La historia está llena de relatos sobre “el hombre detrás del hombre”, la figura que maneja los hilos y observa cómo todo ocurre. Aunque El mago del Kremlin, dirigida por Olivier Assayas, comienza aclarando que es “una obra de ficción con intenciones artísticas”, la película toma elementos de la vida real de Vladislav Surkov, un político y empresario ruso que fue estrecho colaborador de Vladimir Putin hasta su salida en 2020. Surkov ha sido descrito tanto como una eminencia gris en el Kremlin como un experto en manipulación mediática.
En la película ese personaje se llama Vadim Baranov (Paul Dano), un hombre de temperamento afable con interés por el arte y la literatura. La historia se presenta a través de Lawrence Rowland (Jeffrey Wright), un periodista y estudioso estadounidense que ha escrito sobre Baranov en Foreign Affairs: “Vadim Baranov y la invención de la democracia falsa”. En Moscú, Rowland mantiene intercambios en redes sociales con una persona anónima sobre la novela Nosotros de Yevgueni Zamiatin; al aceptar una reunión en la casa de campo de su interlocutor, descubre que se trata de Baranov.
A partir de ese encuentro, la película adopta la forma de una historia dentro de otra: Baranov guía a Rowland por su vida, corrigiendo y matizando las afirmaciones del artículo mientras parece buscar respuestas que ni siquiera él mismo tiene claras.
El relato arranca en los años de estudiante de Baranov, a comienzos de los 90, en la “nueva Rusia” que surgió tras el colapso soviético. Aquella época de libertad y dinero fácil se describe como un tiempo de experimentación y exceso. Baranov, joven teatrero y luego director, comparte una vida artística con su novia Ksenia (Alicia Vikander). La entrada en escena de Dmitri Sidorov (Tom Sturridge), un empresario vulgar pero carismático vinculado a la banca comercial, cambia la dinámica: primero trae brillo y después desencanto.
Baranov termina trabajando en programas de telerrealidad de calidad cuestionable, y es en ese tránsito donde la trama conecta con hechos históricos: la película recorre la transformación de la Rusia postsoviética, el ascenso de la oligarquía y la llegada al poder de Vladimir Putin (interpretado por Jude Law) —un exagente de la KGB que prioriza el control—. Los oligarcas que ayudaron a que Putin sucediera a Borís Yeltsin pronto descubren que no será su títere. “Lo que me interesa es devolverle la integridad a la Federación Rusa”, le dice Putin a Baranov, planteando la consolidación del poder como objetivo.
El talento de Baranov para construir relatos resulta útil al nuevo proyecto de Estado. Con cada paso, su idealismo se erosiona y adopta una visión más nihilista: la verdad pasa a depender de lo que él decida. Su experiencia en teatro y televisión le permite manipular el espacio público, no solo representando la realidad sino manufacturándola. Por ello es apodado, en el filme, como una suerte de Rasputín moderno.
La película, hablada en inglés pese a estar ambientada en Rusia, parece pensada para audiencias internacionales. Con una duración de 136 minutos avanza con rapidez para cubrir periodos amplios, lo que produce un efecto dramático donde figuras políticas como Putin aparecen a veces como personajes escénicos en arcos narrativos amplios.
Ese enfoque puede simplificar rasgos personales, pero también ayuda a entender motivaciones: el autoritarismo aquí no se presenta movido principalmente por la codicia, como los oligarcas, sino por el deseo de poder. La construcción de una imagen de fuerza y la propaganda se muestran como herramientas orientadas a consolidar ese poder.
Baranov funciona como cifrado de esa capacidad de moldear opiniones; la película ofrece un vistazo tras el telón que resulta a la vez esclarecedor y inquietante: en una era donde la verdad puede ser fabricada, quienes controlan esa fabricación tienen gran influencia sobre la realidad social. Sin embargo, la trama también recuerda que esos mismos artífices pueden ser desechados cuando dejan de ser útiles, dejando en el aire la pregunta sobre el sentido final de su obra.
Fuente: The New York Times

