24 de enero de 2026
Buenos Aires, 26 C

Pinceladas literarias de Colaless

Vía Tres Arroyos presenta una nueva entrega de Pinceladas Literarias: un cuento de Valentina Pereyra.

Todo se salió de control cuando Mia decidió poner en marcha un plan que la tenía inquieta: comprobar si las normas de conducta eran distintas en la playa y en el centro de la ciudad. En sus reflexiones y en las conversaciones con sus amigas aclaraba que por “centro” se refería al de Tres Arroyos y que la villa balnearia contaba como playa.

Una semana antes, al mediodía y en horario bancario, Mia dejó su coche, se puso gafas oscuras y caminó hacia la esquina principal del centro. Allí se quitó la pollera pareo, la dobló y la guardó en su bolso de playa. Al cruzar la calle rumbo a la confitería Sorti, un inspector de tránsito en la intersección la llamó con el silbato; al principio no se dio cuenta hasta que una mujer indicó hacia él. El inspector, en medio de la calle, le señaló con insistencia.

— Mia preguntó sorprendida y bajó al cordón para escuchar; el inspector le ordenó que se pusiera la pollera por “decoro” porque, dijo, la gente la miraba.
— Ella respondió que tenía calor y recordó que en la playa nadie le había pedido cubrirse.
— El inspector insistió en que eso era la playa y que en el centro la situación era distinta.
— Le dijo además que “se le veía todo” bajo la cintura.

Mia, para demostrar su punto, se levantó la blusa y dejó a la vista la prenda de la bikini amarilla, lo que atrajo la atención de los transeúntes que se acercaron a las cuatro esquinas. El inspector la llevó del brazo a la vereda y le pidió otra vez que se pusiera la pollera, advirtiendo que podría llevarla a la comisaría si no cooperaba.

Ella preguntó por qué debía hacerlo y afirmó que en la playa realiza tareas cotidianas —hacer mandados, buscar a los chicos, cortar el pasto, comprar el diario— sin que nadie le hubiera pedido cubrirse; varias mujeres replicaron que ese comportamiento era propio de la playa y que el centro era distinto. El inspector mantuvo la postura de que en la vía pública del centro no correspondía mostrarse así.

Una mujer sentada en la confitería fue la primera en pedir que ella se pusiera la pollera y en decir que no quería ver a nadie con la ropa interior al descubierto. Mia se acercó a la mesa y, sin hablar con la madre, le preguntó a la hija joven sobre el tipo de malla que usaba en la playa. La madre pidió al inspector que la sacara de encima a Mia, y Mia se retiró antes de que la alcanzaran.

El paso de clientes del banco y la curiosidad congregaron a más gente; algunos grabaron con sus teléfonos y otros se acercaron atraídos por las filmaciones en curso. En poco tiempo se formó una ronda alrededor de Mia y del inspector, con opiniones enfrentadas y murmullos que crecían.

— Mia dijo, enojada, que la estaban obligando y que llamaría a la policía.

Entre los jóvenes había aplausos y pedidos de respeto al derecho a mostrar el cuerpo; entre otros se escucharon reproches, insultos y comentarios que pusieron en evidencia la división del público presente. Una chica defendió a Mia destacando la hipocresía, mientras que algunos varones y personas mayores cuestionaron su actitud y defendieron normas de urbanidad para el centro de la ciudad.

El inspector solicitó refuerzos. Llegó la guardia urbana con sirenas y desalojó la multitud, formando una barrera humana de oficiales que separó a la concurrencia y dejó a Mia y al inspector en el centro de la intersección. Los grupos se ubicaron en las esquinas: unos desaprobaban y abucheaban, otros apoyaban la protesta de Mia y expresaban discursos a favor de la libertad corporal.

Un hombre mayor lanzó un comentario que vinculaba la exposición del cuerpo con responsabilidades sobre agresiones, mientras que las defensoras de Mia respondían con consignas sobre la autonomía del cuerpo. El inspector pidió que despejaran la zona y reiteró que ella debía cubrirse.

La llegada de patrulleros y más agentes elevó la tensión. La guardia urbana y la policía formaron un segundo cordón, y el círculo alrededor de Mia se hizo todavía más pequeño hasta que sólo quedaron ella y el inspector en el centro.

El inspector, apelando al calor y a la costumbre de la playa, le pidió que se cubriera y se fuera a la playa. Mia respondió exigiendo que le dijeran de forma concreta qué malla usaban las mujeres de cada uno —hijas, madres, novias, esposas— como condición para cubrirse. Él rechazó la idea de una “encuesta” y le pidió nuevamente que se vistiera.

La situación escaló: un oficial anunció que procedería por la fuerza si fuera necesario. Mia mantuvo su postura hasta que los policías dijeron que la acompañarían; entonces la condujeron hacia un patrullero. Antes de partir, Mia dejó la pollera en el suelo, hizo un gesto desafiante hacia quienes la criticaban y, ya junto al policía, sintió el contacto de una mano en su trasero mientras avanzaba.

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