31 de enero de 2026
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Felicitas Guerrero: 154 años del primer femicidio porteño

Felicitas Guerrero fue asesinada por un pretendiente rechazado en una época en que la violencia contra las mujeres se presentaba como un exceso del amor y se ocultaba bajo el eufemismo de “crímenes pasionales”. Con una mirada histórica actual, puede considerarse uno de los primeros femicidios registrados en la Argentina: Enrique Ocampo, al ser rechazado por Felicitas, le disparó en la quinta familiar de Barracas cuando ella se disponía a anunciar su compromiso con Samuel Sáenz Valiente.

Felicitas, de 24 años, agonizó varias horas antes de morir. Tras el hecho, Ocampo apareció muerto; la versión judicial sostuvo que se suicidó, aunque desde entonces circuló la hipótesis de que pudo haber sido ejecutado por parientes de la víctima en un acto de justicia privada. La verdad no quedó totalmente establecida.

El caso impactó profundamente a la sociedad porteña de fines del siglo XIX, tanto por la crueldad del hecho como por la posición social de los involucrados. Sus padres erigieron la Iglesia de Santa Felicitas en el lugar del asesinato; ese templo se convirtió con el tiempo en un símbolo de memoria y en el origen de una de las leyendas urbanas más persistentes de Buenos Aires.

La belleza que iluminó a Buenos Aires y el destino que la esperaba

En la Buenos Aires de mediados del siglo XIX, el nombre de Felicitas Guerrero se difundió con interés social. Nacida el 26 de febrero de 1846 en la calle México, era vista desde joven como una figura destinada a ocupar un lugar central en la alta sociedad porteña.

Fue la primogénita de once hijos del matrimonio entre Carlos José Guerrero y Reissig, comerciante español de Málaga, y Felicitas Cueto y Montes de Oca, de una familia tradicional de Buenos Aires. Su origen combinaba linajes vinculados al comercio, la administración de estancias y las redes económicas de la élite local, lo que marcó las expectativas sobre su vida.

El 2 de junio de 1864, a los 18 años, se casó con Martín Gregorio de Álzaga, de 50 años. A partir de entonces alternó su vida entre la ciudad, la estancia familiar en Barracas y las propiedades en el campo donde se desarrollaban los negocios del marido. Con el tiempo llegó a querer a su esposo, compartió responsabilidades y fue madre; sin embargo, también enfrentó varias tragedias personales.

Su primer hijo, Félix, murió a los 3 años durante una epidemia de fiebre amarilla, lo que afectó profundamente a la familia. Álzaga, abatido por la pérdida, falleció el 1 de marzo de 1870. Al día siguiente nació muerto su segundo hijo, Martín. Viuda a los 24 años y con un gran pesar, Felicitas quedó además como única heredera de una considerable fortuna, con extensas tierras en la provincia de Buenos Aires.

Ser una joven mujer propietaria de tierras la convirtió en una figura poco común en una sociedad que rara vez reconocía la capacidad de decisión femenina. Su hermano Carlos asumió un rol activo en la administración de los bienes, ya que en ese contexto no estaba bien visto que una mujer lo hiciera por sí sola.

La belleza y la elegancia de Felicitas —frecuentemente descrita como “la más hermosa de la República”— seguían atrayendo la atención pública. Detrás de esa imagen, sin embargo, estaba una mujer que había vivido amor, pérdidas profundas y soledad.

Un compromiso deseado y una obsesión que no aceptó límites

Tras el luto por su marido y la pérdida de sus hijos, Felicitas inició una nueva etapa afectiva. En noviembre de 1871, tras un accidente de carruaje durante una tormenta en su viaje a la estancia La Postrera, se refugió con Samuel Sáenz Valiente, dueño de las tierras cercanas. La atención y el trato caballeroso de Sáenz Valiente despertaron en ella un afecto recíproco y, desde entonces, se habló de un vestido traído de París para celebrar su compromiso.

