21 de marzo de 2026
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Química sexual y estabilidad de la pareja

En toda relación aparece tarde o temprano la duda: ¿basta la atracción sexual para sostener el vínculo? La química inicial puede unir y despertar deseo, pero con el tiempo la rutina, las responsabilidades y los cambios personales suelen poner a prueba lo que parecía firme. Muchas consultas de pareja se centran en el desgaste del deseo y en la dificultad de mantener una conexión más allá de la intimidad física.

Psicólogos y psicoanalistas atienden con frecuencia parejas que preguntan por qué, aun cuando la sexualidad funciona, la relación se tambalea. ¿Qué falta cuando el sexo no alcanza? ¿Por qué se apaga la pasión? Estas preguntas invitan a revisar qué elementos sostienen una pareja cuando la atracción deja de ser el motor principal.

El peso invisible del deseo: cuando la química no resuelve todo

Según la experiencia clínica de especialistas como Eduardo Drucaroff, la importancia de la sexualidad varía mucho entre parejas y personas. A veces el sexo ocupa el centro, otras veces está más ausente; y frecuentemente su disminución funciona como síntoma de otros problemas. Hechos cotidianos —la llegada de hijos, la sobrecarga laboral, el cansancio o las presiones sociales— desplazan el erotismo y modifican la relación. En particular, la paternidad suele cambiar el foco hacia el bebé y dejar a los progenitores con la sensación de haber perdido su lugar como pareja.

En la consulta aparecen silencios y conductas que reemplazan lo que no se dice: el erotismo puede quedar relegado por obligaciones y preocupaciones, y entonces la falta de deseo revela tensiones no resueltas entre los miembros de la pareja.

Los otros pilares de la pareja: protección, narcisismo y regulación emocional

Más allá del deseo sexual, distintas motivaciones se entrecruzan en la vida en pareja: la búsqueda de protección y cuidado, la necesidad de reconocimiento, y la regulación emocional son fuerzas que sostienen el vínculo. El sexo puede iniciar el contacto, pero el apego, la admiración mutua, el compañerismo y un proyecto común suelen mantener la relación cuando la pasión disminuye.

En lo cotidiano eso se traduce en pequeñas escenas: discutir sobre gastos, tomarse de la mano en una sala de espera, compartir un desvelo. Aunque falte deseo, la sensación de ser elegidos, la capacidad de afrontar juntos dificultades y un propósito compartido marcan la diferencia entre una pareja que se desvanece y otra que se sostiene.

Intimidad real: más allá de la cama

María Fernanda Rivas señala que una buena sexualidad aporta bienestar, pero no es la condición exclusiva para que una pareja funcione. La intimidad se construye en actos cotidianos: compartir un mate, reír juntos en la cocina, prolongar una conversación nocturna. La “interpenetración emocional” consiste en entrar en el mundo interno del otro, comprender miedos y alegrías y acompañar cuando el deseo no aparece.

Las parejas que consolidan un “nosotros” robusto no buscan solo placer; buscan seguridad, complicidad y sentido de proyecto. El amor, el apego y los planes compartidos actúan como un pegamento que sostiene cuando la química sexual se debilita. En suma, es posible que una pareja persista sin vida sexual plena si mantiene un proyecto vital compartido y un sostén afectivo mutuo.

El desafío de la rutina y la llegada de los hijos

La rutina se instala sin avisar: el cansancio, las obligaciones y la crianza pueden convertir el deseo en un recuerdo. La sexualidad suele quedar en segundo plano cuando aparecen nuevas responsabilidades; muchas parejas sienten que “no hay tiempo para nosotros” y el deseo se apaga por falta de espacio y energía, no necesariamente por falta de amor.

Silvina Buchsbaum advierte que aunque la cama pueda servir para reconciliarse, el sexo no arregla por sí solo heridas emocionales. La admiración mutua, los proyectos compartidos y la confianza son esenciales para que la relación soporte las crisis.

Buchsbaum propone la metáfora de la silla de cuatro patas —afecto, deseo sexual, proyectos y admiración—: si una pata falta o se debilita, el equilibrio se pierde. El deseo puede acercar, pero sin admiración ni objetivos comunes, la relación se desgasta. Construir un vínculo profundo exige tiempo, espacio y un interés genuino por la vida del otro.

La química sexual como punto de partida, no de llegada

Para especialistas como Diego López de Gomara, la química sexual suele ser el inicio de una relación, pero rara vez es suficiente para sostenerla a largo plazo. Esa atracción temprana se apoya en historias familiares, expectativas inconscientes y patrones conocidos; muchas veces “reconocemos” en el otro algo familiar que activa el deseo.

Pasar del deseo al vínculo implica aceptar que la pareja real no coincide totalmente con la imagen ideal del inicio. La convivencia requiere tolerar diferencias, aceptar desencuentros y comprender que el amor cotidiano demanda más que la atracción física.

Buchsbaum observa que muchas personas no logran integrar amor y deseo porque el amor brinda calma y seguridad, y esa calma puede debilitar la excitación. El desafío está en equilibrar pasión y ternura y entender que amar es un trabajo diario.

La intimidad como espacio seguro

Rivas enfatiza la necesidad de un “espacio vincular”: un territorio psicológico donde ambos puedan mostrarse vulnerables y priorizar el “nosotros” sobre las máscaras sociales. En la convivencia aparecen desafíos constantes —enfermedades, cuidado de padres, adversidades— y aunque la sexualidad fluctúe, el apoyo emocional y un proyecto compartido resultan fundamentales. La estabilidad sexual, la ternura y la capacidad de expresar y procesar la agresividad forman parte del entramado relacional.

Cuando el deseo y el amor no van por el mismo camino

Deseo y amor no siempre avanzan juntos. Algunas personas priorizan relaciones pasionales en las que el sexo es central pero faltan proyecto y confianza; otras valoran la calma y la compañía, aun cuando el erotismo disminuye. Ante esto, muchas prefieren encuentros físicos intensos antes que exponerse a la vulnerabilidad de un vínculo emocional, porque amar implica trabajo y responsabilidad afectiva.

Al final del día la pregunta persiste: ¿qué une a la pareja cuando la chispa se apaga? La respuesta no es universal. Para algunos serán el silencio compartido, la risa inesperada o el abrazo en la tormenta; para otros, el proyecto común y la decisión cotidiana de elegirse. Cada pareja debe construir y nombrar su propia respuesta según su experiencia y deseos.

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