La Dra. Tamar Eilam Gindin, investigadora del Centro Ezri de la Universidad de Haifa, utiliza el conocimiento histórico de Irán para interpretar su presente. En esta conversación amplia explica la estrategia de supervivencia de la República Islámica, el papel del “gran enemigo” en su legitimidad y por qué considera que 2025 representó un punto de inflexión en la psicología de la guerra en Oriente Medio.
Dra. Eilam Gindin, usted describe la identidad iraní como un péndulo. ¿En qué punto se encuentra ese péndulo hoy, después de décadas de República Islámica?
El péndulo enfrenta dos polos. Uno es la identidad iraní antigua, de raíces indoeuropeas y persas —vinculada a figuras como Ciro el Grande y al Imperio sasánida—, que despierta orgullo nacional y afinidades culturales con Occidente. El otro es la identidad islámica, presente desde hace más de mil años y que el régimen de 1979 trató de imponer de manera más rígida. Mientras el régimen intentó impulsar el islamismo radical, buena parte de la sociedad empuja ahora hacia posiciones más seculares y abiertas, cansada de priorizar la religión sobre la identidad nacional.
Esa tensión se refleja en lemas como “Ni Gaza, ni Líbano: mi vida es por Irán”. ¿Por qué hay tanto rechazo hacia el apoyo a la causa palestina?
Porque muchos ciudadanos perciben que el régimen destina recursos públicos a grupos extranjeros en vez de atender necesidades internas. Existe además una larga historia de tensiones entre persas y árabes que condiciona actitudes sociales. En la calle se pregunta por qué se financian actores externos mientras pensiones y servicios locales se deterioran; el discurso oficial de “apoyo a los oprimidos” ya no convence a amplios sectores.
Usted plantea una tesis provocadora: que a la República Islámica no le conviene la desaparición de su mayor adversario.
En términos estratégicos, Jamenei y el aparato del poder sacan ventaja de la existencia de un enemigo externo identificable. Israel funciona como un adversario útil para articular una narrativa de amenaza externa que justifica medidas internas y ayuda a intentar proyectar liderazgo regional frente a rivales como Arabia Saudita. Además, cuando la atención internacional se concentra en conflictos exteriores, los problemas internos del régimen quedan menos visibles; y la presencia de un enemigo facilita acusar y reprimir a disidentes bajo cargos de espionaje o traición.
Hablemos de la “Guerra de los 12 días” en junio de 2025. ¿Cómo cambió este conflicto la percepción de la guerra directa?
Marcó un cambio porque elevó el conflicto de lo retórico a lo práctico: Israel atacó objetivos dentro del territorio iraní, algo que antes había sido más simbólico o indirecto. Operaciones previas, como la de abril de 2024 denominada “Promesa de la Verdad 1”, tuvieron un carácter más de espectáculo interno. En 2025, el hecho de que Irán fuera atacado en su suelo dividió las percepciones: una parte de la sociedad se identificó con el sentimiento nacionalista y cerró filas, lo que reforzó al régimen. Lo más relevante es que el Gobierno resistió el choque y eso le ha quitado parte del miedo a los enfrentamientos directos, con consecuencias represivas hacia la población.
¿Por qué la oposición interna no aprovechó ese momento de debilidad para derrocar a Jamenei?
Por motivos prácticos y psicológicos. El liderazgo y muchos centros de poder están físicamente protegidos en instalaciones subterráneas, lo que dificulta acciones directas. Además, no es factible organizar protestas masivas bajo la amenaza de bombardeos: la gente tiende a huir de las ciudades y busca seguridad. A ello se suma un trauma histórico respecto a intervenciones extranjeras; la desconfianza hacia cambios promovidos desde el exterior limita la capacidad de aceptar soluciones foráneas.
Finalmente, usted menciona que fue una decisión acertada no eliminar a los líderes políticos del régimen durante los ataques. ¿Por qué?
Porque, según su análisis, una purga externa de la cúpula habría reforzado la narrativa de victimización y convertido a esos líderes en mártires, lo que podría haber unido a amplios sectores contra el agresor. Desde esa perspectiva, la transformación política debe surgir desde dentro: la liberación de Irán corresponde al pueblo iraní. Atacar órganos de propaganda se entiende como una intervención dirigida a reducir la capacidad de manipulación, pero evitar objetivos políticos o civiles trata de impedir que un actor externo legitime al régimen mediante la construcción de un mito de resistencia frente a una agresión externa.

