La exposición a luz artificial durante la noche emerge como un factor de riesgo relevante para la salud cardiovascular y metabólica, según investigaciones que evalúan cómo la iluminación eléctrica altera los ritmos biológicos humanos.
Un estudio publicado en octubre de 2025 y basado en datos del Biobanco del Reino Unido, citado por la revista Time, indica que la cantidad de luz recibida mientras se duerme puede tener efectos duraderos. Daniel Windred, investigador de la Universidad Flinders (Australia), afirmó que incluso ajustando por la duración del sueño, la exposición lumínica nocturna seguía siendo un predictor independiente de diversas enfermedades cardíacas.
El análisis de casi 90 000 personas, cuyos monitores registraron minuto a minuto la exposición a la luz, permitió identificar que quienes dormían en ambientes más iluminados presentaron un riesgo notablemente mayor de desarrollar enfermedades cardíacas, infartos, fibrilación auricular y accidentes cerebrovasculares dentro de la década siguiente.
Según Windred, el riesgo aumentaba con la intensidad de la exposición: el 10 % de individuos con noches más luminosas mostró un mayor riesgo de fibrilación auricular y accidente cerebrovascular. Estas asociaciones persistieron tras ajustar por factores como el índice de masa corporal, la prediabetes y otros indicadores de salud, con incrementos de riesgo en torno al 30–60 % según la afección.
La doctora Phyllis Zee, profesora de neurología en la Universidad Northwestern y experta en sueño y ritmos circadianos, confirmó hallazgos similares: estudios previos suyos en adultos mayores y mujeres embarazadas relacionaron la luz nocturna con mayor riesgo de obesidad, diabetes e hipertensión, y vincularon la exposición antes de dormir con mayor probabilidad de diabetes gestacional.
El mecanismo propuesto apunta a la alteración del reloj circadiano y a la supresión de melatonina. Angus Burns, investigador de la Facultad de Medicina de Harvard y autor del estudio, señaló que la luz nocturna artificial es órdenes de magnitud más intensa que fuentes naturales como la luna o una fogata, constituyendo una novedad evolutiva para la biología humana. Además, muchas personas reciben menos luz solar diurna de la necesaria, lo que agrava el desajuste circadiano.
En experimentos de laboratorio, Zee observó que dormir con una luz ambiental de alrededor de 100 lux —similar a un pasillo de hotel poco iluminado— elevaba la frecuencia cardíaca de los participantes y obligaba al páncreas a trabajar más para regular la glucosa. Zee describió ese estado como una activación sostenida del sistema nervioso.
Kenji Obayashi, profesor de epidemiología en la Universidad Médica de Nara (Japón) y no involucrado en el estudio, sugirió la necesidad de ensayos de intervención que reduzcan la exposición nocturna, por ejemplo mediante antifaces, cortinas opacas o persianas que bloqueen la luz interior y exterior que llega a la retina.
Aunque existen limitaciones en los datos —el estudio de Zee abarcó una sola noche y el análisis del Biobanco registró una semana de exposición—, los investigadores coinciden en que la iluminación eléctrica plantea un desafío sin precedentes para la fisiología humana. Burns concluyó que la iluminación nocturna artificial es, a escala evolutiva, un fenómeno esencialmente nuevo para nuestra biología.


