En la política internacional pesan más las estructuras de poder y las dinámicas sistémicas que las buenas intenciones o las declaraciones retóricas. Comprender a tiempo las fuerzas profundas que organizan el sistema global resulta esencial porque, en la práctica, los principios morales suelen ser irrelevantes frente a consideraciones de poder y seguridad.
El mensaje reciente del Departamento de Estado de los Estados Unidos recuerda, de forma distante pero directa, que la estabilidad hemisférica ha vuelto a situarse en la agenda estratégica de Occidente; no se trata solo de palabras, sino de una señal sobre prioridades concretas en política exterior.
Argentina enfrenta una decisión significativa: interpretar correctamente el espíritu del momento y actuar en consecuencia. En los próximos años se podrá optar por integrarse en los marcos de cooperación dominantes o, por el contrario, correr el riesgo de quedar al margen de las principales dinámicas internacionales.
Henry Kissinger sostenía que la capacidad definitoria de los grandes líderes no reside tanto en su ideología como en su habilidad para identificar y responder a las tendencias profundas del sistema internacional; esa lectura estratégica es una cualidad clave de los estadistas.
Hoy esa capacidad se ve limitada en sectores que mantienen una visión anclada en la larga posguerra y en modelos del Estado de Bienestar. La diferencia entre actuar con anticipación o ser arrastrado por fuerzas ajenas puede determinar la estabilidad institucional de una nación.
La seguridad regional en América Latina es una prioridad; la expansión global de China en sectores estratégicos de Asia, Medio Oriente, África y América Latina tiene componentes geopolíticos, no solo comerciales. Suponer que el orden internacional de décadas pasadas se restaurará por sí mismo sería una postura poco realista.
Las Américas constituyen un área estratégica para los intereses occidentales en el Atlántico y, por ello, no pueden ser cedidas por omisión a influencias externas que contradigan esos intereses ni al debilitamiento institucional local.
Esto no es una novedad histórica, sino la reiteración de un patrón: el mantenimiento del orden suele preceder los cambios sostenibles. Políticos de distintas corrientes han subrayado que no es posible garantizar libertad duradera sin un marco de orden estable que la sustente.
China, Rusia e Irán actúan en la región cuando perciben vacíos de poder, debilidades institucionales o gobiernos dispuestos a sustituir relaciones tradicionales por otras dependencias estratégicas. Sus intervenciones suelen orientarse a consolidar influencia donde encuentran oportunidades.
La experiencia reciente de la región muestra costos elevados asociados a ciertos proyectos políticos: desorden interno, erosión institucional, aumento de actividades delictivas y flujos migratorios forzados. En muchos casos, discursos emancipadores convivieron con una mayor subordinación estratégica a actores externos.
La política internacional premia la comprensión del contexto y la acción oportuna más que la indignación moral o la protesta permanente. Como apuntó Kissinger, la legitimidad internacional suele depender de la aceptación del orden por parte de las grandes potencias; desafiar ese orden sin capacidad suficiente frecuentemente conduce al aislamiento y al desorden.
Argentina necesita una aproximación estratégica madura: la ambigüedad frente a los marcos occidentales no equivale a autonomía responsable. El alineamiento con el mundo occidental no debe ser automático ni dogmático, sino el resultado de una evaluación pragmática del tablero internacional; la autonomía real se construye mediante alianzas estables y la fortaleza institucional.
En conclusión, el momento exige claridad: el orden y la capacidad de ejercer poder son factores determinantes en las relaciones internacionales, y un enfoque realista y pragmático debe primar sobre las posturas ideológicas que impiden ver riesgos y oportunidades. Ignorar estas lecciones podría profundizar errores con consecuencias duraderas para la región; la defensa de la libertad requiere, además de voluntad, condiciones políticas y estratégicas concretas.


