Estados Unidos intensificó notablemente su campaña de bombardeos contra Al-Shabaab y el Estado Islámico en Somalia en las primeras semanas de 2026, según datos del Comando de África (AFRICOM). Desde el 1 de enero se han realizado 23 ataques aéreos en territorio somalí, confirmó la mayor Mahalia Frost, portavoz de AFRICOM, a la AFP. Este repunte forma parte de una ofensiva más amplia contra militantes vinculados al Estado Islámico en África, que incluyó ataques en Navidad en Nigeria.
La escalada refleja un cambio doctrinal que sitúa a Somalia como un foco principal de operaciones estadounidenses fuera de zonas de guerra declaradas. La fundación New America registró al menos 114 ataques en Somalia durante 2025, una cifra sin precedentes que supera la suma de los bombardeos reportados bajo las administraciones de George W. Bush, Barack Obama y Joe Biden, y que excede el pico anterior de 64 operaciones registrado en 2019 durante el primer mandato de Trump.
El teniente general John Brennan, comandante de AFRICOM, explicó en una reunión de seguridad en Abuya que “desde Somalia hasta Nigeria, el conjunto de amenazas está conectado. Estamos intentando desarticularlo y proporcionar a nuestros socios la información que necesitan”.
La intensificación de los ataques ocurre en un momento crítico para la seguridad en Somalia. Al-Shabaab lanzó en febrero de 2025 una ofensiva a gran escala y logró recuperar decenas de localidades en las regiones de Hiirán y Shabelle, revirtiendo avances territoriales obtenidos por el Gobierno somalí durante su contraofensiva de 2022.
El grupo insurgente controla ahora un triángulo estratégico que le permite cercar posiciones gubernamentales y cortar líneas de suministro hacia Mogadiscio. Sus operaciones aumentaron alrededor de un 50% respecto al promedio mensual de 2024, y en marzo intentó asesinar al presidente Hassan Sheikh Mohamud con un artefacto explosivo detonado a distancia cerca de la capital, el primer ataque directo contra un mandatario somalí desde 2014.
Al-Shabaab nació a mediados de la década de 2000 como una milicia juvenil vinculada a la Unión de Tribunales Islámicos y busca derrocar al Gobierno Federal de Somalia, expulsar a las fuerzas extranjeras y establecer un califato que unifique a los somalíes étnicos de África Oriental bajo una interpretación rigorista del islam. Aunque fue expulsada de Mogadiscio en 2011 por la Misión de la Unión Africana, dispone de entre 7.000 y 12.000 combatientes y obtiene ingresos estimados en decenas de millones de dólares al año mediante impuestos, extorsión y contrabando de carbón y ganado.
Una parte sustancial de los bombardeos estadounidenses se ha dirigido al Estado Islámico en Somalia (IS-Somalia), una escisión de Al-Shabaab surgida en 2015 en las montañas de Puntland. El general Michael Langley, comandante de AFRICOM, afirmó que el Estado Islámico dirige actualmente operaciones globales desde Somalia, lo que ha elevado la prioridad de este objetivo para Washington.
IS-Somalia ha evolucionado hasta convertirse en un centro operativo, logístico y financiero para la red yihadista global, y hay indicios de que su emir podría haber asumido un papel de liderazgo más amplio en la organización. Con el flujo de combatientes extranjeros, la agrupación podría contar ahora con hasta 1.500 efectivos, frente a los 200–300 estimados hace pocos años.
Los ataques del día de Navidad contra el Estado Islámico en Nigeria ilustran la visión integrada que aplica AFRICOM frente a las amenazas yihadistas en el continente. Misiles Tomahawk lanzados desde un buque de la Armada impactaron dos campamentos del grupo Lakurawa, afiliado a la Provincia del Sahel del Estado Islámico, en el estado de Sokoto, en la frontera con Níger.
La operación fue presentada por Trump como represalia por la violencia contra cristianos. No obstante, el ministro de Exteriores nigeriano, Yusuf Tuggar, afirmó que la acción conjunta no tenía motivación religiosa y subrayó que las víctimas del terrorismo en la región del Sahel son mayoritariamente musulmanas.
La escalada militar coincide con tensiones diplomáticas entre Washington y Mogadiscio. La administración Trump suspendió recientemente la asistencia humanitaria a Somalia, acusando a funcionarios del Gobierno federal de destruir un almacén del Programa Mundial de Alimentos y de incautarse de 76 toneladas de ayuda alimentaria de forma ilegal.
Los recortes obligaron a las agencias humanitarias a reducir su población objetivo de 4,6 millones a apenas 1,3 millones de personas, en un país donde la inseguridad alimentaria aguda afecta a millones y los desplazados internos superan los 3,5 millones.
A principios de enero, Somalia informó de la muerte de Abdullahi Osman Mohamed, alias Ingeniero Ismail, considerado el principal experto en explosivos de Al-Shabaab y asesor del emir del grupo, sobre cuya cabeza pesaba una recompensa estadounidense de cinco millones de dólares. La operación, realizada el 10 de diciembre cerca de Jilib con apoyo de fuerzas aliadas, también acabó con la vida de su segundo, Abdikarim Hersi.
No obstante, expertos advierten que los bombardeos selectivos difícilmente modificarán la dinámica estructural del conflicto. Al-Shabaab ha mostrado capacidad para absorber bajas y reponer liderazgo, mientras que los ataques con drones que causan víctimas civiles alimentan la narrativa insurgente de agresión extranjera. La organización ha perdurado casi dos décadas de operaciones antiterroristas y administra un sistema de gobierno paralelo en amplias áreas del sur y centro de Somalia, donde la presencia del Estado federal es mínima o inexistente.


