12 de abril de 2026
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Encontrar rutina y propósito sin trabajo ni hijos

Elena tiene 67 años y cada mañana, antes de levantarse, anota en una libreta de tapa dura que guarda en la mesa de noche. Con una caligrafía ordenada escribe lo que hará ese día: bañarse, volver a ordenar la biblioteca, tender la ropa, comer algo caliente al mediodía, llamar a su hermana. A veces incluye “salir a caminar” como si fuera una obligación; si no lo escribe, no sale y el día se le cierra, quedándose adentro mirando el techo.

Nadie le enseñó a Elena a vivir sin horarios ni rutinas externas. Durante décadas, la vida adulta en Argentina estuvo organizada de forma rígida: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Para muchas mujeres la jornada estuvo marcada por el horario escolar de los hijos; desde que suena el despertador hasta la noche el día venía dado. La respuesta a “¿quién sos?” se ligaba a lo que se hacía: “soy maestra”, “soy periodista”. El trabajo y el cuidado construían una identidad y una razón para levantarse.

Cuando esas estructuras desaparecen —cuando los hijos se van y el trabajo termina— queda una sensación difícil de nombrar. No es exactamente tristeza ni siempre soledad: los psicólogos lo llaman desorientación temporal, el efecto de perder los hitos externos que organizaban la semana y el año. El lunes se vuelve igual al domingo y las horas pasan sin que nadie las reclame.

¿Quién soy yo a las diez del martes?

La pregunta surge en consultorios, en grupos de chat y en conversaciones que a veces se vuelven incómodas: ¿qué hago con tanto tiempo? Los consejos habituales —viajar, aprender algo nuevo, hacer lo que siempre quisiste— son razonables pero insuficientes. El problema no es solo la falta de proyectos, sino la ausencia de una estructura que dé sentido a momentos concretos, como un martes a las diez de la mañana.

El trabajo no aportaba solo ingresos: daba reconocimiento, pertenencia y un lugar nombrado en el mundo. Cuando esa referencia desaparece, la pregunta por la identidad reaparece sin una respuesta inmediata. Un estudio de Nicky J. Newton, de la Universidad de Newcastle, encontró que la satisfacción en la jubilación está estrechamente vinculada a la capacidad de reconstruir la identidad más allá del empleo. Un cambio concreto que muchas personas notan es el silencio: el teléfono deja de sonar y esa falta de contacto cotidiano produce una sensación de vacío.

La evidencia científica muestra además un efecto notable en la cognición. El Whitehall II Study, del University College London, que siguió a más de tres mil empleados durante años, observó que el deterioro de la memoria verbal fue aproximadamente 38% más rápido después de la jubilación que antes, incluso controlando por la edad. Cuando desaparece la estimulación cognitiva cotidiana del trabajo, el cerebro lo percibe: la idea de “úsalo o piérdelo” tiene respaldo en estudios de gerontología.

El problema no es la voluntad: es el diseño

No se trata de promover la hiperactividad ni de transformar el tiempo libre en otra forma de productividad obligatoria. La investigación sobre bienestar en la vejez muestra algo más matizado: lo que favorece el ánimo y la función cognitiva son las pequeñas anclas diarias, actividades que aportan ritmo sin generar presión excesiva.

Un estudio de la Universidad de Pittsburgh que analizó patrones de actividad en adultos mayores halló que quienes se levantan a la misma hora y mantienen rutinas regulares —cualquiera sean esas actividades— reportan mayor bienestar y obtienen mejores resultados en pruebas cognitivas que quienes llevan agendas impredecibles. No es tanto la naturaleza de la actividad como su previsibilidad: la sensación de que el día tiene forma antes de empezar.

El problema práctico es que nadie diseñó esta estructura para la etapa de la jubilación. Antes la proporcionaban instituciones externas: el empleador, la escuela, un horario. Cuando esas instituciones desaparecen, hay que construirla desde dentro, y eso no se aprende de forma generalizada. En países como Suecia y Canadá existen programas de preparación integral para la jubilación que incluyen talleres sobre identidad y gestión del tiempo; en Argentina el trámite previsional se gestiona en ANSES, pero el acompañamiento sobre el aspecto emocional y cotidiano suele faltar.

Las anclas pequeñas

La libreta de Elena cumple justamente la función que la evidencia recomienda: anclar el tiempo antes de que se disuelva. Lo que importa no es tanto lo que escribe cada mañana como el hábito de organizar el día. A continuación, cinco reglas prácticas, sin romanticismo, para los días en que las horas se diluyen.

Salir todos los días, aunque sea a dar la vuelta a la manzana. No solo por ejercicio, sino para marcar un límite físico entre el adentro y el afuera. Quienes tienen perro cuentan con uno de los mejores dispositivos de salud: el animal obliga a salir a una hora fija, haga frío o calor, y eso crea una necesidad diaria de movimiento.

Hacer algo que estimule la mente, todos los días, aunque dure veinte minutos. Un crucigrama, un rompecabezas, leer un texto exigente o aprender algunas palabras en otro idioma. La estimulación cognitiva cotidiana no necesita ser sofisticada para ser eficaz: basta con actividades breves y regulares, como la sección de crucigramas del diario o una partida de ajedrez en línea.

Hablar con alguien, en persona o por teléfono, todos los días. No vale solo el saludo rápido; se trata de una conversación con ida y vuelta sobre algo que importe. En 2023, el ex Cirujano General de los Estados Unidos Vivek Murthy publicó un informe sobre la soledad que equipara el impacto del aislamiento social con fumar quince cigarrillos al día. El remedio no es la socialización masiva sino las conversaciones cotidianas con personas conocidas.

Ponerse horarios para las actividades importantes y defenderlos como si fueran citas laborales. Si el taller de lectura es los miércoles a las tres, ese horario debe respetarse. La estructura externa —un grupo, un horario, un lugar— facilita el cumplimiento sin exigir una voluntad constante que rara vez se mantiene todos los días.

Distinguir el descanso de la inercia. Descansar es una decisión consciente y necesaria; la inercia es quedarse sin saber por qué, dejando que la televisión u otras ocupaciones llenen las horas por simple gravitación. Datos sobre el uso del tiempo en adultos mayores muestran que, sin estructura, la televisión puede ocupar hasta cinco horas diarias; intentar diferenciar elección de automatismo ayuda a recuperar control sobre el tiempo.

El tiempo libre como aprendizaje

La libreta de Elena no es un capricho: es una herramienta de supervivencia que ella desarrolló porque nadie se la enseñó. Le devuelve algo que el trabajo y la crianza ofrecían automáticamente: la sensación de que el día tiene forma y sentido, aunque la tarea sea sencilla como tender la ropa.

Un estudio del Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara encontró que más de la mitad de las personas jubiladas tienen dificultades para adaptarse a una vida sin la actividad laboral. No es un problema de carácter ni una minoría aislada: es la consecuencia lógica de haber organizado décadas alrededor de una estructura que de pronto deja de existir. El tiempo libre, como cualquier recurso, requiere gestión; esa capacidad se aprende y puede enseñarse, pero todavía no forma parte de una política social extendida.

Vivir treinta años o más después de la jubilación no es un dato neutro: es un desafío que empieza cada mañana con una pregunta simple y compleja a la vez: ¿qué vas a escribir hoy en la libreta?

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en Nueva Longevidad. Es autora de “La Revolución de las Viejas”.

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