26 de abril de 2026
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Simon Mozgovyi: Rusia busca capturar mentes antes que territorios

La casa familiar en la zona sur de Kharkiv, a unos cuarenta kilómetros de la frontera con Rusia, aún existe pero permanece vacía: la familia se trasladó a Estados Unidos como refugiada. Simon Mozgovyi, nacido en Kharkiv en 1992, regresa de vez en cuando solo para apagar la calefacción, cortar el agua y comprobar cómo se acumula el polvo. Estudió dirección de cine en la Academia Estatal de Cultura de Kharkiv, trabajó en el Teatro DAKH de Kiev entre 2013 y 2018 y estrenó su ópera prima documental, The Winter Garden’s Tale (2018), que ganó el premio a Mejor Película Ucraniana en Docudays UA. Actualmente forma parte del colectivo Tabor y es becario del Sundance Documentary Program.

Cuando Rusia lanzó la invasión a gran escala en febrero de 2022, Mozgovyi se encontraba en Kramatorsk como productor de campo para un medio árabe. Regresó a Kiev, se incorporó de manera no oficial al ejército durante un mes y, en cuanto pudo, retomó la filmación. Parte del material recopilado fue incluido en Militantropos (2025), codirigida con Yelizaveta Smith y Alina Gorlova, primera entrega de la trilogía The Days I Would Like to Forget. El título combina raíces grecolatinas para describir la transformación del ser humano en combatiente. La película evita los recursos típicos del cine bélico —no recurre a primeros planos del dolor ni a imágenes explícitas— y opta por lentes largos, distancia y una composición cuidada, una decisión que surgió de forma orgánica entre los realizadores.

Más de cuatro años después del comienzo de la invasión, Mozgovyi viajó a Buenos Aires para presentar su documental en el BAFICI. En la entrevista aborda el trabajo colectivo de Tabor, cómo la guerra altera la percepción del tiempo —“es como si te hubieran cortado del futuro”— y la transformación interior que, según él, es irreversible. También comenta aspectos personales: durante su estadía en la ciudad vio un bingo musical en un café y se sintió conmovido por esa alegría cotidiana que extraña profundamente.

—Kharkiv, su ciudad natal, queda a cuarenta kilómetros de la frontera rusa y fue una de las más castigadas por los bombardeos. ¿Qué siente cuando vuelve?

—La ciudad ha cambiado profundamente. Antes de la invasión tenía alrededor de 2,7 millones de habitantes; en 2022 quedaron cerca de 400.000 y ahora, con el retorno de refugiados del este, ronda el millón trescientos mil. Kharkiv se convirtió en uno de los principales frentes del país. La invasión interrumpe el futuro previsto: proyectos como formar una familia o comprar una casa dejan de ser opciones; incluso los recuerdos de la ciudad se transforman. Mi casa sigue en pie pero está vacía; mi familia está refugiada en Estados Unidos. A mis más de treinta años no tengo la posibilidad de volver a ver a mi madre con la normalidad que correspondería. Regresar y encontrar la casa cubierta de polvo es como constatar que te has saltado décadas.

—¿Cuál fue la primera imagen que filmó tras el inicio de la invasión?

—Lo primero que grabé fue en el entorno del ejército: un entrenamiento con armas antitanque británicas NLAW y misiles Stinger. Unas semanas después nos dimos cuenta en el colectivo de que cada uno filmaba por su cuenta porque hacerlo era lo único que sabíamos hacer. La cámara se convirtió en una forma de lidiar con la realidad y de sostener la identidad en medio del caos. Durante meses no pensé como director: trabajaba como camarógrafo, componiendo imágenes sin poder reflexionar sobre ellas; más tarde volvió la reflexión cinematográfica.

—El título de la película, Militantropos, es un neologismo que une el miles latino —soldado— con el anthropos griego —ser humano— para nombrar al humano que la guerra convierte en combatiente. ¿Siente que usted se convirtió en uno? ¿Se puede volver atrás?

—Es una transformación profunda que deja huella. No se trata de juicio moral: es un proceso sobre el que no tenés control. El mundo previo ya no existe y la cercanía con la muerte transforma a la persona. En Ucrania podemos prepararnos —a un costo altísimo— para lo que venga, pero ese contacto constante con la violencia hace que sea imposible retomar plenamente una vida ordinaria sin esa marca.

—La película rehúye los recursos habituales del cine bélico y, sin embargo, estamos expuestos a imágenes explícitas de guerra en redes sociales. ¿Cómo llegaron a esa decisión estética?

