9 de marzo de 2026
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Mojtaba Khamenei, heredero en la sombra y arquitecto de la represión iraní

Ha pasado gran parte de su vida evitando las apariciones públicas; hasta hace poco su nombre circulaba principalmente en los ámbitos clericales de élite, en las fuerzas de seguridad y entre los analistas del poder en Teherán.

Tras la decisión de la Asamblea de Expertos de elevarlo al cargo de líder supremo, la atención internacional se centra en un individuo que durante décadas ha ejercido influencia detrás de los muros del poder iraní: Mojtaba Khamenei.

Nacido el 8 de septiembre de 1969 en la ciudad santa de Mashhad, proviene de una familia clerical opuesta al sha Mohammad Reza Pahlavi. Su infancia coincidió con la creciente prominencia política de su padre, Ali Khamenei, en el movimiento que condujo a la Revolución Islámica de 1979.

Durante la guerra entre Irán e Irak, Mojtaba sirvió en el frente en el Batallón Habib ibn Mazahir, una unidad voluntaria vinculada a la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), participando en operaciones en la fase final del conflicto. En ese periodo forjó relaciones con combatientes que años después ocuparían cargos clave en las estructuras militares, de inteligencia y de seguridad.

A diferencia de otros líderes revolucionarios que ganaron influencia desde cargos visibles, Mojtaba construyó su poder en la sombra. No ocupó cargos electos ni buscó protagonismo público, pero actuó durante años como uno de los principales intermediarios de acceso a su padre dentro de la oficina del líder supremo.

Sus vínculos con la Guardia Revolucionaria, forjados en los años de guerra, han sido un pilar de su ascenso. Mandos de la IRGC, sobre todo sectores jóvenes y más radicales, lo consideran un aliado fiable para garantizar la continuidad del régimen y mantener la cohesión interna en momentos de crisis.

En el ámbito religioso, Mojtaba ostenta el rango de Hojjatoleslam, inferior al de ayatolá, lo que ha suscitado dudas sobre su legitimidad doctrinal para encabezar la nación. Se formó en los seminarios de Qom bajo la tutela de figuras conservadoras, aunque no ha alcanzado la prominencia teológica de su padre ni la de Ruhollah Jomeini.

La historia política iraní ha mostrado, no obstante, que la pragmática política y la búsqueda de estabilidad suelen imponerse por encima de la ortodoxia teológica cuando está en juego la continuidad del régimen.

Su influencia se hizo visible en momentos críticos de la historia reciente de Irán. En 2009, durante las protestas que siguieron a la polémica reelección de Mahmoud Ahmadinejad, opositores y algunos religiosos moderados lo señalaron como uno de los responsables de la represión.

Informes diversos lo sitúan coordinando acciones entre la oficina del líder, la milicia Basij y la Guardia Revolucionaria; activistas y organizaciones de derechos humanos lo han acusado de supervisar estrategias de control social y de manipulación electoral.

En 2019, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo sancionó por actuar en nombre de su padre y por su participación en la promoción de una política exterior más agresiva del régimen, además de su implicación en la represión interna.

Durante las protestas de 2022, tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial, su nombre reapareció en las consignas de los manifestantes, que lo responsabilizaban de la violencia estatal y de la falta de apertura política.

En el ámbito internacional, Mojtaba es observado con recelo por potencias occidentales; aparece en informes y comunicaciones diplomáticas como un operador en la sombra de la política represiva iraní, y figuras políticas estadounidenses lo han calificado como inaceptable para liderar Irán.

Su ascenso al liderazgo supremo es interpretado por numerosos analistas como un intento del régimen de preservar el statu quo y asegurar la continuidad del aparato de poder que domina Irán desde hace más de cuatro décadas. Al mismo tiempo, la decisión ha intensificado las críticas internas hacia un sistema percibido como cada vez más cerrado y represivo y alejado de las aspiraciones de amplios sectores de la sociedad iraní.

La designación reaviva además el debate sobre el riesgo de convertir la República Islámica en un sistema de carácter dinástico, una posibilidad que muchos consideran contradictoria con los principios fundacionales de 1979.

El nuevo líder supremo asume el cargo en un país fracturado: una juventud desafiante, una economía lastrada por sanciones y una región marcada por tensiones constantes representan desafíos inmediatos para su gestión.

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