25 de julio de 2026
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Firmenich relata el inicio de su militancia y afirma que los volvieron subversivos sin violar la ley

Mario Eduardo Firmenich es uno de los nombres más controvertidos de la política argentina del siglo XX. Fundador y líder de Montoneros, la organización guerrillera peronista activa en los años setenta, fue condenado en 1986 a treinta años de prisión por homicidios y atentados y recibió el indulto de Carlos Menem en 1990. Actualmente tiene 78 años y divide su tiempo entre Vilanova i la Geltrú, donde se estableció tras el exilio, y Managua, donde asesora al gobierno de Daniel Ortega. Durante muchas décadas mantuvo un bajo perfil público.

Ahora publica sus memorias. Orígenes. Las raíces de nuestra militancia llegará a las librerías argentinas el 1° de agosto y propone una mirada sobre lo que Firmenich considera las raíces de su generación política: no tanto la lucha armada como los años previos, cuando jóvenes católicos universitarios realizaban misiones en el interior del país y se enfrentaban a una pobreza que no figuraba en los manuales.

El capítulo que reproducimos a continuación transcurre en Tartagal en 1966 y relata el encuentro con los hacheros tobas del monte santafesino: trabajadores sometidos a un sistema de deuda permanente que Firmenich compara, sin rodeos, con la dinámica de la deuda externa y la actuación del FMI.

“Orígenes”, por Mario Firmenich (Fragmento)

Los obreros del monte chaqueño eran conocidos como “hacheros” y la mayoría pertenecía a la etnia toba. Vivían en condiciones de extrema pobreza y eran explotados de manera muy distinta a los obreros industriales de los grandes centros urbanos de la segunda mitad del siglo XX.

Solían alojarse en campamentos dentro del terreno del patrón. Para hallar un quebracho usable debían internarse grandes distancias en la espesura. El trabajo, tanto para cortar y “pelar” un quebracho como para astillar madera para carbón, exigía un esfuerzo físico considerable.

El pago se realizaba por destajo, es decir, según la cantidad de madera cortada. La comida, la yerba y el tabaco debían comprarlos ellos mismos, y el único comercio accesible en medio del monte era “la provista”, un almacén general del patrón ubicado dentro del obraje.

El salario se liquidaba a fin de mes, pero los hacheros no disponían de ahorros para sostenerse hasta entonces. Por eso el obrajero les adelantaba parte del jornal mediante vales de papel en los que se anotaba un monto. Esos vales funcionaban como una moneda interna destinada a ser gastada en la provista. Los precios eran los habituales en situaciones de monopolio y explotación del consumidor.

Como resultado, al cierre del mes el valor de lo que habían consumido en la provista solía superar lo que habían ganado realmente. Esa diferencia los mantenía en deuda con el obrajero y obligados a permanecer en el puesto de trabajo. Al mes siguiente la situación se repetía.

El efecto era la creación de una deuda perpetua que atrapaba al hachero, obligándolo a trabajar intensamente por una retribución mínima. Firmenich señala la semejanza entre ese mecanismo y la dinámica de la deuda externa nacional y la intervención del FMI.

La solidaridad que considerábamos necesaria con estos trabajadores no era una cooperativa de trabajo ineficaz. Nuestra prioridad en la misión pasó a ser la organización de un sindicato de hacheros. Para ello requeríamos asistencia jurídica. Algunos compañeros santafesinos de la misión procedían de la ciudad de Reconquista y nos indicaron a un joven abogado que colaboraba con ellos. Así contactamos a Roberto Cirilo Perdía y lo convocamos a Tartagal en febrero de 1966.

También apoyaron la idea de crear el sindicato algunos religiosos belgas y franceses que vivían y trabajaban junto a los hacheros. Pertenecían a la comunidad de los Hermanos de Foucauld, orientada por el padre italiano Arturo Paoli, y desarrollaban tareas pastorales en la cuña boscosa santafesina, compartiendo la vida cotidiana de los trabajadores.

Recuerdo con claridad la presencia del padre Esteban: un belga de baja estatura y apariencia frágil que, con una sonrisa permanente, recorría leguas portando su hacha y realizando el mismo trabajo de cortar quebrachos y algarrobos para ganarse la vida.

Con la ayuda de la población local convocamos a los hacheros dispersos y logramos reunir una asamblea en la escuela de Tartagal. Asistieron más de cien trabajadores procedentes de distintos parajes.

En esa asamblea uno de los hacheros describió su situación con una frase que impactó a todos y que Carlos Mugica popularizaría: “Nosotros aquí somos la alpargata de los patrones”.

Tras la asamblea, los obrajeros denunciaron nuestra presencia a la guardia rural, una fuerza provincial especializada en la zona boscosa. La guardia cercó la escuela y nos mantuvo confinados, pese a que no infringíamos ninguna ley: éramos un grupo de católicos en misión que proponía crear un sindicato conforme a la legislación vigente.

En ese episodio se nos imputó subversión sin que existiera base legal para ello.

En esas circunstancias, un obrajero de Tartagal mandó a su hijo para informarnos que quería negociar. El joven llegó a la escuela montando un caballo de buena estampa y pidió que dos de nosotros lo visitaran. Fueron elegidos Marta, una compañera de Buenos Aires de origen árabe, y yo.

El obrajero—a quien en lenguaje coloquial se llamaba “turco”, término aplicado a descendientes de inmigrantes árabes—nos invitó a cenar. La mesa estaba dispuesta de manera formal; además del patriarca y su esposa estaban su hijo y una hija adolescente.

Con tono conciliador, el cabeza de familia ofreció una “solución” inmediata: proponía que Marta se casara con su hijo y que yo me casara con su hija.

Marta y yo intercambiamos una mirada rápida y, sin responder, concluimos la cena con cortesía y regresamos a la escuela, donde la situación provocó risas contenidas entre los demás.

Aunque no hubo ningún matrimonio ni acuerdo de ese estilo, alguien —no recuerdo quién— gestionó la retirada de la guardia rural y recuperamos la libertad de movimientos. Estábamos aún en un marco institucional con Arturo Illia como presidente.

Más allá de la anécdota, la realidad socioeconómica que describimos era mucho más dura que la pobreza de las villas de emergencia de Buenos Aires. Empecé a comprenderlo más profundamente en una conversación con una vecina de Tartagal.

En las visitas a las familias para ofrecer ayuda, una mujer me recibió y me hizo pasar; nos sentamos en el patio de tierra y conversamos largo rato.

Un niño de aproximadamente cinco o seis años se sentó descalzo frente a mí y permaneció inmóvil observando mis botas. Mientras yo llevaba borceguíes, él nunca habría tenido un calzado de cuero para internarse en el monte, donde abundan animales peligrosos. De niño estaría descalzo y, de adulto, sólo podría aspirar a unas alpargatas.

La expresión del niño ante mis zapatos transmitía la humillación cotidiana inculcada desde la infancia: la sensación de ser “la alpargata de los patrones”. Fue la primera vez que percibí mis propias botas como un privilegio insultante; experimenté una mezcla de dolor y vergüenza.

La mujer me explicó que su hijo mayor estaba en Buenos Aires, pero en una situación precaria: vivía en una villa de emergencia en Quilmes.

Todo aquello mostraba que nuestro compromiso cristiano con los más pobres estaba muy por detrás de lo que la situación exigía.

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