24 de marzo de 2026
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Nuevo método revela por qué el equilibrio empeora con la edad y en la enfermedad de Parkinson

Mantenerse en pie suele parecer automático, pero detrás de ese gesto cotidiano hay un sistema complejo que integra reflejos, señales cerebrales y respuestas musculares en fracciones de segundo. Cuando ese sistema pierde eficacia, el cuerpo responde con más esfuerzo y menos precisión.

Eso sucede en personas mayores y en quienes tienen enfermedad de Parkinson, según un estudio presentado en la Society for Neuroscience y publicado en la revista eNeuro. En estos grupos el deterioro es más evidente, lo que permite observar con mayor claridad cambios que también aparecen, de forma más gradual, con el envejecimiento normal.

La investigación, dirigida por el equipo de Lena Ting en la Emory University, muestra que recuperar el equilibrio en estos grupos exige una mayor activación cerebral y muscular incluso ante perturbaciones leves. Sin embargo, ese esfuerzo adicional no mejora la respuesta: el sistema se vuelve menos eficaz y más inestable.

En términos sencillos, el cuerpo “trabaja más” para conseguir lo mismo, pero con peores resultados, lo que explica el aumento del riesgo de caídas con la edad.

Cómo responde el cuerpo cuando pierde el equilibrio

Para analizar este proceso, los investigadores estudiaron las reacciones ante pérdidas bruscas de estabilidad, por ejemplo, cuando la superficie se mueve bajo los pies.

En personas jóvenes la recuperación ocurre en dos etapas rápidas. La primera, alrededor de 120 milisegundos, corresponde a reflejos automáticos mediados por el tronco cerebral y no requiere procesamiento consciente. La segunda, cerca de los 200 milisegundos, involucra áreas superiores del cerebro que ajustan la respuesta según la situación.

Esta distinción es importante: la primera reacción es muy rápida y eficiente; la segunda es más lenta y requiere procesamiento cerebral adicional.

En adultos mayores la segunda etapa se activa antes y con mayor intensidad, incluso frente a perturbaciones leves, lo que sugiere que el cerebro interviene más en una tarea que antes era mayormente automática. En personas con Parkinson este patrón es aún más pronunciado.

Un método para inferir la actividad cerebral a partir de los músculos

Los investigadores registraron las señales eléctricas de los músculos mediante electrodos en la piel para estudiar cómo el cuerpo intenta recuperar la postura.

A partir de esos registros desarrollaron un modelo que infiere la actividad del sistema nervioso observando la respuesta muscular. Es decir, reconstruyen la actuación cerebral a partir de cómo responden los músculos.

Este enfoque permite estimar la participación cerebral de forma indirecta, evitando procedimientos más complejos para medir la actividad cerebral directamente.

Mayor esfuerzo cerebral y menor eficiencia en la recuperación

El estudio también muestra que, frente a perturbaciones leves, las personas mayores producen respuestas musculares mucho más intensas que las jóvenes.

“Recuperar el equilibrio demanda más energía y compromiso del cerebro”, explicó Lena Ting. “Cuando se necesita más actividad cerebral para sostener la postura, la recuperación empeora”, añadió.

Además, los investigadores observaron rigidez muscular: al activarse un músculo para corregir la postura, su antagonista también se contrae, lo que reduce la flexibilidad y dificulta los ajustes finos del movimiento.

Es similar a intentar mantener el equilibrio con el cuerpo rígido: disminuye la capacidad de reacción. Esta rigidez aparece en fracciones de segundo, se asocia a peor desempeño en pruebas clínicas y aumenta el riesgo de caídas.

Las caídas son una de las principales causas de lesiones en adultos mayores, por lo que comprender cómo cambia el control postural con la edad es fundamental.

El estudio indica que el cerebro puede compensar parcialmente el deterioro del sistema postural, pero esa compensación tiene límites. Cuando la coordinación entre cerebro y músculos pierde eficiencia, la estabilidad se vuelve más frágil. Detectar estos cambios de forma temprana puede ser clave para prevenir caídas y orientar intervenciones.

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