28 de febrero de 2026
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Qué es y cómo opera la Guardia Revolucionaria de Irán

Cuando Donald Trump anunció en la madrugada el inicio de operaciones de combate en Irán, uno de los objetivos declarados fue la cabeza del régimen: el ayatollah Ali Khamenei. Informes posteriores señalaron que también se habían atacado al comandante de la Guardia Revolucionaria, al ministro de Defensa y al jefe de inteligencia. Es una lista amplia. Pero la pregunta central es si, eliminadas esas figuras, el régimen colapsaría automáticamente. La respuesta corta es que, por ahora, no. Para entender por qué hay que conocer la naturaleza de la Guardia Revolucionaria Iraní, conocida en inglés como IRGC.

La IRGC se creó en 1979, semanas después de la revolución que derrocó al Shah. Su misión fundacional fue proteger la revolución islámica, no al Estado iraní como tal ni exclusivamente al territorio nacional. Esa diferencia explica gran parte de su comportamiento y prioridades.

A diferencia del ejército regular, que responde a organismos gubernamentales, la Guardia Revolucionaria responde directamente al líder supremo, según la Constitución iraní. Esa cercanía institucional le ha dado una legitimidad y una persistencia que, según análisis del Council on Foreign Relations (CFR), no se borran de un día para otro ante la eliminación de líderes clave.

La IRGC dispone de fuerzas terrestres, navales y aéreas propias, un servicio de inteligencia propio, una milicia interna (el Basij, responsable de la represión de protestas) y una rama exterior, la Fuerza Quds, que actúa en Irak, Siria, Líbano, Yemen y —según inteligencia occidental— incluso en lugares tan alejados como Australia.

Las cifras ilustran su dimensión: entre 150.000 y 190.000 efectivos en total, según el Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos (NCTC). La Fuerza Quds, su unidad de élite para operaciones exteriores, tendría entre 5.000 y 15.000 miembros seleccionados por su lealtad ideológica. Pero su poder no se agota en el número de soldados.

Su peso económico y el control interno

Tras la guerra con Irak en los años ochenta, el líder supremo permitió a la Guardia expandirse hacia la economía. Un estudio de la Universidad Deakin sobre su historia institucional documenta esa decisión, que permitió a la IRGC construir un vasto imperio empresarial que hoy abarca desde la construcción hasta las telecomunicaciones.

Esta autonomía institucional y económica define a la organización. La IRGC controla sectores enteros de la actividad productiva iraní. A través de su conglomerado más conocido, Khatam al-Anbiya, ejecuta grandes obras de infraestructura, proyectos energéticos y de transporte. Participa en la gestión portuaria y en servicios médicos, y se le atribuye el control de recursos estratégicos como el agua en zonas con conflicto social, usado como herramienta de presión sobre poblaciones. Investigadores de la Universidad Deakin sostienen que hasta un tercio de las importaciones informales del país podrían pasar por redes de contrabando vinculadas a la Guardia, incluyendo tabaco, alcohol y drogas distribuidos en mercados negros.

Ese poder económico es la base de su autonomía y su capacidad de supervivencia institucional. Al financiarse por sí misma, la IRGC resulta especialmente difícil de desmantelar desde dentro y compleja de someter desde el exterior.

La proyección internacional e influencia regional

La Fuerza Quds es el componente de la IRGC más conocido fuera de Irán. Fue la organización que transformó a Hezbollah en los años ochenta de una insurgencia local a una fuerza paramilitar organizada.

Entrenó y armó a milicias chiitas en Irak tras la invasión estadounidense de 2003, infligiendo bajas a tropas estadounidenses, según documentación del NCTC. También suministró a los hutíes en Yemen misiles y drones que en 2024 atacaron rutas de navegación en el Mar Rojo, según esa fuente.

Operar a través de intermediarios es una estrategia deliberada: permite a Irán negar su implicación directa. El llamado Eje de la Resistencia —Hezbollah, Hamas, los hutíes y diversas milicias iraquíes— funciona menos como una alianza entre iguales y más como una red construída, financiada y sostenida durante décadas por la Fuerza Quds.

En los últimos años esa red ha mostrado signos de desgaste: Hezbollah sufrió pérdidas importantes frente a Israel; Hamas sufrió reveses graves en Gaza tras el ataque del 7 de octubre de 2023; en diciembre de 2024 el gobierno de Assad cayó, privando a Irán de su corredor terrestre al Mediterráneo; y ataques aéreos en junio del año pasado destruyeron parte de su arsenal balístico. Pero una red dañada no equivale a una red desaparecida.

Reacciones internas y el dilema social tras los ataques

El principal desafío para cualquier plan occidental que busque desmantelar la IRGC es su carácter institucional: no es una estructura piramidal centrada en una sola persona, sino una entidad con varios polos de poder —militar, inteligencia, económico, milicia interna y red exterior—, cada uno con recursos y cadenas de mando propias.

Analistas como Jennifer Gavito y Bianca Rosen, del Atlantic Council, indican que eliminar al líder supremo probablemente derivaría, en el mejor de los casos, en una lucha interna por el poder. Además, informes de inteligencia sugieren que Khamenei había previsto escenarios de este tipo y designó sucesores para la cúpula militar y gubernamental. Según esas fuentes, Ali Larijani, ex comandante de la IRGC y jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, fue señalado para coordinar planes de contingencia destinados a asegurar la continuidad institucional si la cúpula fuera eliminada.

Neutralizar al comandante de la IRGC no borra a la institución, pero sí puede desencadenar disputas internas sobre la sucesión.

En las horas y días siguientes se podrá evaluar cuánto queda en pie del aparato de seguridad iraní tras los ataques. Sin embargo, hay un factor que trasciende lo militar: la reacción de la sociedad iraní. Desde diciembre, Irán vivía las protestas más masivas desde 1979: millones de personas en más de cien ciudades expresando rechazo por la crisis económica, el colapso del rial y décadas de represión. La respuesta del régimen fue una represión severa; durante su discurso del Estado de la Unión, Trump citó la cifra de 32.000 manifestantes masacrados en pocas semanas.

La IRGC lleva 45 años afinando una capacidad central: sobrevivir. Resistió la guerra con Irak, las sanciones internacionales, el asesinato de Qassem Soleimani, su comandante más emblemático, por un dron estadounidense en Bagdad en 2020, y numerosas oleadas de protestas internas.

Si la organización sobrevive a este golpe, es probable que se radicalice aún más. Si no lo consigue, la disolución de su aparato institucional dejaría un vacío de poder sin una dirección clara, un escenario que podría tardar mucho en estabilizarse y cuyas consecuencias inmediatas y futuras resultan hoy impredecibles.

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