8 de abril de 2026
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Retrospectiva de Duchamp en el MoMA

¿Por qué se acepta como arte un óleo de hermanos jugando al ajedrez, pero se cuestiona la presencia en una galería de un urinario o de una réplica de La Gioconda con bigote y perilla? Esa es la cuestión que el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York quiere plantear con la retrospectiva más completa de Marcel Duchamp (1887–1968) en Estados Unidos desde 1973.

Reunida con cerca de 300 obras, la exhibición desmonta la idea de un artista “vago” o pasivo y muestra a un trabajador incansable que, mediante la contradicción, liberó la creatividad de las limitaciones del llamado “buen gusto”.

Anne Temkin, conservadora jefe de pintura y escultura del MoMA y una de las tres comisarias junto con el Museo de Arte de Filadelfia, afirma que Duchamp «es uno de los artistas más famosos, pero de los menos conocidos». La intención es demostrar que no fue solo un bromista, sino alguien que trabajó seriamente antes de enfrentarse a la experimentación radical.

Un recorrido cronológico para humanizar al mito

La muestra se organiza de forma cronológica para cubrir las seis décadas de producción de Duchamp y permitir al visitante seguir las distintas etapas creativas casi como una biografía.

La obra que recibe al público es La partida de ajedrez (1910), un óleo de tonos fauvistas que recrea una escena familiar en Francia y constituye la primera pintura de Duchamp dedicada al ajedrez, juego que influiría de manera decisiva en su vida y en su trabajo.

Temkin subraya que la intención fue «quitar el mito de que era un mal pintor»: Duchamp no abandonó la pintura por falta de habilidad, sino por una decisión consciente de alejarse de lo puramente visual —lo que él llamó arte “retiniano”— para convertir el arte en un acto mental.

La última imagen que se muestra al visitante es la de un Duchamp envejecido, filmado en 16 mm en blanco y negro por Andy Warhol en 1966 en Nueva York.

Humor picante, alter ego y museos en miniatura

Entre esas dos imágenes hay 66 años de trayectoria y cientos de piezas distribuidas en nueve salas, incluidas numerosas versiones de su obra más célebre: el urinario de producción industrial titulado La fuente (1917).

También se exhiben varias versiones de L.H.O.O.Q. (1919), un juego de palabras que en francés suena como «ella tiene el culo caliente», y una reproducción de la Mona Lisa con bigote y perilla que, según el cineasta John Waters en la guía de la muestra, sigue siendo uno de los actos de rebelión más emblemáticos del arte contemporáneo.

«El humor es rebelión; si logras que alguien se ría de algo que le choca, al menos se detendrá a escuchar», afirma Waters en la audioguía de la exposición.

Duchamp cuestionó la autoría y la solemnidad del arte también mediante su alter ego femenino, Rrose Sélavy —juego de palabras que en francés puede leerse como “Eros, c’est la vie”—, nombre que utilizó en varias obras icónicas.

Al posar vestido con pieles y joyas en las fotografías de Man Ray en 1924, Duchamp mostró que la identidad misma podía convertirse en un objeto artístico manipulable.

Para Temkin, el «corazón» de la exposición está en la sala seis, dedicada a Caja en una maleta (1935–1941), proyecto en el que, frente a la amenaza del fascismo en Europa y con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Duchamp —que a los 50 años aún no tenía obras en museos— creó «galerías portátiles»: maletas con reproducciones en miniatura de su producción.

«Fue su manera de hacer su propia retrospectiva cuando ninguno de sus trabajos estaba todavía en un museo real», explicaron los organizadores en la rueda de prensa previa a la apertura pública de la exposición, que se podrá ver del 12 de abril al 22 de agosto.

Fuente: EFE.

Fotos: EFE/ Ángel Colmenares.

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