18 de mayo de 2026
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Científicos de EE. UU. y Canadá alertan sobre riesgos de mezclar cannabis y tabaco

La psicosis es un trastorno mental en el que una persona pierde el contacto con la realidad y puede presentar alucinaciones, delirios o pensamiento desorganizado.

Investigadores de Estados Unidos y Canadá hallaron que el consumo combinado de cannabis y tabaco casi triplica el riesgo de desarrollar psicosis en jóvenes que ya muestran signos prodrómicos, especialmente cuando el uso de cannabis es frecuente. El estudio se publicó en la revista Nature Mental Health.

El resultado sugiere que el co-uso de ambas sustancias es más peligroso que el consumo aislado de cada una y que el mayor riesgo aparece en una etapa en la que aún es posible intervenir para prevenir la aparición de la psicosis. Para comprender la relevancia de este hallazgo conviene revisar lo que se sabía hasta ahora.

Dos sustancias, un vacío en la ciencia

El cannabis y el tabaco son las sustancias más frecuentes entre personas con psicosis; ambas se asocian con comorbilidades médicas graves y con un peor pronóstico. Su consumo suele iniciarse en la adolescencia, antes de la aparición de la psicosis.

Las personas con riesgo clínico elevado de psicosis tienden a fumar más que quienes no presentan ese riesgo, y el uso de cannabis se asocia con un inicio de la esquizofrenia uno o dos años antes que en quienes no lo consumen.

A pesar de esto, la investigación previa había evaluado principalmente los efectos de cada sustancia por separado, sin considerar que muchos jóvenes las consumen conjuntamente.

El co-uso ha aumentado en la población general y, entre quienes tienen un primer episodio psicótico, se asocia con un inicio más temprano de la enfermedad y con un cuadro sintomático más severo.

Seguir a mil jóvenes para encontrar una respuesta

Los autores analizaron datos de 1.012 participantes del Estudio Longitudinal Norteamericano del Pródromo 2 (NAPLS2), un seguimiento prospectivo realizado en ocho ciudades de Estados Unidos y Canadá. De ese total, 734 tenían riesgo clínico elevado de psicosis y 278 eran controles sanos.

Los participantes fueron evaluados al inicio del estudio y luego cada seis meses durante hasta dos años, o hasta que se produjera una conversión a psicosis. Para este análisis se usaron únicamente los datos de la evaluación basal.

Según el consumo en el último mes, los investigadores clasificaron a los participantes en cinco grupos: solo tabaco, solo cannabis, ambas sustancias, otras sustancias sin tabaco ni cannabis, y ninguna sustancia. Los controles sanos, con consumo mínimo, se consideraron un grupo de referencia.

Para estimar el riesgo de conversión a psicosis se emplearon modelos de supervivencia que calculan el tiempo hasta el evento (o su ausencia). Los modelos se ajustaron por edad y sexo, lo que permitió comparar el riesgo entre los distintos grupos de consumo.

El hallazgo que cambia cómo mirar el riesgo

Primero, los investigadores observaron que a mayor frecuencia de consumo de cannabis o tabaco por separado, más severos eran los síntomas psiquiátricos: más ansiedad, más depresión y más señales prodrómicas.

Entre los jóvenes con riesgo elevado, el perfil sintomático no difería notablemente según consumieran una o dos sustancias; es decir, la co-ocurrencia no mostró un aumento inmediato de gravedad clínica en las mediciones sintomáticas.

Sin embargo, al analizar quiénes finalmente desarrollaron psicosis, la combinación de consumo intenso de cannabis con consumo incluso leve de tabaco aumentó el riesgo a casi el triple en comparación con quienes no consumían ninguna sustancia.

Los autores propusieron que el tabaco podría amplificar los efectos del cannabis: la nicotina podría aumentar la absorción de THC y potenciar su impacto sobre el cerebro.

El cannabis se presentó como el principal factor de riesgo modificable; su consumo frecuente predijo la conversión a psicosis de manera independiente, aunque esa asociación se atenúa al controlar estadísticamente la influencia del tabaco.

El período prodrómico es una ventana de intervención. Si reducir el co-uso en esa etapa disminuye la probabilidad de conversión, las implicancias para la salud pública serían inmediatas y significativas, señalaron los investigadores liderados por Heather Burrell Ward.

Los autores reconocieron limitaciones: los datos se recogieron entre 2009 y 2013, antes de la legalización del cannabis en varios lugares, antes del auge del vapeo y con niveles de THC generalmente menores que los actuales. Además, el diseño observacional no permite establecer causalidad; factores como vulnerabilidad genética o experiencias adversas en la infancia podrían explicar parte de la asociación.

Por eso, pidieron replicar el estudio con datos más recientes que incorporen nuevas formas de consumo y las concentraciones actuales de THC para determinar si el riesgo observado se mantiene o ha aumentado.

Dos sustancias, un cerebro en formación y una trampa

En conversación con Infobae, la psiquiatra Marcela Waisman Campos, directora médica del Centro Neomed y docente de neurosicofarmacología en la Universidad Favaloro, destacó que el estudio pone el foco en una combinación poco estudiada hasta ahora.

“No es lo mismo consumir ambas sustancias el mismo día, en días distintos o al mismo tiempo. Esa diferencia es importante”, señaló.

La especialista explicó que el tabaco suele funcionar como puerta de entrada al consumo en adolescentes, tras el uso de bebidas energéticas.

“La nicotina altera la poda sináptica y puede interferir en el desarrollo cerebral, en un momento en que algunos circuitos deben fortalecerse y otros eliminarse”, advirtió.

Según Waisman Campos, cuando un joven usa un estimulante de forma sostenida tiende a buscar un depresor para mitigar el malestar, y en ese contexto a menudo se incorpora la marihuana. El cannabis puede perjudicar la función cognitiva rápidamente, mientras que el tabaco al principio puede dar la impresión de mejorarla; juntos, actúan como estimulante y depresor que se compensan mutuamente.

“Es similar a la combinación de tabaco y alcohol: durante un tiempo parecen minimizar los efectos adversos del otro”, explicó. Esa dinámica suele conducir a un aumento del consumo y a una adicción más intensa cuando ambas sustancias se usan de forma conjunta.

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