Tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el oeste de Colombia el lunes, las labores de búsqueda y rescate se reanudaron el martes en decenas de ciudades y localidades. Más de 3.000 personas figuran como desaparecidas y podrían estar atrapadas bajo los escombros. Bomberos, unidades de la Defensa Civil procedentes de distintas zonas y militares especializados trabajan de manera ininterrumpida con la esperanza de encontrar supervivientes.
Las autoridades han confirmado por ahora 224 fallecidos y estiman que alrededor de 1.600 edificios han resultado dañados o destruidos. Soldados, equipos de emergencia y vecinos colaboran en las labores de rescate, retirando cascotes a mano y formando cadenas humanas para mover grandes bloques de hormigón.
El presidente Abelardo De la Espriella se trasladó durante la noche del lunes a Quibdó, capital del departamento de Chocó, una de las zonas más afectadas. Desde allí anunció la movilización de “todo el aparato militar y policial”, con el envío de ingenieros, equipos de rescate y perros especializados en búsqueda de personas. Chocó, ubicada cerca del epicentro, es una de las regiones más pobres del país y enfrenta además la presencia de grupos armados. Su complicada orografía —con áreas accesibles solo por barco, a través de la selva o por vía aérea— dificulta las tareas de emergencia, por lo que todavía no se ha podido dimensionar con precisión el alcance de los daños. “Chocó no volverá a ser la tierra de los olvidados”, afirmó De la Espriella. El desastre representa la primera gran prueba para el presidente, que asumió el cargo el pasado viernes; su llegada ha generado polémica por su promesa de lanzar una “ofensiva total” contra los grupos criminales que operan en el país.

