2 de abril de 2026
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Dos artistas atravesados por Malvinas

Tenían 18 y 19 años, vivían cerca del mar, estudiaban arte y estaban enamorados. Poco después de comenzar el servicio militar, a Daniel lo convocaron a Malvinas y tuvo que partir a la guerra; Rosana quedó en Mar del Plata.

Al final, Daniel regresó y se convirtió en el artista que había soñado ser; Rosana lo esperaba y también se dedicó al arte. Ambos han producido obras que procesan esa experiencia, con un fuerte contenido político y una capacidad evidente para conmover e interpelar.

Rosana recuerda que Daniel tuvo apenas dieciocho días de entrenamiento antes de ser enviado. En un texto que firman juntos relatan la fecha de su partida y el estado de aturdimiento que vivió ella: la incertidumbre permanente, el miedo y la sensación de anestesia como única manera de seguir adelante mientras una guerra los separaba.

Daniel permaneció en Puerto Argentino durante dos meses y una semana. Formaba parte de un grupo de catorce soldados asignados al radar del Ejército, un objetivo constante para la aviación y la artillería enemiga, que los bombardeaba desde el mar. Ante los ataques, el adiestramiento resultó insuficiente para contrarrestar esa vulnerabilidad.

Mientras tanto, Rosana permaneció en Mar del Plata esperando noticias. Mantuvieron correspondencia durante todo ese tiempo —cartas y telegramas que todavía conservan—, aunque los telegramas solían llegar desactualizados, porque en la guerra cada minuto cambia la situación.

Relatan la experiencia a dos voces. Empieza Daniel:

-A dieciocho días de haber comenzado mi conscripción estaba en Puerto Argentino. No fui voluntario, pero tampoco obligado: en Comodoro Rivadavia se ofreció la opción de quedarse y muchos optaron por ello. Recuerdo la emoción de ver las islas desde el avión.

-Y yo, la incertidumbre y las náuseas de la angustia. La vida en la ciudad seguía su curso bajo la dictadura y la propaganda triunfalista, con noticias y titulares que hablaban de una recuperación y una victoria inminente.

-Una mezcla de convicción y sentido de aventura nos hacía sentir protagonistas de la historia; a los dieciocho todos nos sentíamos invulnerables, aunque se percibía la presencia de algo inminente que no terminaba de estallar.

-Mi película de terror ya había empezado: sabía que habría un final, pero no si sería feliz o trágico. Cada segundo podía cambiarlo todo; lo único que quedó fue esperar.

Esperaron la flota, noticias y negociaciones. Años después, Rosana plasmaría esa espera en una obra de cinco cuadros atravesados por dos tiras rojas con las frases “Vos estabas en tu sillón” y “Mi novio iba a la guerra”; la instalación se completa con un sillón BKF de cuero, referencia deliberada a un icono del diseño argentino.

Cuentan de nuevo ambos. Él retoma la narración:

-En los pozos recibíamos múltiples versiones de lo que ocurría; por televisión parecía que las soluciones estaban cerca. Finalmente la flota llegó y, el 1 de mayo, sufrimos un fuerte cañoneo naval: aviones rasantes, lluvia de esquirlas. Esa noche perdí el conocimiento.

-Cada fragata hundida era celebrada como un triunfo; se suponía que el final sería pronto e incruento. Mientras tanto, la vida cotidiana en la ciudad continuaba: amigos saliendo a bailar y la exigencia académica de siempre. Esa normalidad resultaba extraña.

-A partir de entonces vinieron los combates y el avance británico: cañoneos, desembarco en San Carlos y una presión constante sobre nuestras posiciones. La prioridad fue resistir y sobrevivir, con innumerables gestos de generosidad y valentía, aunque también se registraron cobardías y mezquindades aisladas.

-Día a día, minuto a minuto, esperábamos noticias. Recibí treinta y dos cartas y escribí muchas; los telegramas que llegaban decían “ESTOY BIEN”, pero siempre bajo la conciencia de que un segundo podía cambiarlo todo. Llegaron encomiendas y pedidos de velas, chocolates, papel y lápices: dibujar en ese contexto parecía insólito, pero quizá fue una forma de sostenerse.

En el grupo de Daniel eran catorce soldados y regresaron trece. Uno de ellos cayó dos días antes del final del conflicto; años después Ontiveros pintó su retrato.

-La muerte del compañero a quien relevé en la guardia, Diego Bellinzona: una esquirla lo partió en dos a la altura de la cintura. Éramos catorce; volvimos trece.

-La notificación telefónica de una baja llegó a mi familia; mi madre recibió la confirmación de lo que temíamos. Fueron días de contar horas y pedir que a él no le hubiera ocurrido nada.

Y el final:

La rendición del gobernador y la llegada de las tropas británicas marcaron el repliegue. Fue una escena impresionante: soldados con harapos, las cabezas gachas, rostros demacrados y hambrientos; ya no eran chicos, sino hombres exhaustos.

-Una multitud los esperaba en la estación de trenes: reconocimientos y abrazos interminables entre quienes volvían y sus familias.

Daniel regresó físicamente entero, sin heridas externas visibles, pero con secuelas internas. Experimentó pérdida de cabello y problemas metabólicos y digestivos; desarrolló gastritis severa y otras afecciones que reflejaban el impacto psicológico del conflicto.

A pesar de todo, Rosana afirma que lograron sobrellevarlo. Señala además un dato preocupante: hay más suicidios posteriores a la guerra que muertos en las islas, lo que evidencia consecuencias profundas y duraderas para muchos veteranos.

Hubo momentos difíciles, relatan, pero terminaron sus estudios y encontraron en el arte un camino para procesar lo vivido. Recibieron tratamientos psicológicos y psiquiátricos que ayudaron en la recuperación, aunque la experiencia dejó huella.

Hace cuarenta y cinco años que Rosana Fuertes y Daniel Ontiveros están juntos. No toda su obra gira exclusivamente alrededor de Malvinas, pero esa experiencia atravesó sus vidas y su producción artística, que funcionan como testimonio de amor, memoria y resistencia.

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