Habían pasado cuatro días desde que había cumplido 34 años cuando, el 8 de diciembre de 2006, ocurrió la tragedia que terminó con la vida de Tamara Castro. La folclorista viajaba en una camioneta por la ruta provincial 13 rumbo a Chivilcoy junto a su agrupación. A eso de las 10:30, el conductor y esposo, Sergio Dorado, derramó el mate sobre su falda y terminó colisionando de frente con otro vehículo. Además de Tamara, fallecieron el chofer del otro auto y las tres pasajeras que iban con él.
Malena, la hija menor de la cantante, tenía dos años en ese momento y conserva pocos recuerdos de aquellos días. Tras el choque hubo gritos y confusión, y recuerda sobre todo la cara de miedo de su hermana mayor, Tais. Aun así, el legado artístico de Tamara permanece y Malena heredó la pasión por el canto.
—Imagino que estos deben ser días muy movilizantes para usted…
—Desde hace 19 años es un ritual familiar que vivimos todos juntos. Cada año es distinto: uno podría pensar que con el tiempo duele menos, pero para mí este aniversario fue especialmente movilizante ahora que tengo 21 años, casi 22, y he atravesado otras experiencias que cambian la forma en que lo siento.
—Habla de un ritual, ¿qué es lo que hacen?
—La recordamos con alegría, tal como creemos que a ella le gustaría. El dolor es inevitable porque querría pasar ese día con mi madre y no puedo, pero según cómo estemos emocionalmente —sobre todo por coincidir con las fiestas— lo vivimos de distintas formas. Con mi papá acordamos que cualquier forma de recordarla está bien: llorar, evocarla cantando o sentir nostalgia.
—¿Qué pasa con el público?
—Al ser mi madre tan conocida, recibo muchos mensajes de todo el país de gente que la recuerda o que comparte un sentimiento similar, y eso me ayuda. En su cumpleaños y en el aniversario de su muerte llegan saludos y muestras de afecto. Eso me sostiene mucho; por ejemplo, artistas como Yamila Cafrune tienen la delicadeza de llamarme en estas fechas, y lo valoro mucho.
—Usted encuentra contención en su padre, pero entiendo que para él que encima iba en ese auto debe ser muy complicado también…
—Sí. Él tuvo que aprender a sobrellevarlo de otra manera. Durante mi infancia, por ejemplo, disimulaba el dolor en esos días. Tras el accidente estuvo hospitalizado, con riesgo de perder un pie, y pidió salir para pasar las fiestas con nosotras. Siempre intentó que fechas como el 4 de diciembre —su cumpleaños— y el 8 pasaran sin convertirse en un martirio.
—¿Pero él estaba en pleno duelo?
—Por supuesto. Para él fue la pérdida del amor de su vida. Sin embargo, tuvo que ocultar su dolor, llorar a escondidas y seguir trabajando para salir adelante. Eso lo hace, para mí, una figura de heroísmo: sin haber hecho terapia, a pesar de la experiencia traumática, se esforzó por cuidarme y buscar que yo fuera feliz. Aun así, la extraña todos los días.
—Recién mencionó a su hermana, que pasó el resto de su infancia con su padre y la esposa de entonces de éste, Valeria Lynch. ¿Pudo volver a hablar con ella?
—Después de una nota que di con Infobae hace dos años, nos encontramos detrás del escenario en el homenaje a mi mamá en Brandsen, pero la reacción no fue la misma para ambas. Sentí mucha ansiedad al verla; la abracé esperando reciprocidad y ella me saludó con naturalidad, como si nos viéramos siempre. La situación, en público y rodeadas de gente, quedó incómoda; se pidió una foto y luego Tais se fue. Desde entonces no hubo más contacto ni una invitación a conversar en privado, y eso me dejó mal.
—¿Y cómo explica la reacción de Tais?
—La entiendo y espero que pueda sanar. Respeto que ella no quiera estar conmigo; habría que preguntarle qué sintió o si no sintió nada. No haber estado con mi hermana durante la infancia fue una pregunta que me perseguía, y cuando la vi ocurrió eso. Calculo que pudo haberse shockeado; su crianza fue distinta, marcada por soledad y una infancia muy mediática. Yo tuve afecto de mi familia, y ella vivió otras dificultades. Aun así, me gustaría hablar con ella; mientras tanto, he logrado sanar esa parte y hoy tengo otra hermana pequeña, Angelina, de la nueva pareja de mi padre, a la que quiero acompañar como la hermana mayor que no tuve.
—Por último, usted era muy chica cuando murió Tamara. ¿Qué recuerdos le vienen a la cabeza cuando piensa en ella?
—Esa es la diferencia con quienes perdieron a un ser querido siendo mayores: yo, por la edad, no conservo recuerdos tan vívidos. Tengo imágenes puntuales, como darle la teta o jugar con Tais, pero con los años algunas cosas se van desdibujando. Por eso recurro a archivos, entrevistas y grabaciones para verla y escucharla; era muy transparente y es gratificante oírla hablar. El duelo también está hecho de las experiencias que no pude vivir con ella.


