8 de abril de 2026
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Impacto duradero de la guerra en los mercados

Durante semanas los analistas han coincidido en que la duración del conflicto con Irán es incierta y, hasta tener más información sobre si terminará pronto o se prolongará, resulta difícil medir con precisión sus efectos sobre los precios del petróleo y la economía. Esa apreciación es válida en parte, pero el economista Mark Sobel —exfuncionario del Tesoro de Estados Unidos y veterano en diplomacia financiera internacional— considera que no basta: independientemente de la duración, Estados Unidos sufrirá un daño duradero y el orden internacional basado en normas quedará muy afectado.

Sobel estima que, pese a las señales de negociación asociadas a Donald Trump, hay motivos para prever consecuencias más graves y prolongadas que rebasarán el impacto directo sobre la energía. Desde su posición en el OMFIF, un reconocido centro de análisis internacional, advierte a los responsables políticos que deben prepararse para escenarios de contingencia a largo plazo.

Según su análisis, aunque Trump intente distanciarse para mitigar el alza de la gasolina y la presión inflacionaria y electoral en EE. UU., la capacidad de Irán para desestabilizar la región complica cualquier salida rápida y sin costes. Por eso no será sencillo declarar una victoria ni concluir la crisis sin consecuencias amplias.

Además, la retirada o el fin de la implicación directa de Trump no garantiza que Israel detenga operaciones ni que Irán modifique su comportamiento de forma inmediata o duradera.

En términos energéticos, Sobel considera improbable que el estrecho de Ormuz y sus zonas adyacentes recuperen pronto la normalidad. Incluso si se pierde una parte importante del suministro que se movía antes del conflicto, la incertidumbre política permanecerá y los precios del petróleo seguirán elevados; no prevé un retorno a niveles como 60 dólares por barril.

En su opinión, las repercusiones económicas globales serán más severas de lo estimado inicialmente: muchos países de Europa, Asia y África, muy dependientes de la energía, experimentarán menor crecimiento y mayor inflación, con empeoramiento fiscal. Los bancos centrales deberán estar alertas para evitar efectos secundarios y probablemente mantendrán tipos de interés más altos durante más tiempo. Para EE. UU. el impacto económico directo sería menor, pero para otras economías una cuestión clave será si la situación deriva en estancamiento con inflación.

Los efectos no se limitan al petróleo: el gas natural licuado ha subido aún más, lo que golpea con fuerza a Europa. La ampliación de la diferencia entre Brent y WTI complica la situación europea y, por ello, Sobel considera improbable que el Banco Central Europeo mantenga una postura expansiva todo el año. La política monetaria del Banco de Japón también enfrenta riesgos crecientes por la combinación de crecimiento débil, presiones inflacionarias y un yen debilitado. China, por su parte, dispone de reservas significativas y puede recurrir al carbón para reducir la dependencia energética.

En relación con Rusia, Sobel señala un efecto imprevisto: las dificultades económicas que Moscú se ha generado a sí misma podrían mitigarse en parte, facilitando su capacidad para financiar la guerra en Ucrania.

Desde el punto de vista macroeconómico de Estados Unidos, la independencia energética amortigua el impacto: muchos economistas estiman que crecimiento e inflación podrían verse afectados hasta en alrededor de 0,5%, pero el apoyo fiscal y la autosuficiencia energética reducirán la pérdida relativa frente a otros países. No obstante, el déficit fiscal empeorará, en parte por la solicitud de un presupuesto suplementario de defensa de hasta 200.000 millones de dólares; además, EE. UU. ha dejado de priorizar el déficit, y las expectativas de una relajación monetaria temprana por parte de la Reserva Federal se han postergado.

Sin embargo, Sobel subraya que el mayor perjuicio para EE. UU. será político y diplomático. Trump no consultó a los aliados a los que ahora pide apoyo, y muchos de ellos no ven esta guerra como propia; la confianza en Estados Unidos y en su liderazgo se ha erosionado. Al poner en duda la OTAN y actuar sin la consulta habitual, la administración ha deteriorado la relación transatlántica, y es difícil imaginar una recuperación rápida de esa confianza incluso considerando los escenarios electorales futuros.

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