—No fue una decisión planificada sino algo que surgió naturalmente. Los seis realizadores tenemos una trayectoria abordando temas bélicos y ninguno quería repetir fórmulas. Con esa experiencia, nos propusimos ir a las raíces del conflicto: no buscamos ser la primera ni la mejor película sobre la guerra desde la autoría, sino ofrecer una experiencia inmersiva que permita explorar perspectivas menos inmediatas que las de la prensa. Además, la sobreabundancia de imágenes explícitas puede anestesiar: el cine puede penetrar en capas distintas a las del periodismo.

—Codirige con Smith y Gorlova. ¿Cómo funciona esa dirección a seis manos?

—Tenemos una visión muy compartida del documental creativo. En una película sobre un evento tan amplio, varias perspectivas enriquecen el resultado. A nivel práctico, trabajar juntos fue clave: cuando uno se sentía derribado, los colegas podían seguir en la sala de montaje y sostener el proyecto.

—Se formó en teatro experimental. Al filmar escenas como un aula en el subte o una boda en un búnker, ¿las ve como puestas en escena que la gente monta para sostener una identidad frente al absurdo de la guerra? ¿Funciona el ritual como escudo?

—La guerra no es solo imágenes de destrucción; la vida cotidiana continúa: la gente busca su café, va a la peluquería, al trabajo. Ucrania tiene una vida cultural vasta —ópera, música contemporánea, teatro— que persiste pese al ataque. Muchas de esas escenas no fueron montadas: emergen de prácticas culturales antiguas que hoy resultan relevantes. Nuestra relación con Rusia tiene raíces de siglos; hay intentos prolongados de borrar identidad, por eso elementos culturales arcaicos adquieren tanta carga en el presente.

—¿Qué le sorprendió de los ucranianos en estos años?

—La guerra revela la esencia de las personas: potencia lo peor o lo mejor. Me impresionó la cantidad de gente extraordinaria y la solidaridad: el cuidado mutuo e incluso la preocupación por animales durante evacuaciones. Al mismo tiempo quedó en evidencia que nadie estaba realmente preparado; la creencia de que “a mí no me pasará” es una trampa que nos costó mucho.

—Alina Gorlova dijo que ustedes están cansados de la palabra “cansancio”. ¿Hay una fatiga real del mundo frente a Ucrania?

—Dentro de la guerra hay un cansancio real y profundo. También nos irrita la fatiga externa: que mucha gente muestre una empatía superficial y vuelva a su vida habitual. Queremos que se reconozca la responsabilidad y la gravedad del conflicto. Ucrania está pagando un precio enorme para que Europa se prepare; si cae Ucrania, otros pueden seguir. La población está al límite y no se ve un final claro.

—En América Latina la guerra se percibe con distancia. ¿Le incomoda esa mirada?

—Me preocupa la influencia de la propaganda rusa y de regímenes autoritarios en el sur global. Se construyen narrativas que presentan a Ucrania como un apéndice de Estados Unidos y favorecen posturas prorrusas. Sin embargo, los regímenes autoritarios afectan a todos: hay conexiones históricas, como las deportaciones y la pérdida de identidad que recuerdan episodios de otras dictaduras. Ucrania fue invadida porque busca vivir con dignidad y libertad; una película puede ofrecer una vivencia que las estadísticas no transmiten.

—¿Qué puede hacer el documental ucraniano frente al aparato masivo de propaganda rusa? ¿Contrarrelato, testimonio, archivo?

—Hacemos lo que está a nuestro alcance: filmar y documentar para que el mundo pueda escuchar y ver. Al principio hubo debates sobre cancelar la cultura rusa como forma de enfrentar su soft power; no fue una propuesta popular en Occidente. Pero cuando la mayoría en Rusia respalda la invasión según datos de la oposición, hay que hablar de responsabilidad colectiva. Continuar registrando y archivando es vital para contrarrestar narrativas falsas y para que futuras generaciones entiendan lo ocurrido desde una perspectiva antropológica.

—Después de cuatro años de guerra, ¿qué extraña más?

—Extraño la alegría pura. El estrés postraumático amortigua tanto las emociones negativas como las positivas; la mente intenta estabilizarse y se pierde la capacidad de ser plenamente feliz. Anoche, en Buenos Aires, vi un bingo musical en un café: la gente bailaba y cantaba, y me inspiró esa alegría. Es la primera vez que estoy en América Latina y en esta ciudad, y sentir ese momento resaltó cuánto echo de menos la posibilidad de experimentar alegría sin peso.

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