La posible boda resultó intolerable para Enrique Ocampo, un antiguo pretendiente que la había buscado sin éxito desde antes del primer matrimonio de Felicitas. El acoso de Ocampo fue persistente: cartas, exigencias y reiteradas apariciones en la casa familiar, pese a las advertencias de su entorno. La joven vivía sometida a la amenaza constante de un hombre que no aceptaba su rechazo.

En enero de 1872, mientras Felicitas organizaba su boda y participaba en actos públicos —como la inauguración de un puente del Ferrocarril del Sud, en cuya ceremonia fue madrina— se acercaba la fecha en que anunciaría formalmente su compromiso: el 29 de enero, en su quinta de Barracas.

Enterado de ello, Ocampo llegó a la estancia en estado alterado y tras haber bebido. Insistió en hablar con Felicitas; su tía, Tránsito Cueto, trató de impedirlo, pero la joven accedió a recibirlo en privado. Pidió además que Antonio Guerrero, su hermano, y su primo Cristián Demaría la acompañaran discretamente para protegerla y escuchar la conversación.

La discusión escaló con rapidez: Ocampo gritó “O te casás conmigo o no te casás con nadie” y extrajo un arma Lefaucheux calibre 48. Felicitas intentó huir por el jardín hacia la zona que después sería la sacristía de la iglesia de Santa Felicitas, pero Ocampo le disparó por la espalda. La bala le afectó el omóplato derecho, la médula y varios órganos, dejándola gravemente herida; falleció la mañana siguiente, el 30 de enero de 1872.

Ocampo murió poco después del ataque. La investigación judicial, a cargo del juez Ángel Justiniano Carranza, concluyó que se trató de un suicidio, aunque perduró la versión pública de que pudo haber sido abatido por hermanos o un primo en defensa de Felicitas. El funeral fue multitudinario; ambos cuerpos fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta y los cortejos se encontraron a la entrada del cementerio, en una escena que reveló la conmoción social del hecho.

La huella de Felicitas: Iglesia, memoria y cine

La muerte de Felicitas Guerrero conmocionó a Buenos Aires. Más allá de la cobertura mediática sobre celos y tragedia, el suceso puso en evidencia que una mujer había sido asesinada por ejercer su derecho a decidir sobre su vida. Su juventud, su condición de heredera y su visibilidad social intensificaron la repercusión y mostraron que ni la riqueza ni el estatus garantizaban protección contra la violencia masculina.

El velorio atrajo a multitudes que acudieron a despedirla y a expresar consternación por la brutalidad del hecho. La familia, en busca de una forma de perpetuar su memoria, decidió construir un templo en el lugar del ataque.

Así nació la Iglesia de Santa Felicitas en el jardín de la casa, proyectada con mármoles europeos y un diseño neorrománico. El propósito declarado fue transformar el sitio de la muerte en un espacio de consuelo y recuerdo.

Con los años se gestaron leyendas urbanas sobre apariciones en la iglesia. Vecinos relataron percepciones de una figura femenina vestida de blanco y cuidadores mencionaron ruidos nocturnos; la noche del 30 de enero se asoció a relatos de presencias, corrientes frías y susurros que alimentaron la tradición popular.

Para muchas mujeres la figura de Felicitas dejó de ser solo un fantasma y pasó a representar resistencia y búsqueda de justicia. La iglesia es un lugar adonde se acude para pedir amor, consuelo o justicia, y su memoria se invoca desde esa doble dimensión simbólica y religiosa.

La historia también llegó al cine argentino: en 2009 Teresa Costantini dirigió la película Felicitas, que recrea episodios de su vida con licencias dramáticas, incluyendo elementos ficcionales sobre sus relaciones personales.

Hoy la Iglesia de Santa Felicitas funciona como un sitio histórico y de memoria: un espacio donde persiste la recordación de un femicidio del siglo XIX, entre la fe, la tragedia y la leyenda urbana.

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