9 de febrero de 2026
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La memoria es prevención

Nací en una familia judía que fue diezmada durante el Holocausto. Décadas después, volvió a sufrir las consecuencias del ataque del 7 de octubre.

Un tío mío, que en 1933 tenía 16 años, percibió lo que se gestaba en la Alemania nazi. Su familia no le prestó atención y él decidió irse a Palestina. Participó en la organización que luego sería el Palmach, la fuerza judía previa a la creación del Estado de Israel, y más tarde se incorporó a la Brigada Judía que, junto al Ejército británico, luchó contra los alemanes.

Para entonces, dos tercios de la familia de mi madre ya habían muerto en Auschwitz. Mi madre, sus padres y otra hermana lograron, tras el allanamiento de su casa en Varsovia y la confiscación de sus bienes, subir a un tren y llegar a la Argentina.

El desenlace tuvo, sin embargo, un origen claro.

En 1933 aún no existían cámaras de gas ni trenes de la muerte; lo que había eran palabras. Palabras que justificaban el control de la prensa, la “protección” del Estado frente a la mentira, y la vigilancia de lo que se decía y quién lo decía. A eso se sumaban insultos y humillaciones hacia quienes pensaban distinto o eran diferentes. Comenzó de a poco, con palabras.

Por eso me inquieta el debate actual. No se trata tanto del uso de términos como “gestapo”, sino de lo que motiva ese uso: la propuesta de crear una oficina estatal para vigilar el discurso público en redes sociales con el argumento de proteger a la sociedad de la mentira.

La historia muestra que cuando el Estado asume la función de custodiar la verdad, termina definiendo quién miente y quién es el enemigo. Ese proceso suele iniciarse del mismo modo: primero se deslegitima la palabra del otro y después se la controla.

No digo que hoy sea 1933; sino que los procesos históricos no comienzan con la violencia directa, sino con la justificación de esa violencia.

Hablar de “banalización” cambia el foco. El riesgo no es recordar demasiado, sino dejar de identificar las señales tempranas. Pensar que ciertas palabras solo pertenecen a unos pocos puede tranquilizarnos, pero también impedirnos advertir cuando un poder se atribuye el derecho de decidir qué puede decirse y qué no.

Como en el Génesis, la palabra precede a la acción: de ella pueden nacer la claridad o la oscuridad.

Por eso la memoria no es exageración sino prevención. Ignorar cómo empezó un proceso equivale a perder la capacidad de reconocer cuándo es necesario detenerlo.

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