Laura Devetach está por cumplir 90 años y continúa escribiendo para niños, tomando apuntes en papelitos y libretas, observando la realidad con sensibilidad y agudeza. Esa mirada, forjada también por su labor como docente, la llevó a crear la novela Run Run, cuyo foco son las personas que viven en la calle y los cartoneros, a menudo invisibilizados.
La breve novela, ambientada en el barrio de Once —donde ella vive desde hace mucho— sigue a Run Run, una niña que, junto a su hermano mayor, El Grande, llena su carro con papeles para ayudar a su madre a llevar el pan a la mesa. En su rutina se cruzan con otros cartoneros, cuadrillas de trabajo, un quiosquero y un anciano con su perro, entre otros personajes de la calle.
Tras un accidente que hace que se les salga una rueda, Run Run recuerda a don Efraín, el anciano del perro, que atesora objetos en su “palacete ambulante” y quizá pueda ayudarlos. Con imágenes poéticas, Devetach construye una historia donde, sin romantizar la precariedad, hay lugar para la empatía, la solidaridad y el respeto; Run Run mantiene su inocencia, curiosidad y temores, y don Efraín resulta ser más que un hombre que habla solo.
Laura Devetach recibió a Infobae Cultura en su casa y conversó con amabilidad sobre la novela, su proceso creativo y su interés por las infancias y los libros.
—¿Cómo nace la historia, cuál fue la motivación para escribir esta novela?
—La motivación viene de lejos: guarda muchas ideas en papelitos y, con el tiempo, algunas cobran fuerza. Run Run fue una historia que fue creciendo a partir de las observaciones diarias en la calle; ver a los cartoneros sin conocer los detalles de sus vidas la impulsó a imaginar y desarrollar a los personajes.
—La historia, que sucede en Once, ¿es un homenaje al barrio o lo eligió por algo en particular?
—Es un homenaje a la gente con la que se cruza cada día. Vive en Once desde hace mucho y reconoce a quienes pasan en determinados horarios: vienen a juntar cosas o realizan actividades que ella no siempre alcanza a conocer en profundidad.
—Es una historia inédita en la literatura infantil e incluso son personajes que muchas veces están invisibilizados.
—Siempre le interesaron esos mundos. Ella imagina historias aun sin escribirlas; un día decidió ponerse a hacerlo. Suele tardar: anota ideas y sensaciones en papelitos relacionados con el tema.
—Y en algún momento…
—Los va organizando como piezas de un rompecabezas hasta que las ideas se ordenan y la historia toma forma.
—La novela cuenta con muchas capas: están los cartoneros, don Efraín, una familia en situación compleja, hay empatía y esperanza… Pero situándonos en la niña en particular, ¿por qué la eligió como personaje central?
—Siempre fue muy aficionada a los niños. Para ella es fundamental darles lo que necesitan en la infancia para que, de adultos, sean buenas personas. Fue docente durante mucho tiempo y consideró la escritura como otra vía para influir en los chicos. Aunque no fue una niña de la calle, la lectura la ayudó mucho en su vida y valora su poder formativo.
—Y en este momento en el que los chicos y chicas están tan cooptados por la tecnología, ¿cómo se hace para atraerlos?
—La lectura siempre ha tenido competencia con otras formas de entretenimiento: primero el cine, después la televisión, y ahora la tecnología. No se trata de imponer, sino de acercar libros que los hagan felices, les permitan aprender y crecer. Los adultos son mediadores y si no toman conciencia de ese rol, es difícil que los chicos lean.
—¿Nos retroalimentamos?
—Exacto. Necesita a la gente joven; no se puede prescindir de niños y adolescentes. La interacción con ellos es necesaria para ambos.
—En este contexto de revolución tecnológica, con el auge de la inteligencia artificial ¿cómo se puede lidiar con eso?
—La tecnología compite con la cultura y forma parte de un aprendizaje colectivo. No la niega, pero considera importante que los chicos la conozcan y la experimenten sin perder el espacio de lo humano y de las cosas esenciales para el aprendizaje profundo.
—La novela deja bastantes preguntas ¿espera algo del lector?
—No piensa en preguntas concretas; como lectora y escritora sabe que una obra plantea interrogantes. Ella modela personajes y les da vida, pero no puede decir qué les ocurrirá después. Si el entorno —familia, escuela— ofrece herramientas, el niño puede desarrollarse por caminos diversos; también reconoce que hay circunstancias muy adversas que dificultan un futuro claro.
—¿Quiénes no pueden salir adelante, usted cree que es por el contexto o porque no tienen las herramientas?
—Todo empieza por lo social y lo político: esas condiciones determinan si una persona puede prosperar. A veces no se ofrecen los medios, o no se pueden absorber por distintos motivos. La formación es colectiva: nos educamos mutuamente; no solo la escuela. Los adultos en general deben observar y acompañar a los chicos. No tolera que alguien se porte mal con un niño en la calle.
—¿Considera a la literatura infantil y juvenil hoy como un espacio de resistencia?
—Sí, aunque en ese campo hay de todo: existe un pequeño ejército de autores esperanzados que buscan decir algo importante, hay obras valiosas y otras menos logradas. La sociedad mezcla ideales, comercio y distintas motivaciones, y cada obra refleja una postura u objetivo.
—¿Escribe todos los días?
—No, es bastante irregular. Para ella escribir significa ordenar y hilvanar ideas ya anotadas; trabaja por temporadas. En el último año publicó cuatro libros, algo inusual porque suele demorarse más.
—Con sus papelitos, alguna idea sale.
—Siempre lleva libretas y papelitos que a veces se pierden; los vuelve a escribir y al reescribir encuentra sentido y mejoras. Ese proceso la beneficia como escritora y le permite ajustar lo que quiere decir.


