Periodista e historiador, en 2004 André Larané creó el sitio Herodote.net, dedicado a la divulgación histórica. Es autor de varios manuales, entre ellos una Cronología universal y Grandes fechas de la historia de Francia; uno de sus libros más recientes es Nuestra herencia: lo que Francia le aportó al mundo (L’Artilleur, 2022).
Preocupado por la distancia de ciertas élites respecto a Francia y su pasado, Larané sostiene que esa desconexión dificulta la integración de los recién llegados. En un pasaje, afirma que el rechazo hacia Francia se alimenta, en buena medida, del espectáculo de una clase dirigente que adopta con entusiasmo la cultura y el inglés global, deslocaliza impuestos, fábricas e industrias, debilita los servicios públicos bajo la influencia de Bruselas y otras capitales europeas, y pone en peligro el patrimonio con desarrollos urbanísticos y energéticos negligentes.
Su apego a Francia le provoca alarma por la pérdida de su relevancia internacional. Aunque su especialidad es la historia, en los últimos años ha publicado también análisis sobre la situación política y social contemporánea del país.
En ese marco, accedió a ampliar sus ideas en esta conversación con Infobae.
— Le leo un párrafo de un artículo suyo reciente: “Durante mucho tiempo, el historiador y periodista que soy se ha preguntado por el misterio por el cual un presidente joven, atractivo, carismático y muy inteligente pudo, durante una década, acomodarse a la lenta decadencia de su país. Creo hoy entrever el sentido de estos aparentes fracasos”. En un balance de la era Macron, usted parece concluir que la pérdida de relevancia de Francia no contradice el pensamiento de un Presidente que aspiraría a una Europa federal. Y esto surge en parte de su biografía. ¿Podría resumirla?
— Es el presidente más joven de la República Francesa, elegido en 2017 y reelecto en 2022. Nacido en diciembre de 1977, creció en un momento de cambio del orden mundial y de avance del proyecto europeo iniciado décadas antes. Al mismo tiempo, en los países desarrollados se empezó a notar un descenso de la fecundidad por debajo del nivel de reemplazo, y se produjeron movimientos migratorios desde regiones de fuerte crecimiento demográfico hacia países con poblaciones envejecidas.
— También hay en Macron una voluntad de ruptura con la historia y la cultura…
— Nunca ha mostrado un especial interés por el patrimonio, la historia o las artes europeas. Se enorgullece de su dominio del inglés y participó en la promoción 2012 de los Young Leaders de la French-American Foundation. En ese sentido es distinto de otros líderes de su generación que expresaron, en diferentes instancias, una nostalgia por la gran Europa histórica.
— ¿Macron no siente esa nostalgia?
— Diría que no. Macron se formó y creció con la Unión Europea elaborada desde el Acta Única y el Tratado de Maastricht, y pronto empezó a apostar por un proyecto federalista inspirado en el modelo estadounidense, en el que los estados-nación se diluirían en instituciones supranacionales liberadas de corporativismos tradicionales.
— Usted habla de ascenso providencial en el caso de Macron, ¿por qué?
— Su trayectoria fue relativamente lineal: proviene de la burguesía provincial, destacó académicamente, pasó por la ENA y la inspección de finanzas, trabajó con el ensayista Jacques Attali y luego en Rothschild por consejo de Alain Minc. Después de la elección de François Hollande en 2012 fue nombrado secretario general adjunto del Elíseo, experiencia que le dio acceso a la élite internacional, sin necesidad de una carrera política de base.
— Y entonces vino el ministerio de Economía, el último peldaño hacia la cima.
— En agosto de 2014, con 36 años, fue nombrado ministro de Economía. Con cierta reputación mediática como gestor brillante, dimitió en 2016 para lanzar su candidatura presidencial.
— En esa carrera hacia el Eliseo se vio ayudado por algunos contratiempos que afectaron a sus rivales.
— Efectivamente: escándalos y retiradas de otros candidatos abrieron el camino. François Fillon fue afectado por un caso de empleo ficticio, Alain Juppé se retiró y François Bayrou apoyó a Macron. Entre los candidatos fue el más claramente europeísta y partidario de Maastricht.
— Usted lo define como un presidente en sintonía con la generación postnacional, ¿podría fundamentarlo?
— Sí. Durante la campaña de 2017 declaró que “no hay cultura francesa, hay una cultura en Francia” y expresó posiciones que subrayaban la diversidad cultural por encima de una identidad nacional cerrada. Ese enfoque, junto con su familiaridad con las costumbres anglosajonas y su comodidad en la economía global, lo sitúan con claridad en esa generación postnacional.
— ¿Y una vez electo?
— Su política exterior y simbólica se ajustó a esa visión. La ceremonia de investidura en el patio del Louvre en mayo de 2017, con el himno europeo presente, y ciertos gestos protocolarios mostraron una inclinación hacia modelos anglosajones. En mayo de 2018 rechazó además un plan para las banlieues argumentando que no bastan los informes hechos por “dos hombres blancos”, una formulación que sorprendió en el contexto francés, donde la política oficial tradicionalmente no maneja categorías raciales en esos términos.
— Los planes europeos de Macron, ¿cómo se manifestaron en lo sucesivo?
