La muerte de Ali Khamenei durante el primer ataque coordinado contra Teherán puso fin al liderazgo clerical tradicional en Irán y permitió que los comandantes de la Guardia Revolucionaria asumieran el control efectivo del país.
Mojtaba Khamenei, hijo del fallecido líder, resultó gravemente herido y asumió un título formal de jefe, pero carece de capacidad operativa real y su papel se limita a respaldar decisiones tomadas por el círculo militar más cercano.
Tras ese cambio, la dirección política y militar se concentró en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional y en la cúpula de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), que pasaron a encabezar la conducción de la guerra y de la política interna.
Debido a sus heridas, Mojtaba no puede aparecer en público y mantiene contacto principalmente a través de colaboradores militares; la toma de decisiones efectiva recae en ese núcleo cerrado, que define la estrategia frente a Estados Unidos e Israel y orienta las políticas nacionales.
La nueva estructura de mando colectiva sustituye al antiguo sistema centrado en un único líder religioso. La interlocución internacional y las negociaciones quedaron en manos de figuras como el ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, y del comandante del IRGC, Ahmad Vahidi, señalado como referente clave en decisiones importantes.
Además, el presidente del Parlamento, Mohammed Baqer Qalibaf, excomandante de la Guardia, actúa como enlace entre los ámbitos político y militar.
La presión derivada de la guerra impulsó la concentración del poder en un círculo reducido y de línea dura, mientras que Mojtaba fue relegado a un papel más simbólico para legitimar las acciones del nuevo liderazgo.
La fragmentación del mando ha ralentizado la capacidad de respuesta del régimen: “No existe una única estructura de mando decisoria”, afirmó a Reuters un alto funcionario paquistaní involucrado en la mediación de las conversaciones de paz.
La última propuesta de Teherán a Washington postergó el tratamiento de la cuestión nuclear, mientras que Estados Unidos insiste en que ese tema se aborde desde el inicio de las negociaciones.
En el ámbito interno, el predominio de la Guardia Revolucionaria se tradujo en una política exterior más agresiva y en una intensificación de la represión interna.
Voceros radicales como el exnegociador nuclear Saeed Jalili ganaron visibilidad con discursos intransigentes, aunque sin suficiente peso institucional para cambiar el rumbo. El ascenso de Mojtaba fue respaldado por la Guardia, que desplazó a sectores pragmáticos e impuso una agenda más dura, consolidando su dominio en múltiples niveles del Estado.
El conflicto provocó un impacto severo en la economía iraní: los precios de alimentos básicos se dispararon, con aumentos del 75% en pollo, 68% en carne y 50% en productos lácteos, mientras que el bloqueo estadounidense de los puertos frenó las exportaciones de petróleo, la principal fuente de divisas.
El viceministro de Trabajo, Gholamhossein Mohammadi, informó que al menos un millón de empleos se perdieron de forma directa, y el economista Hadi Kahalzadeh advirtió que la ola de despidos podría afectar hasta 12 millones de puestos de trabajo.
Sectores tradicionales, como la industria de alfombras de Kashan, quedaron paralizados en gran medida: el 80% de los fabricantes detuvieron su actividad y los costos de materias primas subieron hasta un 50%.
El régimen anunció un refuerzo del seguro de desempleo, pero la caída de las exportaciones —que en 2025 sumaron 98.000 millones de dólares, casi la mitad procedente del petróleo— aumenta la presión sobre el sistema de seguridad social.
(Con información de Reuters y AP)

