Irán inició los mayores funerales de su historia para despedir al líder supremo, el ayatollah Ali Khamenei, fallecido a los 86 años durante la reciente guerra en Medio Oriente. Desde la tarde del viernes, Teherán se ha llenado de pancartas que llaman a respaldar a la República Islámica y a mantener la unidad nacional en un contexto de alta tensión.
El féretro de Khamenei, cubierto con la bandera nacional y un turbante negro —símbolo de los descendientes de Mahoma—, fue expuesto en la Gran Mosalla de Teherán junto a los de familiares que también murieron en el ataque aéreo israelí del 28 de febrero. Entre ellos figuraban su yerno, su hija mayor, una nieta de 14 meses y la esposa del nuevo líder supremo, el ayatollah Mojtaba Khamenei, quien, según informes, permanece ausente de la vida pública tras resultar herida.
Cientos de altos cargos iraníes y delegaciones extranjeras desfilaron ante el féretro para rendir homenaje. Asistieron mandatarios y representantes de países como Pakistán, Armenia, Irak, Tayikistán, Georgia, Rusia, China, Siria, Líbano, Afganistán y Marruecos.
La presencia internacional, aunque notable, fue menor que la registrada en los funerales del expresidente Ebrahim Raisi en 2024, lo que se interpreta como una señal de las tensiones generadas por la guerra.
Durante la ceremonia, autoridades como el presidente Masud Pezeshkian, el presidente del Parlamento Mohammad Bagher Qalibaf y el ministro de Relaciones Exteriores Abbas Araghchi presentaron sus respetos.
Los líderes militares renovaron su lealtad a la Revolución Islámica; el general Amir Hatami afirmó que el país “vengará la sangre del líder mártir”. El comandante de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi, apareció públicamente por primera vez en meses, subrayando la relevancia del momento para el régimen.
El funeral se prolongará seis días y recorrerá ciudades clave en Irán e Irak, incluidas Qom y Mashad, donde Khamenei será enterrado en el mausoleo del imán Reza. Las autoridades estiman la participación en Teherán en alrededor de 20 millones de personas, cifra que, de materializarse, superaría la asistencia al funeral de Ruhollah Jomeini en 1989.
Con fuertes medidas de seguridad, la capital está sujeta a controles estrictos, con restricciones en los vuelos y un amplio perímetro de seguridad alrededor de la Mosalla. Los actos buscan proyectar una imagen de unidad y apoyo popular a la República Islámica, reforzada por el lema “debemos levantarnos” en carteles y pancartas.
A pesar de la movilización oficial, amplios sectores de la población expresan descontento con el régimen y recuerdan la represión de las protestas de enero, que, según ONG extranjeras, dejaron más de 7.000 muertos. El anuncio de la muerte de Khamenei provocó celebraciones espontáneas en algunos barrios de Teherán con gritos de “Khamenei ha muerto”.

