El año 2025 cerró con numerosos acontecimientos en la macroeconomía argentina; la característica más destacada fue la volatilidad que afectó variables clave como la tasa de interés y el tipo de cambio, entre otras.
El 2026 enfrentará desafíos relevantes y puede orientar a la economía por dos caminos muy distintos. El primer objetivo es mantener los logros acumulados desde el inicio de la gestión, empezando por el equilibrio fiscal: durante la mayor parte del período el Gobierno registró no sólo superávit primario sino también financiero.
Ese cambio de paradigma fiscal es valioso para un país como Argentina y debe preservarse. Todas las medidas futuras deberían garantizar que el equilibrio fiscal siga siendo la base estructural de la política económica.
La lucha contra la inflación, considerada la “madre de las batallas”, mostró un proceso de desinflación sostenido, lo que constituye un avance importante. Sin embargo, en septiembre, octubre y noviembre la caída interanual se estancó en torno al 31,4–31,7 %, lo que sugiere resistencia en el proceso desinflacionario y requiere atención del Gobierno.
Mantener los logros iniciados por la gestión es el primer desafío prioritario para 2026.
La desregulación con un Estado menos intervencionista, mayor libertad de mercados y menos regulaciones es, en general, positiva pero debe ser gradual y mantenida en el tiempo. El Gobierno avanzó en desregulaciones y ahora la reforma laboral busca flexibilizar el mercado de trabajo, reducir costos laborales y mejorar la empleabilidad y la productividad.
Reducir los costos laborales es necesario para aumentar la competitividad de las empresas argentinas y favorecer la creación de empleo. Este proceso es complejo y enfrenta resistencias culturales y sociales, ya que cambios profundos generan temor e incertidumbre en sectores de la oferta laboral.
No obstante, la evidencia internacional indica que mercados laborales más flexibles se adaptan mejor tanto a ciclos expansivos como a recesivos, facilitando ajustes y crecimiento.
Entre las asignaturas pendientes destaca la acumulación de reservas internacionales. Algunas estimaciones proyectan que 2025 podría cerrar con reservas netas negativas, alrededor de –16.000 millones de dólares. La intervención directa del Tesoro de Estados Unidos para ayudar a sostener el tipo de cambio expone la debilidad de la política cambiaria local y no puede considerarse una solución sostenible.
El atraso artificial del tipo de cambio subsidia importaciones y perjudica exportaciones; por eso es imprescindible implementar en 2026 un programa creíble para recuperar reservas, incluso si eso implica tolerar una desinflación más lenta en el corto plazo.
El otro pendiente esencial es la actividad económica. El aumento abrupto de las tasas para sostener la cotización del dólar antes de las elecciones afectó negativamente al consumo, la producción y la inversión. Indicadores como los de CAME, Construya y el IPI manufacturero muestran retrocesos mensuales ajustados por estacionalidad, y la morosidad de empresas y hogares se ha deteriorado de forma marcada.
Recuperar la actividad real en 2026 requerirá políticas que promuevan la remonetización, mantengan una reducción estable de las tasas de interés iniciada tras las elecciones y acompañen reformas estructurales; los efectos positivos de cambios monetarios suelen verse con retrasos de alrededor de seis meses.
En resumen, 2026 puede ser un año para impulsar la actividad, acumular reservas, relajar el ajuste monetario y aceptar una desinflación más gradual mientras se avanzan reformas laborales e impositivas. El desafío es importante, pero transitar este rumbo tiene sentido para lograr estabilidad y crecimiento sostenibles.
El autor es economista, director de Authentica Consulting


