaces de fosilizarse.

Según Max Telford, esa hipótesis se sostenía por la dificultad para hallar restos de seres frágiles. La idea de un reloj molecular variable reduce la necesidad de invocar tantas especies “invisibles” y dirige la atención hacia los procesos evolutivos internos.

La revisión del reloj molecular no solo aborda la brecha temporal, sino que plantea una visión más dinámica del desarrollo de la vida. Si la comunidad científica alcanza consenso sobre este modelo, tanto la paleontología como la genética evolutiva podrían experimentar cambios significativos en sus interpretaciones.

Por ahora, los hallazgos invitan a reconsiderar cómo se cronifica la historia de la vida. Nuevas investigaciones tendrán que confirmar si la evolución avanza realmente a velocidades variables y cómo ese fenómeno modifica la lectura del registro fósil.

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