Trump es conocido por un estilo directo y poco diplomático, lejos de la sutileza que a menudo se asocia con la política tradicional. Su lenguaje explícito y contundente encaja con la imagen de “hombre fuerte” que describen algunos analistas contemporáneos.
En su extenso discurso sobre el estado de la Unión —el más largo de la historia— habló con claridad sobre Latinoamérica, usando términos como “dominio” para referirse al papel de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Esa retórica recordó en parte la doctrina Monroe: la idea de que intervenciones extranjeras en la región serían percibidas como una amenaza a la seguridad estadounidense. Tras la captura de Maduro en 2026, el Departamento de Estado declaró: “este es nuestro hemisferio. Y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada”. En su discurso también subrayó acciones para “garantizar nuestros intereses nacionales y para defender a nuestro país de la violencia, las drogas, el terrorismo y la injerencia extranjera”, algo que se refleja en medidas contra el fentanilo, la persecución de narcolanchas en el Caribe y la presión sobre países como Cuba o México.
La interpretación más plausible es que la administración Trump no solo plantea respuestas de seguridad, sino un enfoque estratégico integral sobre la región. Sitúa a Latinoamérica como una prioridad para contrarrestar la creciente influencia económica y tecnológica de China, que ha ampliado su presencia a través de inversiones en recursos como el litio, proyectos portuarios como Chancay en Perú, acuerdos comerciales con Brasil y la expansión de iniciativas multilaterales. Desde la perspectiva estadounidense, frenar esa influencia forma parte de una política geoeconómica más amplia.
A la vez, Washington busca impulsar cambios políticos que refuercen su posición regional. La intervención en Venezuela y la captura de su líder se interpretan como el inicio de una transición que podría liberar recursos energéticos y abrir oportunidades económicas. El gobierno estadounidense considera a Venezuela como un potencial centro energético cuya apertura tendría efectos en el conjunto de la región. Asimismo, los movimientos políticos en países como Colombia, Nicaragua, Cuba, Guatemala, Brasil y México muestran adaptaciones tácticas y pragmáticas que algunos analistas vinculan con la mayor presencia e influencia estadounidense.
En resumen, la reciente acción militar y la detención de Maduro han provocado un reajuste geopolítico en América Latina. Para Estados Unidos, esto representa un reforzamiento de su influencia en el hemisferio; para la región, puede significar tanto riesgos como oportunidades económicas y políticas. Aunque exista un rechazo antinorteamericano en ciertos sectores, hay observadores que reconocen avances en la estrategia estadounidense en materia de seguridad, economía y geopolítica.
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