La muerte del exlíder supremo Ali Khamenei y de otros altos responsables, tras los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel, provocó una rápida reordenación del poder en Teherán. Aunque la conmoción inicial fue grande, las instituciones centrales mantuvieron su funcionamiento, proyectando la imagen de un sistema capaz de resistir los golpes externos y garantizar continuidad institucional.
Tras los ataques, la cúpula militar, política y de seguridad experimentó una sustitución inmediata de figuras clave, sin que se hayan observado luchas internas abiertas. El liderazgo supremo pasó a Mojtaba Khamenei, la Guardia Revolucionaria reforzó su influencia y el presidente Masoud Pezeshkian continúa en el cargo, si bien con un margen de maniobra reducido frente a las instituciones militares.
El conflicto ha acelerado la militarización del régimen: la Guardia Revolucionaria ha ganado peso, en detrimento de las corrientes favorables a la diplomacia. Casi medio siglo después del establecimiento de la República Islámica, el país enfrenta un punto de inflexión en el que el poder se concentra en instituciones que priorizan la confrontación y la autosuficiencia, mientras la figura del nuevo líder supremo permanece en gran medida en la sombra.
La continuidad operativa y la ausencia de divisiones públicas indican que, por ahora, el régimen superó el impacto inicial de los ataques. No obstante, el aumento de la influencia militar y la reducción de espacios para la discusión interna apuntan a un periodo de mayor rigidez política y menor apertura hacia el exterior.
El nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei
El nombramiento de Mojtaba Khamenei como líder supremo marcó el inicio de una etapa en la que la Guardia Revolucionaria ha ganado terreno político. Mojtaba, de 56 años, asumió el cargo diez días después del asesinato de su padre; resultó herido en el ataque y perdió a varios familiares cercanos. Desde entonces no ha hecho apariciones públicas, aunque fuentes internas sostienen que continúa dirigiendo el país y que mantiene capacidad de decisión pese a sus lesiones.
La figura de Mojtaba genera incertidumbre pública. Solo se han difundido seis mensajes escritos de su oficina desde que asumió, sin cambios drásticos en la política estatal, aunque esos comunicados muestran una postura más rígida frente a las demandas estadounidenses de cambio de régimen.
Aunque predomina el secreto sobre su actividad pública, se afirma que las decisiones estratégicas, sobre todo las de carácter militar, siguen bajo su supervisión; no está claro si ha delegado formalmente parte de sus atribuciones debido a su ausencia pública.
El jefe de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi
El mando militar efectivo quedó en manos de la Guardia Revolucionaria, ahora dirigida por Ahmad Vahidi tras la muerte de Mohammad Pakpour al inicio del conflicto. Vahidi tampoco ha realizado apariciones públicas, mientras que Israel asegura haber eliminado a otros mandos, como el jefe naval Alireza Tangsiri. Analistas y fuentes internas subrayan que la fortaleza de la Guardia radica en su estructura, capaz de sustituir con rapidez a líderes caídos y mantener la cohesión institucional.
Con alrededor de 180.000 efectivos, la Guardia ha evolucionado de fuerza exclusivamente militar a un actor con presencia económica, de inteligencia y política paralela. Rechaza cualquier acercamiento significativo con Estados Unidos o Israel.
Voces internas interpretan que la guerra ha consolidado casi por completo su poder: “Prácticamente se han apoderado del país, y la guerra lo hizo posible sin ninguna resistencia”.
En la práctica, la Guardia ha reforzado sus vínculos con aliados regionales, especialmente Hezbollah, y ha centrado su estrategia defensiva en la producción nacional de misiles balísticos y drones, pilares de su doctrina de defensa asimétrica.
El presidente Masoud Pezeshkian
El presidente Masoud Pezeshkian, vinculado al sector reformista, se encarga de la administración cotidiana, la gestión económica y el canal diplomático. Su gobierno ha logrado mantener el suministro de alimentos, combustible y servicios bancarios a la población, mientras el equipo diplomático, encabezado por Abbas Araqchi, mantiene abiertas las vías de comunicación internacional para buscar soluciones pacíficas.
En materia de decisiones estratégicas, la autoridad presidencial sigue limitada por el peso de la Guardia y la supremacía del líder. Aunque Pezeshkian ordenó detener ataques contra países del Golfo, la Guardia ignoró la instrucción, lo que lo obligó a matizar su posición. La coordinación de posibles negociaciones con Estados Unidos recae en Araqchi, cercano a la Guardia y considerado un interlocutor de confianza del liderazgo anterior.
Se espera que Pezeshkian complete su mandato hasta 2028, pero su margen de acción en asuntos militares y de política exterior estará estrechamente condicionado por la supervisión de la Guardia y del líder supremo.
El titular del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf
En el Legislativo, Mohammad Bagher Ghalibaf ha ganado relevancia durante la guerra. Excomandante de la Guardia y antiguo alcalde de Teherán, ha mantenido actividad pública, principalmente a través de mensajes en redes sociales, en un momento en que las apariciones presenciales de otras figuras han sido escasas. Circularon rumores sobre un posible contacto con el presidente estadounidense, interpretados por algunos en Teherán como maniobras para exponerlo o generar fricciones.
Aunque cuenta con experiencia y redes de influencia, Ghalibaf no se considera imprescindible en un sistema habituado a una rápida rotación de cuadros. Su enfoque pragmático en economía y diplomacia provoca recelos entre las generaciones más jóvenes y los sectores más radicales de la Guardia.
Mohammad Bagher Zolghadr, el nuevo secretario del Consejo Supremo
La designación de Mohammad Bagher Zolghadr como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional refuerza el giro hacia posturas más duras. Zolghadr sustituyó a Ali Larijani, fallecido en un ataque israelí el 17 de marzo, y su nombramiento refleja la mayor presencia militar en la conducción de la política de seguridad. Analistas como Saeed Laylaz interpretan este cambio como “el fin de las esperanzas de diplomacia”.
El desplazamiento de figuras favorables al diálogo con Occidente y el ascenso de veteranos de la Guardia evidencian la marginación de los sectores reformistas y moderados. Bajo la secretaría de Zolghadr, el Consejo opera en coordinación estrecha con la Guardia y refuerza la tendencia hacia una política exterior menos propensa a la negociación.



