28 de enero de 2026
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Soldada de 18 años rescata a un sobreviviente del Holocausto

La escena era desordenada y grave. Un edificio de viviendas había sido impactado y el operativo de rescate desplegaba ingenieros, personal médico, policías, ambulancias y fuerzas militares. Cuando su equipo llegó, muchas de las tareas más urgentes ya estaban en curso.

“Llegamos hacia el final del rescate. No fuimos los primeros, pero igualmente pudimos participar en algo muy significativo”, recuerda Sasha —quien por seguridad opta por no dar su apellido—, actualmente comandante.

Salvar una vida puede parecer poco frente a una tragedia masiva. Para ella, sin embargo, ese acto tuvo un valor enorme. “Aunque fuera una sola persona, sigue siendo una de las cosas más importantes que hice en mi vida”, afirma en una entrevista por Zoom con Infobae.

El hombre rescatado, cuya identidad se confirmó después, había sobrevivido al Holocausto y se convirtió en un símbolo de resistencia y memoria para una joven al inicio de su carrera militar.

Con apenas meses de formación —tres de entrenamiento básico, cuatro de especialización en búsqueda y rescate— y cursando la preparación para comandante, Sasha fue enviada al frente cuando el conflicto entre Israel y Hamas escaló en abril de 2024. En respuesta a un bombardeo atribuido a Israel, Irán lanzó un ataque masivo con misiles y drones sobre territorio israelí; esa noche se dispararon más de 300 proyectiles y uno impactó el edificio donde ella participaría en su primer rescate real.

El operativo estaba planificado: cada unidad tenía funciones definidas. Los equipos de rescate directo removían escombros para liberar a las personas atrapadas; otros grupos, entre ellos el de Sasha, aseguraban el perímetro, revisaban habitaciones, utilizaban perros rastreadores y marcaban las zonas ya inspeccionadas.

“Nada se deja al azar. Se revisa una y otra vez para asegurarse de que no quede nadie atrás”, explicó.

El rescate duró entre dos y tres horas. Fueron horas de tensión sostenida y trabajo meticuloso hasta que la víctima fue extraída en camilla. “Cuando lo sacaron, fue un alivio enorme”, recordó.

En el momento del rescate no se conocía la identidad del hombre. Ya en la base se confirmó que era un sobreviviente del Holocausto.

Más allá del rescate en sí, lo que quedó grabado en la memoria de Sasha fue el impacto sensorial y emocional de ver la destrucción. “El olor es algo indescriptible. Nada te prepara para eso. Los gritos, las madres que buscan a sus hijos, las luces y las sirenas… ves televisores encendidos, dibujos de niños; entiendes que ahí vivían familias”, relató.

No hubo tiempo para procesar el horror en el momento.

“Sentí que tenía que convertirme en un robot. No podía permitirme sentir. Había vidas que dependían de que yo hiciera mi trabajo”, dijo.

Tenía 18 años y todavía no era comandante; seguía en formación. Sin embargo, como sucede con muchos jóvenes en situaciones de conflicto, debió asumir responsabilidades maduras de forma inmediata. “Estaba abrumada, pero tenía que mantener la compostura”, comentó.

Tras la extracción, el trabajo continuó durante horas: verificar nombres, rostros y familias hasta descartar la presencia de más sobrevivientes. Solo entonces el operativo pasó a manos de equipos civiles especializados.

Regresar a la base no significó el cierre de la experiencia.

Recibieron apoyo psicológico, participaron en reuniones grupales y hubo contención entre los compañeros. “Somos jóvenes que vivimos algo muy duro”, reflexionó. Lejos de alejarla, la experiencia fortaleció su vocación: “Eso me impulsó a terminar el curso y a convertirme en comandante”.

Hoy, con unos años más de servicio, lidera un pelotón operativo compuesto por soldados entrenados. Está destinada en la frontera con Gaza y su unidad permanece en estado de alerta permanente. “Estamos listos las 24 horas. Esa es nuestra tarea ahora”, explicó a Infobae.

Meses después del rescate llegó otra noticia triste: el hombre que habían salvado falleció por causas no relacionadas con el ataque. “Fue muy duro. Nos reunimos todos los que participamos, cantamos y nos abrazamos. Fue un momento muy fuerte”, recordó Sasha.

Al dirigirse a quienes sueñan con dedicarse al rescate y la ayuda humanitaria, ella no idealiza la profesión. “Es un entrenamiento duro, largo y exigente. Pero no hay nada más gratificante que salvar vidas y saber que hay personas que confían en vos”, dijo.

Antes de alistarse estudiaba Relaciones Internacionales y Diplomacia, convencida de que ese sería su camino. La experiencia del frente le dio una perspectiva distinta: “Las experiencias reales te dan una visión que ningún libro puede ofrecer”.

Planea retomar sus estudios de diplomacia en el futuro, con una mirada transformada por la guerra y el dolor, y con la convicción de que, incluso en medio del horror, salvar una sola vida puede justificar el esfuerzo.

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