28 de abril de 2026
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Elon Musk y el postcapitalismo

Lo sensato no es ignorar a Elon Musk. Su manera de pensar y su propensión a arriesgar recursos en proyectos generan ideas provocadoras, aunque no por ello representa verdades absolutas ni predicciones infalibles.

Musk plantea un reto que aún no ha sido suficientemente atendido por académicos, líderes u organizaciones: diseñar alternativas plausibles para un posible sistema postcapitalista que surja si la inteligencia artificial, combinada con capacidades humanas, genera abundancia y pone en cuestión las leyes de la escasez y los modelos de mercado tal como los conocemos.

Recientemente sostuvo que una economía impulsada por IA podría hacer innecesario que todas las personas trabajen; incluso que no habrá trabajo para todos. En ese escenario, correspondería al Estado distribuir la abundancia, y la emisión monetaria no generaría la presión inflacionaria tradicional, dado un suministro potencialmente ilimitado de bienes y servicios. Es una propuesta provocadora que obliga a priorizar problemas y a debatir nuevas prioridades públicas.

Aunque hoy existen múltiples problemas urgentes, la hipótesis de Musk obliga a plantear preguntas esenciales: ¿podemos diseñar sistemas económicos y sociales justos y viables ante un escenario de abundancia disruptiva? ¿Es compatible imaginar alternativas postcapitalistas sin sacrificar la libertad empresarial y la creación de valor? ¿Podemos concebir sociedades en las que el trabajo humano deje de ser la principal vía de acceso al ingreso, la identidad y la participación ciudadana? Evitar estas cuestiones sería imprudente, pues se trata de uno de los futuros plausibles.

El capitalismo, con sus variantes regionales, ha contribuido significativamente al aumento del bienestar y las oportunidades, aunque también dejó como asignatura pendiente el crecimiento de las desigualdades en las últimas décadas. No es irrelevante preguntarse cómo el capital y la iniciativa privada impulsaron creación de valor, empleo y progreso, y cómo marcos institucionales adecuados potenciaron esos resultados.

Ese sistema sigue funcionando mientras la economía gire en torno a productividad, empleo, salarios, consumo y crecimiento. Con instituciones eficaces, la innovación mejora la productividad, impulsa la producción y los salarios, reduce precios y estimula la demanda y el empleo: un ciclo que históricamente promovió el progreso.

Sin embargo, es necesario considerar que esta dinámica podría cambiar de forma abrupta. La inteligencia artificial introduce un nuevo factor: tecnologías capaces de producir bienes y servicios con distintos grados de autonomía y supervisión humana, extendiéndose a muchas industrias y profesiones. Más adelante podrían sumarse desarrollos como la robótica avanzada o una IA de carácter general.

Para explorar este escenario con rigor y sin caer en visiones apocalípticas ni utopías automáticas, conviene ampliar el análisis hacia cómo podrían organizarse la predistribución, la distribución y la redistribución en economías marcadas por la abundancia —mecanismos que el capitalismo moderno resolvió en distintos grados.

La predistribución incluye medidas institucionales que, manteniendo libertades y propiedad, evitan una concentración excesiva de la riqueza que limite oportunidades. En un futuro de abundancia, será crucial diseñar participación ciudadana desde el origen: fondos soberanos vinculados a la IA, reparto de rentas generadas por la automatización, acceso universal a recursos computacionales, educación continua financiada por nuevos mecanismos, y formas de propiedad cooperativa o comunitaria sobre plataformas tecnológicas, entre otras ideas por prototipar.

En cuanto a la distribución, en una economía abundante es posible que variables clásicas como crecimiento, productividad y salarios dejen de ser los únicos motores. Probablemente surja una mezcla de modelos: empresas basadas en infraestructura de IA, servicios públicos universales de alta calidad, mayor trabajo independiente y flexible sin salarios tradicionales, ingresos universales viablemente financiados y compensaciones por contribuciones sociales novedosas —cuidado, mentoría, aprendizaje comunitario, regeneración ambiental o creación cultural—.

La redistribución también deberá reinventarse, porque la abundancia no eliminará todas las escaseces: tierra, vivienda, energía, atención humana, prestigio, poder político, infraestructura o datos seguirán siendo limitados. Serán necesarias nuevas herramientas, como impuestos a rentas extraordinarias por automatización, reglas antimonopolio actualizadas, financiamiento de bienes públicos, fondos de transición laboral y territorial, e impuestos por uso intensivo de recursos y energía.

En resumen, con o sin confianza plena en las predicciones de Musk, es nuestra responsabilidad pensar modelos plausibles para gestionar una posible abundancia impulsada por la IA. Una “economía de la sabiduría” sobre IA no llega por sí sola: requiere construcción institucional, cultural y política. La IA puede reducir costos y automatizar tareas, pero no decide por sí misma qué es progreso ni cómo repartir dignidad y poder. La discusión urgente no es simplemente cómo reemplazar el trabajo, sino cómo rediseñar la sociedad cuando el empleo deje de ser suficiente para distribuir ingresos, identidad y futuro.

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