Las celebraciones de fin de año suelen asociarse con ingestas abundantes y mayor consumo de alcohol, lo que con frecuencia provoca molestias digestivas pasajeras. Sin embargo, si el dolor abdominal o el malestar estomacal se repiten o persisten más allá de los días siguientes a las fiestas, no debe considerarse normal: podría tratarse de una alteración digestiva que requiere evaluación médica y no solo cambios dietéticos o reposo.
Después de periodos de exceso es habitual la indigestión, que se manifiesta como saciedad precoz, ardor o dolor en la parte superior del abdomen. Aunque estos síntomas pueden aparecer de forma aislada en personas sanas, dejan de ser benignos cuando se prolongan o reaparecen con frecuencia. Si las molestias persisten, especialmente por más de dos semanas, es necesario realizar una evaluación clínica para descartar enfermedades subyacentes.
No todo dolor abdominal tras las fiestas se debe directamente a una comida copiosa. Cuando el malestar no guarda relación clara con la ingestión, empeora progresivamente o viene acompañado de otros signos, puede indicar condiciones como gastritis crónica, úlcera péptica, infección por Helicobacter pylori o problemas biliares. En algunos pacientes también puede revelar enfermedades digestivas crónicas que pasan desapercibidas en sus etapas iniciales.
El efecto de las fiestas en el aparato digestivo no es solo por la cantidad consumida, sino por cambios fisiológicos: las comidas ricas en grasas y el alcohol retrasan el vaciado gástrico y alteran la función del estómago e intestino, lo que explica por qué algunas molestias se mantienen pese a volver a una alimentación habitual. No es casual que aumenten las consultas y búsquedas sobre dolor abdominal, acidez y malestar digestivo tras las celebraciones.
Un problema frecuente en la práctica clínica es la normalización del síntoma: muchas personas asumen que el dolor persistente es una consecuencia lógica de los excesos y retrasan la consulta. Ese aplazamiento puede ser determinante, ya que lo que parece una dispepsia funcional puede corresponder desde el inicio a una patología que necesita diagnóstico y tratamiento oportunos.
Hay señales que no deben atribuirse al contexto festivo: dolor abdominal persistente, náuseas frecuentes, vómitos persistentes, pérdida de apetito o de peso sin causa aparente y cualquier signo de sangrado digestivo son indicios claros de que la afección va más allá de una irritación temporal y requieren atención médica.
Además, factores como el estrés, la alteración del sueño y los cambios bruscos en la rutina afectan directamente la función digestiva y pueden empeorar síntomas existentes. El sistema digestivo es sensible a estos cambios, y cuando hay una condición previa, las fiestas suelen actuar como desencadenante más que como causa primaria.
En resumen, no se trata de alarmarse por cualquier molestia posterior a las celebraciones, pero tampoco de minimizar los síntomas persistentes. El cuerpo envía señales cuando algo no funciona bien; escucharlas y acudir a una evaluación médica a tiempo permite aliviar el malestar, prevenir complicaciones y proteger la salud a largo plazo.


