20 de enero de 2026
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Palmarola, joya paradisíaca de Italia

En el mar Tirreno, a pocos kilómetros al oeste de Roma, se encuentra Palmarola, una isla de origen volcánico alejada del turismo masivo y de la vida urbana. Sin carreteras principales, cobertura telefónica ni suministro eléctrico generalizado, conserva un carácter casi aislado y protegido.

A diferencia de la capital, la isla no tiene pueblos, puertos ni infraestructuras modernas. El acceso solo es posible por mar: pequeñas embarcaciones privadas o de pescadores parten desde la cercana Ponza, situada a unos ocho kilómetros. No existe un ferry regular ni un muelle para atraque, lo que limita las visitas y convierte cada llegada en una experiencia singular.

El paraíso virgen, a un paso de Roma

El trayecto desde Roma suele incluir un tren hasta Anzio, un traslado en barco a Ponza y luego coordinar una travesía con pescadores locales hasta Palmarola. La isla está dominada por acantilados volcánicos, cuevas marinas y calas aisladas, con un desarrollo humano mínimo. El único establecimiento notable es el restaurante O’Francese, situado en las rocas; ofrece pescado fresco y algunas habitaciones excavadas en antiguas grutas de pescadores.

Las reservas deben hacerse con meses de antelación y el precio por noche parte desde 150 euros (USD 175), siempre en régimen de pensión completa.

“No hay mucho, pero tampoco poco para hacer”, cuenta María Andreini, trabajadora remota de 44 años que viaja cada verano desde Treviso con su esposo y su hijo adolescente.

Describe días dedicados al snorkel y al sol en una pequeña playa de guijarros rosados frente al restaurante; por la noche, observación de estrellas y paseos con linternas, y al amanecer, excursiones al punto más alto de la isla para ver salir el sol.

Senderos, ruinas y aguas cristalinas

La playa principal es de tamaño reducido y está conectada al interior por senderos que conducen a las ruinas de un antiguo monasterio medieval y a vestigios de un asentamiento prehistórico. Andreini recuerda comidas con pescado recién sacado de las redes y describe la estancia como una experiencia sencilla y cercana a la naturaleza; aconseja llevar calzado de montaña además del traje de baño.

En tierra, las cabras salvajes son los habitantes permanentes más visibles, refugiándose entre la vegetación baja que dio nombre a la isla. Fuera de la playa principal, la costa se explora mejor en embarcaciones pequeñas: los acantilados forman esculturas naturales, túneles y grutas, y las aguas transparentes son atractivas para buceadores y practicantes de kayak. “El paisaje es hipnótico”, resume Andreini.

Quienes navegan alrededor de Palmarola también encuentran huellas históricas: en las vetas de los acantilados es posible observar obsidiana, material que en la prehistoria se utilizaba para fabricar herramientas y armas, según explica el historiador local Silverio Capone.

Tradiciones, leyendas y el culto a San Silverio

La propiedad de la isla se remonta al siglo XVIII, cuando familias napolitanas que colonizaron Ponza la repartieron entre sí. Hoy permanece en manos privadas, dividida en parcelas pertenecientes a los descendientes de aquellos colonos. En los acantilados, pequeñas cuevas convertidas en refugios privados, pintadas de blanco y azul, servían y sirven como resguardo para los pescadores durante las tormentas; muchas se mantienen equipadas por si el mal tiempo impide regresar a Ponza.

En el punto más alto hay una capilla blanca dedicada a San Silverio, papa del siglo VI que, según la tradición, fue exiliado a Palmarola y falleció allí. Cada junio, pescadores y familias de Ponza navegan hasta la isla para celebrar la fiesta en su honor: llevan flores a la capilla, procesionan con una estatua de madera del santo y suben por escalinatas de roca hasta el altar para rezar.

“Es un ritual sagrado. Rezamos a San Silverio cada día”, afirma Capone, quien añade que muchos habitantes de Ponza llevan el nombre del santo y creen que su espíritu permanece en las aguas que rodean la isla.

Las leyendas locales relatan episodios de marineros sorprendidos por tormentas y salvados tras invocar al santo; en una de las historias, una aparición de San Silverio habría guiado a náufragos de regreso a Palmarola, donde sobrevivieron en las grutas durante semanas.

Con su combinación de paisaje, historia y tradiciones, este islote volcánico sigue siendo un lugar casi intacto, reservado para quienes aceptan renunciar a las comodidades modernas para descubrir una faceta más primitiva de Italia.

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