En octubre de 2008, Colin Powell, entonces exsecretario de Estado, subió al escenario del Royal Albert Hall de Londres y bailó mientras el músico nigeriano Olu Maintain interpretaba “Yahooze”, una canción que celebra a los estafadores de Lagos.
Es posible que Powell no comprendiera que los llamados “Yahoo boys” se dedican a estafar a extranjeros por internet (el nombre alude a direcciones en yahoo.com); también influyó que gran parte de la canción esté en yoruba. Aun así, su baile fue quizá el momento de mayor exposición pública para estos estafadores.
El fenómeno de estafas internacionales desde Lagos tiene antecedentes al menos desde la década de 1940, cuando un cable diplomático estadounidense advertía de un joven que fingía ser “Príncipe Bil Morrison” para pedir dinero. Sin embargo, las estafas se multiplicaron cuando sectores muy pobres de Lagos accedieron a internet y contactaron a occidentales solitarios.
El periodista Carlos Barragán aborda esta historia en su libro debut, The Yahoo Boys, donde humaniza tanto a los perpetradores como a sus víctimas. Barragán, reportero e investigador de The New York Times, sigue a cuatro estafadores sentimentales para mostrar cómo ambos grupos comparten un mismo aislamiento en la era digital.
“Vivimos en un mundo que mercantiliza la conexión humana”, escribe Barragán, y señala que no solo los estafadores se benefician de la soledad que impulsa estas prácticas.
El interés de Barragán por el tema surgió cuando su propia madre fue seducida por un perfil falso en Tinder que decía ser un militar estadounidense. Tras intervenir, viajó a Lagos para intentar encontrar al hombre que había engañado a su madre.
En Ikotun, Barragán no halló una red criminal sofisticada, sino jóvenes que, adictos a metanfetamina y marihuana, seguían guiones repetidos para obtener tarjetas de regalo de Amazon y bitcoins de sus víctimas. “La mayoría de estos hombres no eran grandes manipuladores”, escribe; respondían a carencias emocionales mediante rutinas recicladas.
Al igual que en Empire of AI de Karen Hao —que muestra cómo la industria tecnológica se apoya en condiciones laborales precarias en países pobres—, The Yahoo Boys desarma la idea de la tecnología como sinónimo de progreso inevitable. Lo que Barragán encontró no fue una superinteligencia, sino adolescentes vulnerables atrapados en una economía digital precaria.
El libro no exime a los Yahoo boys de culpa, pero tampoco los presenta como los únicos responsables: Barragán atribuye parte del problema a la historia de saqueo y mala gestión, primero colonial y luego por elites locales, que ha dejado a muchos nigerianos en condiciones de subsistencia.
Asimismo, critica a las empresas tecnológicas por haber creado “jaulas de aislamiento” que monetizan la atención y la soledad. Citando al filósofo Kostas Axelos, señala que los tecnólogos transforman el mundo con una cierta indiferencia; los Yahoo boys explotan esa infraestructura indiferente, aprovechando plataformas y sistemas de pago que no protegen a las víctimas.
En un capítulo, Barragán entrevista a una víctima rural en Estados Unidos cuya vida quedó devastada por un estafador. Ella describe la “ventana de cinco segundos”: la necesidad de ser vista por otro ser humano, aunque solo sea por un momento, que la atrapó. Otra víctima la califica como “el delito más triste del mundo”.
Los personajes que presenta Barragán son vívidos y complejos, capaces de generar simpatía pero también de mostrar crueldad. Entre ellos aparece Miracle, una “Yahoo girl”. Barragán encontró pocas mujeres estafadoras porque, según él, eran más discretas y calculadoras, y en algunos casos más efectivas que los hombres.
La historia de Miracle incluye explotación sexual y violencia; sin embargo, antes de que el lector se quede solo con la compasión, Barragán revela que ella también es extremadamente eficaz y despiadada: ha desarrollado una estafa basada en adopciones.
Al final, Miracle lo estafa con el dinero de un taxi y luego evita la entrevista, lo que obliga a Barragán a reconocer la tensión entre su posición acomodada como periodista y la realidad de las personas que provienen de la pobreza. “Fuimos como cualquier otra víctima”, escribe; esperaron a alguien que nunca llegó.
Fuente: The New York Times


