5 de julio de 2026
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El vacío que los logros no llenaron

—¿Fue el partido más difícil de tu vida?

La pregunta del periodista me confrontó con algo conocido, aunque yo no lo tenía del todo claro.

Acababa de vencer en la final del mundial a Jahangir Khan, considerado el mejor jugador de squash de la historia. Su racha de invicto duró cinco años y medio: no perdió ni un solo partido. Pese a posibles enfermedades, lesiones o distracciones personales, siempre entró a la cancha y ganó. No existe otro deportista con un récord parecido. Y yo lo había derrotado.

Mi relación con mi hermano Brett siempre fue complicada. Él es dos años mayor y, desde que tengo memoria, mantuvimos una rivalidad silenciosa, incluso antes de que ambos jugáramos al squash.

Uno de mis primeros recuerdos de esa competencia es de cuando tenía ocho años. Al salir del colegio, Brett me desafió a una carrera hasta casa: quien llegara primero a la mesa se quedaba con el postre del otro. Confiado acepté, aunque, en retrospectiva, no fue una decisión sensata: la diferencia de edad lo hacía mucho más alto y fuerte.

Corrimos las cuatro cuadras hasta casa y Brett fue tomando ventaja; parecía que perdería el postre. Entonces se me ocurrió una idea atrevida. Normalmente entrábamos por la puerta de servicio porque la principal estaba cerrada. Como el comedor quedaba antes de esa puerta, con el impulso de la carrera me lancé contra una ventana, rompí el vidrio y conseguí sentarme antes que él.

Brett llegó por la puerta principal y me encontró sentado. Mi madre, alertada por el ruido, apareció y quedó paralizada. Tenía cortes y sangre, pero estaba en la silla y había ganado el postre. No me importó que luego tuviéramos que ir a urgencias y me pusieran doce puntos de sutura en el antebrazo.

No sé exactamente cuándo empezó esa locura entre nosotros. Es difícil identificar los momentos que definieron nuestra rivalidad. Tal vez influyera haber nacido segundo y que la atención familiar estuviera puesta en Brett.

Diversas experiencias fueron forjando un antagonismo discreto pero persistente. En el fondo yo deseaba recibir la misma atención y afecto que él recibía.

Brett siempre fue la gran esperanza de la familia. A él le compraban ropa nueva; yo heredaba lo que dejaba. Tenía un lugar destacado en las comidas y, en deportes, todo parecía destinado a apoyarlo. Mis padres admiraban su talento para el squash. Yo empecé a jugar más por necesidad que por vocación. La familia lo acompañaba a los partidos casi como una rutina, y mi hermana y yo no teníamos otra alternativa que estar allí. Entre aburrirme mirando torneos o intentar aprender el deporte, elegí lo segundo.

Acabo de ganar el campeonato mundial de squash, el deporte en el que Brett siempre destacó y que contaba con el apoyo familiar. Él está décimo en el ranking. Ahora, por primera vez, soy yo quien está en la cima.

—Sin duda, vencer en el campeonato mundial y hacerlo ante Jahangir Khan, el mejor de la historia, es extraordinario —respondí—. Pero, aunque fue un partido de enorme intensidad como vieron, no fue el más difícil de mi vida. Mis encuentros más complicados siempre han sido con mi hermano Brett. Con Jahangir sólo peleábamos por un título; con mi hermano se dirimen cosas mucho más profundas.

***

A menudo, alcanzar el éxito no cura las heridas; las hace más visibles.

Rara vez perseguimos objetivos por las razones que creemos: suelen existir causas subyacentes que realmente motivan nuestras acciones.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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