Samantha Hudson atraviesa un momento destacado de su carrera: a pocos meses del lanzamiento de su álbum Música para muñecas, se consolida como una voz original y visible de la música queer en el mundo hispanohablante, y su trabajo la sitúa como referente tanto dentro de la comunidad LGBT como en la vida nocturna.
Carismática, comprometida y directa, su trayectoria artística y su activismo la han colocado en el centro del debate público sobre identidad y diversidad.
En el ámbito público LGBT, muchas personas la consideran una referencia. Su imagen se asocia con la provocación, el humor y discursos que cuestionan lo establecido, aunque ella misma relativiza la etiqueta de “ícono”, porque la percibe como una categoría jerárquica que no encaja con la relación de cercanía que busca con su público.
Frente a la tendencia a confundir referentes con influencers o líderes incuestionables, Hudson promueve la autenticidad y la horizontalidad: no aspira a aplausos unidireccionales, sino a una práctica artística y militante que fomente el diálogo colectivo.
Además, vive la expectativa de su primer viaje fuera de Europa: su llegada a Latinoamérica, concretamente a Buenos Aires, donde participará en el Festival Internacional de Arte Queer y ofrecerá su primer concierto en Argentina; desde allí habló con Infobae sobre este momento de su vida.
– ¿Cómo te sientes cuando te definen como ícono de la música queer?
– No me identifico con la idea de ícono porque implica una distancia jerárquica. Prefiero entender la relación con mi público como horizontal: quienes siguen mi trabajo lo hacen por empatía o por disfrutar la música, no por un fanatismo que sitúe a nadie en un pedestal.
– Ser un ícono también representaría mucha presión…
– Aunque estoy expuesta por estar en el ámbito público y eso puede ser doloroso, siento que mi audiencia ha sido constructiva y no me oprime con exigencias imposibles; a la vez reconozco los riesgos de la exposición mediática y valoro el apoyo que recibo.
– Con la cultura de la cancelación es muy fácil que sucedan esas cosas y que hasta mismo parte de tu propio público lo haga…
– He participado en pensamientos polarizados, pero opino que la cultura de la cancelación es estéril cuando se convierte en una caza de brujas pública. Señalar conductas reprobables tiene sentido, pero exagerar y linchar mediáticamente no contribuye a resolver problemas sistémicos.
– ¿Te acostumbraste a ser un ícono y recibir mensajes de tanto cariño?
– Para mí el afecto del público es un regalo que no quiero dar por sentado. Me conmueve que la gente dedique tiempo y energía a escuchar y asistir; quiero conservar esa sensación de primer momento y no normalizarlo.
– ¿Cómo crees que se siente la comunidad LGBT en este contexto mundial? No dejan de surgir situaciones de odio.
– Creo que hay olvido del pasado y una sensación general de precariedad y desesperanza: la crisis económica y la dificultad para emanciparse generan miedo, y ese clima favorece discursos de ultraderecha que simplifican culpables señalando a colectivos vulnerables.
– ¿Te sorprende leer mensajes de odio en redes sociales?
– Me inquieta que ciertas expresiones misóginas, racistas o homófobas se presenten como algo “rebelde”; en realidad son posturas muy conservadoras y hegemónicas, y detecto en parte de la juventud ideales retrógrados en ese sentido.
– ¿Cómo se vuelcan todos estos mensajes en tu música?
– Mi vida y mi obra están entrelazadas: desde joven exploré mi identidad a la vez que hacía música, por eso mis canciones reflejan vivencias personales y, en ocasiones, mensajes políticos. En Música para muñecas se percibe un tono íntimo que aborda la experiencia queer, la ansiedad y las dudas personales.
– El disco sirve como un viaje personal también…
– Es un álbum íntimo pero también resonante con otras experiencias: habla de mi vida y de la de muchas personas queer. Además, el público es fundamental en la experiencia de los conciertos, donde se reúne con energía y afecto para compartir el espectáculo.
– En el video de “Liturgia” un grupo de monjas quieren sacarte “impurezas”. Hoy en día vemos muchos mensajes relacionados a la religión en la música, como Lux de Rosalía. ¿Qué análisis haces de la fe hoy en día?
– Tuve una formación cristiana en la infancia, y aunque ya no practico de la misma manera, defiendo la dimensión personal de la fe más que las instituciones. Pongo el ejemplo de mi abuela, cuya devoción convive con el respeto y el cariño hacia mí; eso muestra que la fe puede ser compatible con la aceptación.
– ¿Cómo te sientes antes de tu llegada a Argentina?
– Muy ilusionada y preparada. El contraste climático y la energía del viaje me resultan atractivos, y estoy contenta con la idea de presentar mis propuestas en una nueva escena.
– ¿Qué significa para ti esta participación en este festival?
– Es un hito profesional y personal: es la primera vez que salgo de Europa y me emociona debutar en Argentina en el contexto del festival, algo que me genera mucha ilusión y vértigo agradable.
– El público reaccionó de forma increíble al enterarse de tu llegada
– Me sorprendió y emocionó descubrir que tengo público en Latinoamérica; recibo mensajes desde hace tiempo y todavía me cuesta creerlo: sigo sintiéndome como la chica de Mallorca que persigue sus sueños.


