10 de abril de 2026
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Qué hace mejor Samanta Schweblin

No es común que un escritor o una escritora gane un millón de euros, y menos todavía cuando proviene de un recorrido como el de Argentina, donde muchos seguidores conocen la carrera desde temprana edad. Samanta Schweblin, a quien en el medio literario suelen llamar simplemente “Samanta”, debutó como cuentista en 2002 con El núcleo del disturbio y ahora recibió el Premio AENA en Barcelona por su libro de cuentos El buen mal, galardón que incluye ese millón de euros. La cifra, además del dinero, trae visibilidad y prestigio.

La noticia provocó gran repercusión en redes. Schweblin creció en Hurlingham, se trasladó a Berlín con una beca y no regresó a vivir permanentemente a Argentina. No es nueva frente a reconocimientos internacionales: fue finalista del Booker Prize en 2017 y otra vez candidata en 2019.

La característica más señalada de su literatura, centrada en los cuentos aunque también reconocida por la novela Distancia de rescate, es su capacidad para inquietar. Las reseñas repiten esa palabra: inquietante. Pero no se trata solo del contenido explícito, sino de la manera en que sus textos activan los miedos y las respuestas de cada lector.

Schweblin construye escenas precisas y deja que el lector complete la experiencia. Presenta detalles cotidianos y situaciones que generan incomodidad; luego se retira, y es el propio lector quien siente la perturbación y reacciona.

Un ejemplo es el cuento “Un hombre sin suerte”, incluido en ediciones posteriores de Pájaros en la boca. En él, un padre le pide a su hija mayor que se saque la ropa interior en el auto para usarla como señal blanca mientras llevan a la menor al hospital. La urgencia aparenta justificar el gesto, pero al llegar al centro de salud la espera y una conversación de la niña con otro hombre amplifican la tensión y dejan muchas preguntas abiertas; la narración sugiere más de lo que explica.

En otros textos, la posibilidad de que algo ocurra —o de que podamos convertirnos en quien teme el relato— basta para producir angustia. Por ejemplo, en un cuento sobre un Bingo alguien queda literalmente atrapado; no es necesario detallar el suceso para que la idea provoque una reacción física en el lector.

Schweblin explora miedos explícitos e implícitos, aquellos que no siempre reconocemos. En “Pájaros en la boca” presenta a una niña que come pájaros vivos; la escena pone al descubierto la repulsión y la vergüenza que puede sentir un padre ante una conducta que considera inaceptable.

El relato expone las reacciones de los progenitores: nausea, desconcierto, ira, culpa, intentos de aceptación y finalmente la decisión de proveer lo necesario para que la hija sobreviva, aun cuando lo que pide resulta angustiante. Lectores y lectoras pueden identificarse con distintos personajes, y la vivencia de la lectura puede generar sensaciones físicas y emocionales fuertes, como describió la escritora Claudia Piñeiro al afirmar que, al leer, sintió “la garganta llena de plumas” por identificarse con la adolescente del cuento.

Schweblin misma ha señalado en entrevistas que elementos personales, aunque disimulados en la ficción, a veces quedan visibles para ciertos lectores. Esa transparencia parcial contribuye a la sensación de desasosiego, como si algo cotidiano se corriera y dejara ver amenazas posibles.

En resumen, la obra de Samanta Schweblin incomoda y provoca reflexión: remueve prejuicios y muestra aspectos ocultos del interior humano sin dictar juicios morales. Sus cuentos juegan con la proximidad entre lo real y lo amenazante, y esa ambigüedad es la que mantiene despiertos a los lectores.

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