20 de abril de 2026
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Tratamiento de adicciones en sobrevivientes

En la vida adictiva se niegan los límites de la existencia: las personas actúan como si fueran “ciegas” aun viendo y “sordas” aun oyendo. Experimentan momentos compulsivos que se sienten como cimas, aunque en realidad los precipitan hacia el vacío. La rehabilitación exige humildad: reconocer que no somos gigantes, sino vulnerables, y solo desde esa aceptación es posible reconstruir grandeza. Jorge llegó a nosotros tras un episodio clínico que lo colocó al borde de la muerte.

Paso tres semanas en coma luego de vomitar sangre por la ruptura de varices esofágicas, tras más de veinte años de consumo masivo de alcohol mientras trabajaba como disc-jockey en radio y eventos. Mantuvo una relación codependiente que ocultó sus consumos ante la familia. La compulsión superó cualquier otra realidad hasta que el cuerpo dijo basta. Hoy Jorge se pregunta: “¿era yo esto? ¿cómo pude llegar hasta aquí?”. Plantearse estas preguntas puede ser el comienzo de su rehabilitación.

Óscar consumió cocaína de forma intensa durante cuarenta años; relata jornadas enteras de consumo hasta desplomarse. Un consejo del entorno para no dañar el tabique nasal —depositarla en la lengua— desencadenó una isquemia mesentérica, es decir, un infarto intestinal por falta de riego sanguíneo. Pasó dos años hospitalizado, incluso en cuidados intensivos, y aun así conseguía drogas por parte de proveedores. Desafió los límites de la invalidez orgánica porque “no podía parar”. Con apoyo médico logró frenar y se recuperó. Hoy disfruta de su familia, de la paternidad y de la condición de abuelo; la aceptación del otro y la humildad fueron decisivas en su casi septuagésima año de vida.

Otros permanecen en un mundo de engaños y refugio psicótico en que las drogas y el alcohol se usan para protegerse. Leandro, después de noches de consumo de estimulantes y alcohol, sufrió un accidente en moto: lesiones cerebrales, coma de varios días, fractura de mandíbula y déficits cognitivos persistentes que requieren tratamiento cognitivo continuo, porque su memoria no responde. Aceptó haber llegado al límite y, aunque afectado, comenzó a escuchar y a confiar en la ayuda para encontrar sentido a su existencia. En muchos casos ya existen daños cerebrales (defrontalización) en los que solo predominan los impulsos y se pierde la capacidad de escuchar.

El lóbulo frontal es fundamental para la toma de decisiones, el control de las acciones, la planificación, la conducta social y el juicio moral; por eso su daño suele estar relacionado con conductas delictivas y desinhibición.

RESPUESTA VIOLENTA

En estos cuadros la empatía suele estar ausente: el otro se percibe como objeto de manipulación y cualquier contrariedad puede provocar una reacción violenta. Quienes viven así se creen gigantes, pero en realidad son buscadores de sensaciones que se autodestruyen progresivamente.

Ese mismo patrón conduce a comportamientos sexuales de riesgo y delitos, como la explotación de menores en plataformas de contenido sexual. Muchas personas vagan con su enfermedad negada, buscando remedios en campamentos de “ayahuasca” en distintos países de América Latina o terminan en situaciones de marginalidad, entre delincuencia y consumo, en un estado de gran deterioro.

La práctica clínica nos enfrenta continuamente al dolor de quienes sobreviven rozando el límite de la muerte. Escuchar al paciente es una lección diaria: vivir, sentir, ofrecer ternura, cuidar y ser responsable muchas veces parece inalcanzable para ellos.

Para muchos, el día a día se reduce a esperar si podrán sobrevivir hasta el próximo amanecer. Óscar, en sus cuarenta años, dice: “No encuentro un porqué para esta vida. La botella me persigue y no puedo dejar de consumir hasta caer rendido. No tengo voluntad”. Desde los 28 repite este patrón compulsivo: “No puedo trabajar porque no cumplo horarios y me falta lucidez”. Reconocer que está en un cruce donde debe recuperar un porqué y un propósito es imprescindible para reintegrarse a la vida.

EL PORQUE VIVIR

Encontrar un para qué vivir es esencial. Muchos pacientes recuerdan la frase de Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Superar la abstinencia implica soportar dolores físicos y emocionales con el acompañamiento de profesionales y compañeros de tratamiento, escucharse y aprender de otros; en definitiva, descubrirse, porque el alcohol y las drogas suelen ser formas de ocultar un vacío.

Cuando establecemos un vínculo terapéutico y se supera la etapa inicial de abstinencia, se abre el relato de la vida: heridas emocionales no cerradas, traumas tempranos, abandonos y violencias que generan vulnerabilidad. El proceso terapéutico trabaja sobre ese historial para que la persona pueda perdonarse por lo vivido y perdonar a quienes lo dañaron.

Nosotros llamamos a ese proceso reconciliación: sin él es difícil avanzar. La tarea del equipo es ayudar a encontrar un sentido, trabajar una identidad desorientada y superar la frialdad y la apatía.

VICTOR FRANKL

La sensación de vacío evidencia falta de contenido existencial; Víctor Frankl denominó eso “sentido de la vida”. En los campos de concentración donde estuvo preso con el número 119104 le quitaron pertenencias y obras, pero no sus propósitos. Observó que muchas personas no morían solo por hambre o enfermedad, sino cuando perdían la razón para vivir; la desesperanza conducía al colapso corporal en días.

En aquella época los médicos describieron este fenómeno como “la enfermedad del abandono”. Frankl, como psiquiatra, ayudaba a compañeros preguntándoles: “¿Quién te espera? ¿Qué trabajo te queda? ¿Qué le dirías a tu hijo para seguir?” Les ofrecía la posibilidad de imaginar un mañana. Aunque perdió a toda su familia, Frankl reconstruyó su historia en escritos centrados en el sentido de la vida y recordó la afirmación de Nietzsche: “Quien tiene un porqué puede soportar cualquier cómo”.

Su libro “Un psicólogo en un campo de concentración” se convirtió en fundamento de una corriente que sostiene: cuando no podemos cambiar una situación, se nos desafía a cambiarnos a nosotros mismos.

Son muchas las personas que, solas y sin un porqué, han apostado por el frenesí y la anestesia emocional y han terminado “muertas” en vida. La empatía es crucial. Nuestra institución promueve como lema: Amor, Límites y Valores; creemos que la cura, desde el punto de vista terapéutico, incluye el cuidado afectivo.

Pero para avanzar en una rehabilitación es necesario aceptar que la vida llegó a experiencias límite —un concepto clave en la obra de Karl Jaspers—: situaciones cercanas a la muerte, sufrimiento y abandono que deben ser reconocidas y transitadas para hallar un propósito.

La enfermedad aparece en momentos límite de la vida, pero aceptar esa realidad también puede ser la vía para reencontrar la autenticidad, acompañados por un equipo terapéutico que sostenga ese proceso.

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