24 de enero de 2026
Buenos Aires, 26 C

Tute cuestiona la subestimación del público infantil

Desde pequeño Tute dibujaba constantemente y también hablaba mucho. Tenía antecedentes: su padre, Caloi, era historietista, y su madre, María Cristina Marcón, artista plástica. Además, él y sus dos hermanos solían decir frases que sus padres consideraban absurdas, delirantes o ingeniosas. Un día su madre les regaló a cada uno un cuaderno forrado en papel escocés, hecho a mano y escrito por ella y por Caloi. En la tapa figuraba la palabra Niños.

Según recuerda el dibujante en la entrevista con Infobae Cultura, su madre recopiló desde que los hermanos comenzaron a hablar hasta la preadolescencia todas las frases divertidas que solían decir, y las organizó en tres capítulos, uno por hijo. El cuaderno incluye además los dibujos de los niños y las ilustraciones que les hacía su padre, muchas con Clemente, para los cumpleaños.

Para Tute ese cuaderno es un material excepcional que permite volver a verse a los dos, tres, cinco o siete años y comparar lo que decían los hermanos: similitudes y diferencias. Su madre hizo el original y luego fotocopias para multiplicarlo. Ahora él acaba de publicar La Niñez, por Siglo Veintiuno; en la tapa aparece un hombre tatuado mirando a su hijo, que en lugar de dibujar en la hoja se ha dibujado en el propio cuerpo para parecerse a su padre.

La propuesta de publicar este título surgió cuando Javi Rollo lo invitó a participar en una serie de Siglo Veintiuno. Tute ofreció dos temas —la infancia o el amor— y la editorial eligió la niñez. Él aportó todo el material que tenía sobre ese tema, cerca de quinientos dibujos, y el trabajo editorial de Javi consistió en la selección que hoy conforma el librito.

Tute describe dos vías o paisajes en su trabajo. Uno es el paisaje externo: el mundo que lo rodea —sus hijos, los hijos de amigos, los chicos que observa—. El otro es el paisaje interno: las preguntas que se formulaba de pequeño, un mundo más íntimo de filosofía personal, angustias y entusiasmos. Muchas de esas imágenes surgen de memorias, sensaciones y pensamientos.

Durante la conversación se perciben ruidos de obra en su casa: timbres, muebles que se mueven y conversaciones sobre albañilería y carpintería. Aun en ese contexto, cuenta que desde muy chico decía que sería dibujante y humorista gráfico; hacía dibujos y bromeaba diciendo que solo faltaba que le pagaran.

Nació en Buenos Aires en 1974, creció en José Mármol y se formó en diseño gráfico y cine. Antes del cambio de siglo ya publicaba dibujos en La Nación y consolidó una carrera en medios e industria editorial. Entre sus libros figuran Tute de bolsillo, El amor es un perro verde, Batu, Mabel & Rubén, Diario de un hijo, Superyó, Yodo es político! y Ensayo para mi muerte, entre otros.

Admite que su primera gran lectura fue Mafalda. Mucho tiempo después, en 2014, cuando publicó su primera novela gráfica, Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más, Quino escribió el prólogo. Tute destaca que las obras complejas, como Mafalda, tienen varias capas de lectura que permiten relecturas a lo largo de la vida.

Dice que nunca piensa en los niños como público objetivo al crear; sin embargo, después los lectores infantiles aparecen naturalmente. Le gusta que así sea y no forzar la simplicidad pensando en alguien menos informado. Valora que un niño acceda a un material no pensado específicamente para él pero que igualmente puede comprender y disfrutar.

Reitera que no suele hacer libros ni dibujos pensando en un público infantil. En las ferias de libros firma ejemplares y dibuja para los lectores, y allí ve a muchos chicos. Le agrada porque recuerda su propia experiencia leyendo a autores como Fontanarrosa y Quino, creadores de humor dirigidos a adultos que también leían los jóvenes.

Encuentra extraño el concepto de “libro infantil” en tanto etiqueta. Comprende que haya libros destinados a los niños que empiezan a leer, pero prefiere la idea de un autor adulto que hace libros y que un chico sencillamente pueda leerlos. Considera enriquecedor que los niños elaboren interpretaciones provisionales y luego, con el tiempo, vuelvan a releer y entender de otra manera.

Para él existe un error grave en subestimar al público infantil: no hace falta ser absolutamente obvio ni sobredimensionar la claridad. Resulta más atractivo plantear cierta exigencia para que el niño intente comprender y construya su propia interpretación; después podrá revisitar la obra y entenderla de forma distinta. Esa dinámica es más valiosa que simplificar en exceso.

Afirma que la infancia sigue siendo una etapa muy poderosa, pese a la presencia excesiva de pantallas y a la tendencia a evitar el aburrimiento. Esas circunstancias pueden afectar la potencia creadora, pero Tute confía en que la capacidad imaginativa persiste. Considera la primera infancia fundamental para la vida, porque deja huellas en el inconsciente que funcionan como cimientos.

Al volver al cuaderno que hicieron sus padres, señala que allí se revela la potencia de la imaginación infantil. La infancia es una etapa intensa donde conviven muchos temores y donde comienzan a formarse las identidades mediante identificaciones; quedan marcas de lo que dicen los padres y de su entorno.

Subraya que los niños absorben mucho: “son esponjas”, como se ve con los propios hijos. La niñez es a la vez potente y delicada; esa combinación es, en su opinión, la esencia de ese período de la vida.

Artículo anterior

Riquelme antes del debut de Boca: refuerzo y mensaje al plantel

Artículo siguiente

Irán admite haber matado a más de 2.400 civiles en la represión de las protestas

Continuar leyendo

Últimas noticias