— En su discurso de la Sorbona en septiembre de 2017 propuso una “Europa soberana, unida, democrática”. Fue un mensaje contundente, pero conviene precisar términos: cuando Macron habla de “soberanía europea” trata de una gobernanza supranacional fuerte, distinta de la independencia económica y política que defendieron los fundadores del proyecto europeo en los años cincuenta. Maastricht y Lisboa orientaron la integración hacia una apertura mayor de fronteras y mercados, con ambiciones federales que Macron recoge.
— ¿Podría explicar mejor la diferencia entre independencia y soberanía?
— La soberanía es la autoridad suprema de un pueblo en su Estado. En las democracias europeas esa autoridad emana de los ciudadanos. Imaginar una “soberanía europea” por encima de los pueblos democráticos resulta contradictorio: los estados miembros conservan, a duras penas, autonomías y sistemas distintos. Aun compartiendo un espacio, los ciudadanos de distintos países dependen de marcos sociales y fiscales diferentes; si mañana las instituciones europeas desapareciesen, la vida cotidiana de muchos europeos cambiaría menos de lo que se podría pensar.
— Es la diferencia entre la Unión Europea y los Estados Unidos, como señala usted.
— Exacto. En Estados Unidos los estados comparten recursos, política fiscal y una identidad nacional fuerte; sus intereses estratégicos son comunes. En Europa, en cambio, prevalecen distintas soberanías nacionales. Al mismo tiempo, en el resto del mundo, grandes países tienden a fortalecer gobiernos centrales e identidades nacionales, no a disolverse en estructuras supranacionales.
— ¿Usted cree que Macron promueve políticas que debilitan al Estado-nación francés?
— Según su discurso y algunas decisiones, sí existe esa inclinación. Sacrificó la central nuclear de Fessenheim en aras de la relación franco-alemana, recortó partidas del presupuesto militar y tuvo enfrentamientos con el alto mando del Ejército. También se percibe un repliegue en la política africana clásica de Francia y un menor énfasis en la francofonía, ejemplificado por la cesión de la secretaría general de la OIF a Ruanda tras cambios lingüísticos en ese país.
— Otra iniciativa sorprendente fue el cierre de la ENA, un verdadero símbolo francés, y donde él mismo se formó.
— Sustituyó la ENA por el INSP, con un reclutamiento más amplio, lo que modifica un centro tradicional de formación de altos funcionarios. Al mismo tiempo, durante la última década se han agravado desequilibrios económicos: déficit comercial, pérdida de industria, déficit público y flujos migratorios crecientes. También se ha desplomado el saldo agroalimentario, a pesar del potencial agrícola francés. Demográficamente, la fecundidad cayó de 1,96 hijos por mujer en 2015 a 1,56 en 2025, con menos nacimientos que defunciones y signos de descenso poblacional.
— Tengo entendido que ha tomado alguna medida al respecto.
— Ha intentado reformas, como la de las pensiones, pero su puesta en práctica ha sido difícil y, en algunos casos, suspendida. La necesidad de austeridad fiscal ha vuelto a aparecer en el debate público, y existe la posibilidad de que Francia deba aceptar medidas de coordinación europea, como la mutualización de deuda, que implicarían mayor supervisión comunitaria. Para Larané, eso podría acelerar una integración más profunda en una federación europea, con efectos sobre elementos clave de la soberanía nacional, como la disuasión nuclear o el asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
— Sus esfuerzos por protagonismo en las diferentes crisis de los últimos años no han dado demasiados resultados, más bien parece al revés.
— En efecto, Macron ha tenido dificultades para mantener la voz y el estatus de Francia como gran potencia. La geopolítica contemporánea complica esa tarea: una Europa a menudo alineada con Estados Unidos y un mundo que simultáneamente desconfía de Washington, mientras el poder blando estadounidense domina la cultura global.
— ¿Cómo ha sido el vínculo con Donald Trump? Porque hubo un claro sabotaje a la industria francesa con el caso de los submarinos.
— En septiembre de 2021 Australia canceló un contrato de 56.000 millones de euros con Francia para la compra de submarinos convencionales de Naval Group y se alineó con Estados Unidos y Reino Unido en la alianza AUKUS. Fue un golpe importante para Francia, que se vio marginada en el Indo-Pacífico pese a su presencia territorial en la región.
— Otro retroceso notorio de Francia fue en el África.
— Sí. La influencia francesa en el norte de África, el Sahel y África central se ha erosionado y, en muchos casos, actores como Rusia y China han ganado terreno. Procesos iniciados por gobiernos anteriores confluyeron con decisiones y circunstancias de la presidencia actual para acelerar esa pérdida de crédito.
— ¿Qué cambió para Europa a partir de la segunda presidencia de Trump?
— La aparición renovada de Trump en la escena internacional evidenció la debilidad europea. Su rechazo a acuerdos internacionales puso de manifiesto que, si otras potencias importantes pueden condicionar la diplomacia de los europeos, la soberanía se ve afectada. Larané critica que Europa, y Francia en particular, han transferido competencias esenciales —moneda, comercio, política industrial, fronteras, alianzas— a instancias externas o supranacionales, lo que reduce la capacidad de decisión nacional y genera lo que él califica como una “servidumbre voluntaria”.
— ¿Tiene remedio esta situación?
— Según Larané, hay margen de maniobra: Francia sigue siendo un actor central en la Unión Europea y sin ella la Unión perdería peso. Un presidente francés —el actual o su sucesor— podría recuperar influencia en Europa si recupera respeto y autoridad en el interior del país y decide ejercerla en la arena europea.

