2 de junio de 2026
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La curiosidad humana en la era digital

Simon Rogers sostiene en What We Ask Google que dos décadas de búsquedas en Google ofrecen un retrato de la curiosidad humana, aunque la valoración del libro está marcada por una mirada optimista que apenas aborda cómo la revolución de la inteligencia artificial ha cambiado los hábitos de búsqueda y la forma en que la plataforma presenta hoy sus resultados.

Ese enfoque convive con hallazgos concretos extraídos de Google Trends, la herramienta que desde 2006 permite ordenar consultas anónimas registradas desde 2004, cuando los teléfonos inteligentes no dominaban el mercado y menos de la mitad de los hogares del Reino Unido tenía acceso a internet.

Rogers, ex periodista de The Guardian radicado en California y contratado por Google en 2015 tras trabajar como editor de datos en Twitter, interpreta esas consultas como un espejo social. En el libro afirma: “Si te importa lo suficiente como para buscar algo, eso tiene que significar algo, aunque esa preocupación solo dure lo que tarda en formularse la consulta”.

Las preguntas sobre crianza ocupan un lugar central: “¿Por qué los bebés tienen hipo?”, “¿Cuándo les salen los dientes?”, “¿Por qué los niños pequeños muerden?”, “¿Cómo sabes si tu hijo tiene TDAH?” o “¿Cómo contarles a los niños sobre el divorcio?”. Rogers sostiene que ese conjunto de búsquedas dibuja una imagen “sorprendentemente esperanzadora de la humanidad”, que funciona como subtítulo del libro.

La compilación, organizada en capítulos temáticos e intercalada con elementos autobiográficos, listas y gráficos, va de lo trivial a lo conmovedor. Por ejemplo, “cómo doblar un burrito” fue casi siempre más buscado que “cómo doblar pantalones”, salvo en 2019, cuando la popularidad de un programa de Marie Kondo en Netflix alteró temporalmente esa tendencia.

Otras tendencias resultan difíciles de explicar: el texto señala que Austria, Nigeria y Canadá figuran entre los países que más consultan sobre dolor de espalda nocturno; en Kansas la duda ortográfica más repetida es cómo escribir “chaos” y en Misuri la palabra que genera más confusión es “unconscious”.

Cuando es posible, Rogers ofrece contexto para estos desvíos estadísticos. En el capítulo sobre crianza destaca que a comienzos de 2023 las búsquedas por “cuidar a los padres” superaron a las de “cuidar a los hijos”, un dato que interpreta como síntoma de la presión demográfica sobre la llamada generación sándwich, que atiende simultáneamente a hijos pequeños y padres mayores.

El libro también muestra cómo la geografía de un suceso puede reflejarse en las búsquedas: en Estados Unidos la estrecha trayectoria del eclipse solar de 2024 coincidió con regiones donde ese mismo día aumentaron las consultas que incluían “ojos” y “duele”, una señal de cómo un evento físico puede dejar huella casi en tiempo real en las preguntas de los usuarios.

La objeción principal no es a los datos reunidos, sino al marco interpretativo. La obra ofrece una visión amable del papel de internet y de Google, escrita desde la perspectiva de alguien que trabaja en la empresa, lo que condiciona sus conclusiones.

Esa limitación resulta más evidente en un momento en que la inteligencia artificial ha alterado tanto los hábitos de búsqueda como la manera en que Google presenta respuestas. El libro apenas insinúa el papel de las grandes tecnológicas en la expansión de ansiedades relacionadas con la crianza, a pesar de dedicar bastante espacio a ese tema.

La omisión alcanza además la dimensión política: no desarrolla la relación con figuras como Donald Trump ni examina la cercanía entre directivos de Silicon Valley y el presidente, y tampoco analiza con profundidad los impulsos más oscuros que podrían revelarse en décadas de historiales de búsqueda.

Un ejemplo de esa lectura benevolente aparece cuando Rogers interpreta la persistencia de la búsqueda “¿Con qué frecuencia se puede donar plasma?” como señal de la voluntad de ayudar a desconocidos. Esa misma consulta puede leerse, alternativamente, como reflejo de las desigualdades del sistema sanitario estadounidense, donde los centros de donación remunerada suelen concentrarse en zonas empobrecidas.

En conjunto, el libro ofrece una ventana entretenida pero selectiva sobre la curiosidad colectiva. Entre los términos que suben en los rankings figura “dead butt”, o amnesia glútea, que se describe como síntoma de estilos de vida cada vez más sedentarios.

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